10 #2
—No. No, todo está controlado. El capitán Haven ha sufrido un ataque de nervios, eso es todo —se oyó mentir Althea.
Controlado, pensó para sí. A su juicio parecía todo lo contrario.
Se sentía más bien como si fuera la maza de un malabarista, volando por los aires, sin saber qué mano la tomaría a continuación y volvería a lanzarla.
Puede que no hubiera ninguna mano. Puede que solo siguiera dando tumbos, sin control, para no volver a formar parte jamás de las pautas de su familia.
Sonrió con amargura ante lo ridículo de la imagen y puso el paño húmedo en un cuenco de barro antes de cruzar con él el pasillo camino del comedor.
Cuando llegó allí, Wintrow y su madre estaban sentados en una esquina de la mesa baja. Wintrow se veía pálido y conmocionado; su madre, muy resuelta. Sostenía ambas manos del muchacho entre las suyas y le hablaba con fervor.
Kyle, con los brazos cruzados sobre el pecho, estaba junto a la ventana. Daba la espalda a la estancia, pero Althea percibía su indignación. Keffria estaba a su lado, mirándolo con expresión suplicante, pero él parecía ajeno a su presencia.
—… todo en manos de Sa. —La madre de Althea hablaba con vehemencia a su sobrino—. Creo que Él te ha devuelto a nosotros y creó este lazo entre el barco y tú por algún motivo. Así ha de ser, Wintrow. ¿Puedes aceptarlo, como aceptaste en su día que te enviáramos con el sacerdote?
Un lazo entre Wintrow y la nao. Era imposible.
El corazón de Althea se convirtió en hielo en su pecho, pero curiosamente su cuerpo siguió moviéndose y sus ojos no dejaron de ver.
Wintrow volcaba toda su atención sobre el rostro de su abuela.
Solo la miraba. La sangre de Haven se mostraba a las claras en él, en la forma de su barbilla y la rabia de sus ojos.
Entonces, cuando Althea dejó el cuenco y el paño junto a él, vio que el muchacho recuperaba el control de sí mismo.
En media decena de alientos, sus rasgos se relajaron y, por un instante, atisbó no solo un fuerte parecido con su padre, sino su propia imagen en el espejo.
La impresión hizo que enmudeciera. Cuando el muchacho habló, su voz sonaba apacible y razonable:
—Eso he oído decir a la gente mil veces.
Es la voluntad de Sa, dicen. Mal tiempo, tormentas inesperadas, bebés malogrados.
La voluntad de Sa. —Tomó la compresa del cuenco, la dobló meticulosamente y se la aplicó al mentón.
Ese lado de la cara empezaba ya a amoratarse, y todavía parecía tembloroso y desorientado.
Los finales de sus palabras eran pastosos; Althea supuso que le resultaba doloroso hablar.
Pero no parecía enfadado, ni acobardado, ni asustado, solo decidido a persuadir a su abuela, como si le fuera la vida en ganarla para su causa.
Puede que así fuera—. El tiempo y las tormentas estaría dispuesto a decir que son su voluntad.
Los bebés malogrados, tal vez. Aunque no cuando el marido ha apaleado a su esposa justo el día de antes…
—se le quebró la voz con algún recuerdo desagradable.
Sus ojos regresaron entonces a la cara de su abuela—.
Creo que Sa nos da la vida, y su voluntad es que la vivamos lo mejor posible.
Nos presenta obstáculos, sí… He oído despotricar contra su crueldad y preguntar a voz en grito: «¿Por qué, por qué?
». Pero al día siguiente las mismas personas tomarán sus sierras y saldrán a cortar ramas de sus frutales, y arrancarán árboles jóvenes y los transplantarán lejos de donde crecieron.
«Así crecerán mejor y darán más frutos», dicen los agricultores.
No se quedan junto al árbol y le explican que es por su propio bien.
—Se apartó el paño de la cara y volvió a doblarlo para encontrar una zona más fresca—.
Divago —se lamentó—. Justo ahora, cuando con más claridad quiero hablarte.
Abuela, no creo que sea voluntad de Sa el que yo renuncie a su sacerdocio y viva a bordo de un barco para que nuestra familia prospere.
Ni siquiera estoy seguro de que sea eso lo que tú quieres.
Creo que es la voluntad de mi padre. Para salirse con la suya, se propone incumplir una promesa y romperme el corazón.
Tampoco se me escapa por alto que este indeseado «regalo» que me hace ayer le fue arrancado de las manos a mi tía Althea.
Por primera vez posó la mirada en Althea.
A pesar del dolor y de la piel magullada, por un instante fue como si su padre la mirara desde aquellos ojos.
La misma paciencia infinita que acolchaba una voluntad de hierro.
No había aquí ningún frailecillo melindroso y enclenque, sino la mente de un hombre en el cuerpo de un muchacho, comprendió asombrada la joven.
