09 #4
—Vale. Te diré lo que quiero yo. —Por algún extraño motivo, Sorcor pensaba que estaban haciendo un trato—.
Te seguiré —concedió a regañadientes—. Perseguiremos naos redivivas cuando las veamos, aunque no le veo demasiada utilidad.
No es que vaya a admitirlo delante de los hombres.
Para ellos, estaré tan ansioso por perseguirlas como un perro a una perra en celo.
Pero me compensarás por ello. Por cada nao rediviva que persigamos, iremos detrás del siguiente barco de esclavos que encontremos.
Y lo abordaremos, y arrojaremos a su tripulación a las serpientes, y dejaremos a los esclavos sanos y salvos en alguna ciudad.
No dudo de tu buen juicio, capitán, pero creo que si detenemos los suficientes barcos de esclavos y eliminamos a sus tripulantes, nos granjearemos el respeto de los demás mucho antes que apresando una nao rediviva.
Kennit arrugó el entrecejo sin disimulos.
—Me parece que sobrestimas la moralidad y la rectitud de nuestros camaradas mentecacios. Creo que nos tomarían por unos bobalicones por perder el tiempo persiguiendo barcos de esclavos solo para liberar la mercancía.
Quizá el buen vino se le hubiera subido a Sorcor a la cabeza más deprisa de lo que habría hecho una cosecha inferior. O puede que Kennit le hubiera tocado la fibra sensible sin proponérselo, porque su voz ronca sonó letalmente baja cuando respondió:
—Solo piensas así porque nunca has estado encadenado de pies y manos en una bodega apestosa cuando eras un chiquillo.
Nunca has tenido la cabeza presa en un torno para que no la movieras mientras el tatuador te imprimía la marca de tu nuevo dueño en la cara.
—Los ojos del hombre rutilaron, se volvieron hacia dentro, hacia una oscuridad interior que solo su mirada podía atravesar.
Inspiró despacio—. Y luego me pusieron a trabajar en un pozo de curtiduría, curando pieles.
Les daba igual lo que le hiciera eso a mi propio pellejo.
Allí vi hombres mayores que yo bombeando sangre de sus pulmones cada vez que tosían.
A nadie le importaba, y sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que me convirtiera en uno de ellos.
Una noche asesiné a dos hombres y me escapé.
Pero ¿adónde podía ir? ¿Al norte, donde solo hay nieve, hielo y bárbaros?
¿De regreso al sur, donde mi tatuaje me señalaría como un esclavo fugado, dinero fácil para cualquiera que quisiera dejarme sin sentido y devolverme a mi propietario?
¿O debería ir a las Orillas Malditas y vivir allí como un animal hasta que algún demonio me sorbiera la sangre?
No. La única opción que me quedaba era llevar una vida de pirata en las Islas Piratas.
Pero no es eso lo que hubiera elegido, Kennit, de haber tenido elección.
Pocos de los que estamos aquí hubieran escogido esto.
—Se le extravió la voz y lo mismo ocurrió con su mirada.
Clavó los ojos más allá de Kennit, en la oscura esquina del camarote, y permaneció un momento sin ver nada.
Su mirada volvió a saltar entonces sobre Kennit—.
Por cada nao rediviva que persigamos, daremos caza a un barco de esclavos.
Eso es lo único que pido. Te doy la oportunidad de alcanzar tu sueño si tú me permites intentar alcanzar el mío.
—Es justo —declaró Kennit con brusquedad. Sabía reconocer cuándo se ponían las últimas condiciones sobre la mesa—. Sí, me parece justo. Por cada nao rediviva, un barco de esclavos.
El frío se agolpaba en el seno de Wintrow.
Primero le había inundado las entrañas y ahora le corría por las venas.
Temblaba literalmente a causa de ello. Detestaba cómo hacía que le temblara la voz, como si fuera un niño al borde del llanto cuando lo único que intentaba hacer era exponer su caso racionalmente y con calma, tal y como le habían enseñado.
Tal y como le habían enseñado en el monasterio.
El recuerdo de los frescos salones de piedra donde la paz flotaba con el viento surgió imparable.
Intentó extraer fuerzas de él. En cambio, solo consiguió desarmarlo todavía más.
No estaba allí, estaba aquí, en el comedor de la familia.
La mesa baja de roble dorado y pulido hasta sacarle brillo, los bancos con cojines y las salas que rodeaban la mesa, las paredes con paneles y los cuadros de barcos y ancestros; todo le recordaba que estaba aquí, en el Mitonar.
Carraspeó e intentó reafirmar su voz mientras paseaba la mirada de su madre a su padre y de este a su abuela.
Todos estaban sentados en la misma mesa que él, pero se agrupaban en un extremo, como si formaran un tribunal que estuviera a punto de emitir sentencia sobre él. Como quizá fuera el caso. Tomó aliento.
—Cuando dispusiste mi entrada en la orden, no tuve elección.
—De nuevo volvió a estudiar todos los rostros, intentando encontrar en ellos algún recuerdo de aquel día devastador—.
Estábamos en esta misma sala. Me abracé a ti, madre, y te prometí que siempre me portaría bien si no me enviabas lejos de casa.
Pero me dijiste que tenía que irme. Me dijiste que era el primogénito, consagrado a Sa desde que nací.
Me dijiste que no podías romper la promesa que le habías hecho a Sa, y me entregaste al sacerdote errante para que me llevara al monasterio de Kall.
¿Es que no lo recuerdas? Tú estabas ahí, padre, de pie junto a esa ventana, y el día era tan radiante que, cuando te miraba, no veía más que una sombra negra recortada contra la luz del sol.
Aquel día no pronunciaste palabra. Abuela, me dijiste que fuera valiente y me diste un hatillo con unas cuantas galletas de la cocina para el camino.
Una vez más paseó la mirada por cada rostro, buscando alguna señal de incomodidad ante lo que pretendían hacerle, un rastro de culpabilidad por saber que lo estaban agraviando.
Su madre era la única que daba muestras de nerviosismo.
Él intentaba cruzar la mirada con ella, obligarle a expresar lo que pensaba, pero sus ojos lo eludían y permanecían fijos en su padre.
El hombre parecía que estuviera esculpido en piedra.