Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 10
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Enfrentamientos

—¡Kyle, no te lo consiento!

La voz de su madre resonó por el pasillo de losas de piedra.

Su estridente tañido hizo que Althea quisiera llevarse su dolor de cabeza en la dirección opuesta, al tiempo que la mención del nombre de Kyle le hiciera querer cargar a la batalla.

Precaución, se advirtió. Lo primero era averiguar en qué dirección se impulsaban sus velas.

Aminoró el paso mientras cruzaba el pasillo en dirección al comedor.

—Es mi hijo. Lo castigaré como estime oportuno. Quizás ahora te parezca estricto, pero cuanto antes aprenda a obedecer, y a obedecer sin rechistar, mejor le irá a bordo del barco. Recobrará el sentido, y verás que no está lastimado. Más aturdido que otra cosa, lo más probable.

Incluso Althea podía apreciar la vaga nota de ansiedad en la voz de Kyle.

Ese sonido apagado, decidió, era su hermana llorando.

¿Qué le había hecho al pequeño Selden? Un temor espantoso se adueñó de ella, el deseo de huir de esta desquiciada vida doméstica y volver a…

¿qué? ¿Al barco? Ya no tenía escapatoria.

Se quedó paralizada, dejando que remitiera la vertiginosa desdicha que sentía.

—Eso no era un castigo. Era violencia, y en mi casa no tiene cabida.

Anoche estaba dispuesta a hacer concesiones por ti.

Había sido un día horrible y la llegada de Althea supuso una conmoción.

Pero esto, entre mis propias paredes, entre dos de la misma sangre…

No. Wintrow ya no es un niño, Kyle. Aunque lo fuera, unos azotes no habrían sido la respuesta.

No estaba descargando ninguna pataleta, intentaba hacerte comprender su opinión.

Nadie azota a un niño por expresar su opinión educadamente. Tampoco se pega a un hombre por eso.

—No lo entiendes —repuso Kyle, tajante—.

Dentro de unos días estará viviendo a bordo de un barco, donde no importa más opinión que la mía.

No tendrá tiempo de disentir. Ni siquiera tendrá tiempo de pensar.

A bordo de un barco, los marineros obedecen de inmediato.

Wintrow acaba de recibir la primera lección sobre lo que ocurre en caso contrario.

—En voz más baja, añadió—: Quizás algún día esto le salve la vida.

Althea oyó el roce de sus botas al caminar.

—Venga, Keffria, levántate. Volverá en sí dentro de unos minutos y, cuando lo haga, no quiero que lo mimes. No alientes en él una conducta que no pienso tolerar. Si cree que estamos divididos en esto, no hará sino rebelarse más todavía. Y cuanto más se rebele, más veces besará el suelo.

—Odio esto —dijo Keffria con un hilo de voz apagada—. ¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué?

—No tiene por qué serlo —la atajó su madre—.

Y no lo va a ser. Esto te lo digo sin tapujos, Kyle Haven: no voy a consentirlo.

En esta familia nadie ha tratado nunca así a los demás y no vamos a empezar a hacerlo un día después de la muerte de Ephron.

No en mi casa. —Ronica Vestrit no dejaba lugar a discusiones.

Ese era el tono de voz equivocado para tratar con Kyle, Althea se lo podría haber dicho. Encararse con él no haría sino sacar lo peor que había en su interior. Tal y como ocurrió.

—Perfecto. En cuanto recupere el sentido, me lo llevaré al barco.

Allí aprenderá modales. De hecho, será lo mejor.

Si se familiariza un poco con el barco amarrado, no tendrá que esforzarse tanto cuando levemos anclas.

Y no tendré que perder el tiempo escuchando a un par de mujeres discutir cada orden que le dé.

—A bordo de mi barco o en mi hogar —empezó la madre de Althea, pero Kyle atajó su discurso con unas palabras que dejaron a Althea helada y encendida de ira al mismo tiempo:

—El barco es de Keffria. Y mío, puesto que soy su marido.

Lo que ocurra a bordo de la Vivacia ya no te incumbe, Ronica.

Ya puestos, según las leyes de legado del Mitonar, creo que esta casa también es suya ahora.

Para que la administremos como consideremos oportuno.

—Se produjo un terrible silencio. Cuando Kyle habló de nuevo, había una oferta de disculpa en su voz—: Por lo menos, así podría ser.

Para perjuicio de todos nosotros. No es mi intención dividirnos, Ronica.

Es evidente que la familia prosperará antes si colaboramos, desde un hogar en común hacia un objetivo en común.

Pero no puedo hacerlo con las manos atadas.

Seguro que tú también te das cuenta. Lo has hecho muy bien, para ser mujer, todos estos años.

Pero los tiempos cambian, y Ephron no debería haber dejado que cargaras con todo tú sola.

Por mucho que respetara a ese hombre…, quizá porque lo respetaba, debo aprender de sus errores.

No pienso izar las velas con rumbo a poniente y decirle a Keffria que lleve las riendas de la casa hasta mi regreso.