—Hasta tu propio hijo se da cuenta de la injusticia que estás cometiendo —acusó Althea a Kyle—. Arrebatarme a la Vivacia no tiene nada que ver con que creas que puedo gobernarla o no. Lo haces solo para satisfacer tu codicia.
—¿Codicia? —exclamó Kyle, desdeñoso—. ¿Codicia?
¡Oh, esto sí que es bueno! La codicia me empuja a robar un barco tan endeudado que tendré suerte de sacarle algún beneficio antes de morir.
La codicia me empuja a dar la cara y asumir las responsabilidades de una hacienda sin ningún sentido de administrar el dinero.
Althea, si pensara que tienes alguna posibilidad de resultar útil a bordo de la Vivacia , me abalanzaría sobre la oportunidad de verte trabajando, para variar.
No. Más que eso. Si pudieras mostrarme siquiera un ápice de verdadero talento para la mar, si tuvieras siquiera una astilla de madera de navegante, te regalaría el barco y con él todas sus deudas.
Pero no eres más que una niña consentida.
—¡Mentiroso! —chilló Althea con infinita repugnancia.
—¡Lo juro por Sa! —bramó furioso Kyle—. ¡Con que hubiera un solo capitán respetable que pusiera la mano en el fuego por tu talento para la mar, te entregaría la nave mañana mismo! Pero todo el Mitonar sabe lo que eres. Una aficionada y una farsante.
—El barco pondría la mano en el fuego por ella —intervino Wintrow con voz vacilante.
Se llevó una mano a la frente, como si temiera que se le fuera a deshacer la cabeza en pedazos—.
Si la nave le diera su voto de confianza, ¿harías lo que has jurado?
Pues, por Sa, has ofrecido ese juramento y todos somos testigos.
Tendrías que cumplir tu palabra. Me niego a creer que mi abuelo quisiera para nosotros toda esta rabia y estas discusiones.
Sería muy sencillo restaurar el equilibrio.
Si Althea estuviera a bordo de la Vivacia , yo podría regresar al monasterio.
Todos podríamos volver a nuestros respectivos lugares.
Donde éramos felices… —Se le quebró la voz al comprender que todas las miradas estaban puestas en él.
El semblante de su padre estaba negro de ira, pero Ronica Vestrit se había llevado la mano a la boca como si sus palabras la hubieran cortado por la mitad.
—¡Ya estoy harto de lloros! —estalló de pronto Kyle.
Cruzó la estancia en dos zancadas para apoyarse en la mesa y fulminar a su hijo con la mirada—.
¿Esto es lo que te enseñaron los sacerdotes?
¿A retorcer las cosas para salirte con la tuya?
Me avergüenza que un hijo de su propia carne pueda emplear estos ardides con su abuela.
¡En pie! —ladró, y cuando Wintrow se le quedó mirando sin articular palabra, aulló—: ¡Levántate!
—El joven sacerdote dudó antes de ponerse de pie.
Abrió la boca para decir algo, pero su padre habló primero—: Tienes trece años, aunque parezca que tienes diez y te comportes como si tuvieras tres.
Trece. Según la ley, en el Mitonar, el trabajo de un hijo pertenece a su padre hasta que cumpla los quince años de edad.
Enfréntate a mí y recurriré a esa ley. Me da igual que vistas una túnica marrón, me da igual si te salen cuernos sagrados de la frente.
Hasta que cumplas los quince, trabajarás en ese barco. ¿Entendido?
Incluso Althea se sobrecogió ante la blasfemia que entrañaban las palabras de Kyle. La voz de Wintrow temblaba cuando replicó, pero se mantuvo firme:
—Como sacerdote de Sa, solo estoy sometido a las leyes civiles que sean justas y rectas.
Invocas una ley civil para incumplir tu promesa.
Cuando me entregaste a Sa, le entregaste también mi trabajo.
Ya no te pertenezco. —Miró alrededor, de su madre a su abuela, antes de añadir, casi en tono de disculpa—: Ya ni siquiera soy un auténtico miembro de esta familia. Estoy consagrado a Sa.
Ronica se levantó para detenerlo, pero Kyle pasó junto a ella con una fuerza que dejó a la anciana tambaleándose.
Con un grito, Keffria se colocó junto a su madre de un salto.
Kyle asió a Wintrow por la pechera de su hábito y lo zarandeó hasta que la cabeza se le balanceó adelante y atrás. La rabia distorsionaba sus palabras.
—Mío —rugió al muchacho—. Eres mío. Y ahora te vas a callar y vas a hacer lo que te diga.
¡Ahora! —Estabilizó el cuerpo del joven y lo puso de puntillas—.
Dirígete al barco. Preséntate ante el primer oficial.
Dile que eres el nuevo grumete de a bordo, y eso es lo único que eres. El grumete de a bordo. ¿Entendido?