Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 09 #3
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—Cierto. Es verdad. Y con sus serpientes —convino Kennit—.

Ahora imagínate que eres un capitán mercante enfrentado a esa decisión.

Y viene alguien y te dice: «Señor, a cambio de un módico precio, puedo guiarlo sano y salvo por el Paso Interior.

Tengo un timonel que se conoce los canales y las corrientes como la palma de su mano, y ningún pirata le molestará por el camino». ¿Qué responderías?

—¿Qué hay de las serpientes? —preguntó Sorcor.

—«Y las serpientes no son peores dentro de las aguas cerradas del paso que fuera, y cualquier barco tendrá más oportunidades frente a ellas en el Interior que en el Exterior, donde tendría que pelear con las serpientes y con las tormentas al mismo tiempo.

Y puede que tengamos incluso un barco escolta para ti, lleno de arqueros expertos y cargado de Fuego de Baley, y si las serpientes los atacan, la escolta se ocupará de ellas mientras vosotros escapáis». ¿Qué dirías, capitán mercante?

Sorcor entornó los ojos con suspicacia.

—Diría que cuánto iba a costarme eso.

—Exacto. Y yo te propondría una cifra abultada, pero tú estarías dispuesto a pagarla.

Porque te limitarías a añadir esa cifra al precio de tu mercancía al final de tu viaje.

Porque sabrías que llegarías a puerto sano y salvo para vender esa mercancía.

Pagar una cifra abultada por esa seguridad es mucho mejor que navegar a tu suerte y correr el riesgo de perderlo todo.

—No saldría bien —declaró Sorcor.

—¿Por qué no?

—Porque los demás piratas te matarían si desvelaras el secreto de nuestros canales. O te dejarían conducir un barco apetitoso igual que un cordero al matadero, y luego se los echarían encima a los dos. ¿Por qué iban a quedarse de brazos cruzados y dejar que tú te llevaras todo el dinero?

—Porque recibirían una parte, todos y cada uno de ellos.

Hasta el último barco que entrara tendría que contribuir a un tesoro y todo el mundo obtendría una tajada de ese tesoro.

Además, les haríamos prometer que no habría más ataques contra nosotros o nuestras ciudades.

Los nuestros podrían dormir con placidez por las noches, sabiendo que sus padres y hermanos volverán a casa sanos y salvos, y que no habría naves del sátrapa dispuestas a incendiar sus ciudades y convertirlos en esclavos.

—Hizo una pausa—. Mira cómo estamos ahora.

Malgastamos nuestras vidas persiguiendo sus barcos.

Cuando capturamos uno, todo es caos y baños de sangre, y a veces para nada.

A veces el barco entero se va a pique, con la mercancía, o nos pasamos horas batallando y ¿qué sacamos?

Una bodega llena de algodón barato o basura por el estilo.

Mientras tanto, los barcos y los soldados del sátrapa irrumpen en nuestras aldeas y ciudades, y apresan a todo el que no huye para llevárselos como esclavos, en represalia por nuestra piratería.

Míralo desde mi punto de vista: en vez de jugarnos el cuello para atacar una de cada diez naves que pasen por aquí, puede que para no conseguir nada, sacaríamos tajada de cada cargamento y cada barco que surcara nuestras aguas.

Lo controlaríamos todo. Sin arriesgar la vida más que cualquier otro marinero.

Entretanto, nuestros hogares y familias estarían a salvo.

Las riquezas que ganáramos serían nuestras para disfrutarlas como nos placiera.

Una idea se asentó poco a poco en los ojos de Sorcor.

—Y rechazaríamos los esclavos. Podríamos cortar de raíz el tráfico de esclavos. Ningún barco de esclavos, ningún tratante de esclavos podría utilizar el Paso Interior.

Kennit experimentó un momento de desolación.

—Pero el negocio más boyante que surca las aguas es el tráfico de esclavos. Ellos pagarían más para navegar deprisa y sin contratiempos, con su cargamento vivo y aún saludable. El porcentaje que consiguieran por la venta de sus artículos…

—Hombres —lo interrumpió Sorcor—. Hombres y mujeres.

No artículos. Si hubieras estado alguna vez en uno de esos barcos…

, y no me refiero a la cubierta, me refiero a dentro, encadenado en una bodega…

, no dirías «artículos». No. Nada de tratantes de esclavos, Kennit.

Ellos nos convirtieron en lo que somos. Si queremos cambiar eso, empezaremos por hacerles lo que nos hicieron ellos a nosotros: les quitaremos la vida.

Además, no es solo que sean malvados. Atraen a las serpientes.