Debo tomar medidas ahora para poder quedarme en casa y administrar las cosas.

Tampoco pienso dejar que Wintrow se embarque en la Vivacia y se comporte como un principito malcriado.

Ya has visto lo que le pasó a Althea; es testaruda y ajena a lo que piensan los demás hasta el punto de resultar inútil.

No, peor aún, hasta el punto de perjudicar el buen nombre y la reputación de la familia.

Te lo diré sin rodeos: no sé si vosotras dos podéis marcarle los límites que necesita.

Quizá lo más fácil sea casarla con alguien, preferiblemente con un hombre que no viva en el Mitonar…

Como un barco con el viento a popa, Althea dobló la esquina e irrumpió en la estancia.

—¿Te importaría lanzarme tus insultos a la cara, Kyle?

A él no le sorprendió verla.

—Me había parecido ver tu sombra. ¿Cuánto tiempo llevas espiando, hermanita?

—El suficiente para saber que no te propones nada bueno para mi familia ni para nuestro barco.

—Althea intentó no dejarse soliviantar por la calma de Kyle—.

¿Quién te crees que eres para hablar de esa forma a mi madre y mi hermana, diciéndoles con semejante desfachatez lo que piensas hacer, cómo te propones volver y «administrar» las cosas?

—Creo que ahora soy el hombre de la casa —proclamó Kyle con franqueza.

Althea sonrió con frialdad.

—Puedes ser el hombre de esta casa todo lo que quieras. Pero si crees que te vas a quedar con mi barco, te equivocas.

Kyle exhaló un suspiro teatral.

—Pensaba que solo eran nuestros vecinos de los Territorios Pluviales los que creían que, si se repite algo lo suficiente, termina por hacerse realidad —observó con sarcasmo—.

Hermanita, qué idiota eres. No es solo que la ley del Mitonar reconozca a tu hermana como única heredera, sino que tu padre en persona así lo redactó y rubricó. ¿Hasta a él te vas a oponer en esto?

Sus palabras la desarmaron. Sintió que le arrebataban todo lo que le había dado fuerzas.

Casi había logrado convencerse de que el día anterior había sido un accidente, de que su padre jamás le habría arrebatado el barco de forma consciente.

Era solo que estaba sufriendo grandes dolores y se moría.

Pero escuchar que estaba por escrito y sellado por él mismo…

No. Sus ojos volaron de Kyle a su madre y de nuevo a él.

—Me da igual que engañaras a mi padre para que firmara lo que fuese en su lecho de muerte —dijo en voz baja pero rabiosa—. Sé que Vivacia me pertenece. Me pertenece como tú jamás podrás reclamarla, Kyle. Y te digo ahora que nada me detendrá hasta que la tenga bajo mi mando…

—¡Tu mando! —Kyle soltó una carcajada estentórea—.

¿Tú, gobernar un barco? Ni siquiera vales para servir a bordo de uno.

Te haces ilusiones sobre tus habilidades, te engañas pensando que eres una especie de marinera genial.

¡Pues no lo eres! Tu padre te mantenía a bordo para evitar que te metieras en líos en la orilla, que yo sepa. Ni siquiera eres buena marinera.

Althea abrió la boca para replicar, pero un gemido procedente de Wintrow, despatarrado en el suelo, hizo que todas las miradas se volvieran en esa dirección.

Keffria hizo ademán de adelantarse, pero Kyle la detuvo con un gesto.

Aun así, su madre ignoró tanto su mirada como su mano y acudió junto al muchacho.

Este se sentó, obviamente mareado, con ambas manos encogidas junto a las sienes.

Con esfuerzo, centró la mirada en su abuela.

—¿Estoy bien? —preguntó con aturdimiento.

—Espero que sí —respondió ella en serio. Exhaló un pequeño suspiro—. Althea, ¿me quieres traer una compresa de agua fría?

—El muchacho está bien —rezongó Kyle, pero Althea no le hizo caso.

Salió corriendo por el pasillo para traerle a su madre un paño húmedo, sin dejar de preguntarse por qué lo hacía.

Sospechaba que su madre había engañado a su padre, que lo había convencido para que firmara algo a lo que él jamás habría accedido.

Entonces, ¿por qué la obedecía ahora con tanta docilidad?

No lo sabía, quizá fuera para darse un momento lejos de Kyle antes de matarlo.

Mientras cruzaba el pasillo en dirección al cuarto de la bomba, se preguntó en qué se había convertido su mundo.

Nunca antes había habido casos así en su hogar.

Que la gente se gritara en su casa era de por sí raro, pero Kyle había derribado a su propio hijo de un puñetazo.

Seguía sin creerse lo que había pasado. Estas cosas eran ajenas a ella, tan impresionantes que no tenía ni idea de cómo enfrentarse a ellas ni qué sentir siquiera.

Empapó una toalla en el chorro de agua fría que bombeó y escurrió bien el paño.

Una criada muy nerviosa merodeaba por el cuarto de la bomba.

—¿Necesita que le ayude? —poco menos que susurró la mujer.