El hedor de los barcos de esclavos es lo que condujo a las serpientes hasta nuestros canales.

Si nos libramos de los barcos de esclavos, puede que las serpientes también se vayan.

Infiernos, capitán, atraen a las serpientes hasta nuestros mismos canales y rutas, acicateándolas por el camino con esclavos muertos.

Y traen enfermedades. Cultivan la enfermedad en esas bodegas atestadas de pobres desgraciados, enfermedades que nunca habíamos sufrido ni conocido.

Cada vez que un barco de esclavos suelta amarras, deja la enfermedad tras su estela. No. Nada de tratantes de esclavos.

—Está bien —se avino Kennit sin convencimiento—.

Nada de tratantes de esclavos. —Nunca hubiera creído posible que Sorcor tuviera alguna idea metida en la sesera, y menos que albergara sentimientos tan apasionados acerca de algo.

Un error de cálculo. Miró a su primer oficial con otros ojos.

Era posible que tuviera que prescindir de él.

Todavía no, y quizá ni siquiera a corto plazo.

Pero, llegado el momento, tal vez dejara de resultarle útil.

Kennit decidió que debía tener eso en cuenta y no trazar ningún plan a largo plazo basado en las habilidades de Sorcor.

Le sonrió—. Tienes razón, por supuesto. Estoy seguro de que hay muchos que estarán de acuerdo contigo y que se rendirán ante semejante idea.

—Volvió a asentir, como si lo considerara—.

Sí. Así que nada de tratantes de esclavos.

Pero a todo esto, naturalmente, hay que esperar para ver por dónde van los tiros.

Si expresáramos en voz alta estas ideas ahora mismo, nadie nos escucharía.

Dirían que lo que sugerimos es imposible.

O todos querrían intentarlo por su cuenta, haciéndose la competencia.

Sería un barco contra otro. No es eso lo que queremos.

Así que tendremos que mantener esta idea en secreto hasta que todos los piratas de las islas nos respeten y estén dispuestos a creer lo que les digamos.

—Probablemente sea así —convino Sorcor tras pensárselo un momento—. Bueno. ¿Cómo hacemos para que nos escuchen?

Por fin. La pregunta que quería que le hiciera. Kennit regresó corriendo a la mesa. Se obligó a hacer una pausa melodramática. Dejó su vaso y descorchó la botella. Sirvió más vino a Sorcor y añadió otro trago a su copa casi llena.

—Les haremos creer que podemos conseguir lo imposible haciendo cosas que los demás consideran imposibles. Como, digamos, apresar una nao rediviva y convertirla en nuestro principal velero.

Sorcor frunció el ceño.

—Kennit, viejo amigo, eso es una locura.

Ningún barco de madera puede capturar una nao rediviva.

Son demasiado veloces. Tengo entendido que la misma nave puede husmear un paso a través de un canal e indicarle el camino a su timonel.

Y que pueden sentir la orza del viento, y atrapar y emplear soplos de aire que ni siquiera menearían cualquier otra embarcación.

Además, aunque nos topáramos con una y consiguiéramos masacrar a toda su tripulación, el barco en sí no nos serviría de nada.

Solo navegan para los miembros de su familia.

Rechazan a todos los demás. La nao se vararía, o se lanzaría contra las rocas, o volcaría con todos nosotros dentro.

Acuérdate de ese barco fantasma, ¿cómo se llamaba?

¿El que enloqueció y se rebeló contra su propia familia y tripulación?

Zozobró y se llevó a todos los marineros con él.

No una sola vez, sino tres, por lo que he oído.

Y la última vez que lo encontraron, estaba flotando del revés en la boca del mismísimo puerto del Mitonar.

Hay quien dice que sus tripulantes fantasmas lo llevaron a casa, otros que regresó para enseñarles a los mercaderes lo que había hecho.

Lo remolcaron y lo encallaron en la playa, y ahí sigue desde entonces.

Desdichado . Ese era su nombre. El Desdichado .

—El Dechado —le corrigió Kennit con una sonrisa irónica—.

Se llamaba el Dechado , aunque hasta su propia familia ha dado en llamarlo Desdichado .

Sí, conozco todas las viejas leyendas y los mitos sobre las naos redivivas, Sorcor.

Pero eso es lo que son. Mitos y leyendas.

Creo que se podría apresar y utilizar una nao rediviva.

Y si uno se pudiera ganar el corazón de semejante navío, tendría un barco pirata al que ninguna embarcación podría hacer frente.

Es cierto lo que dices sobre las corrientes, los vientos y las naos redivivas.

Cierto es, también, que pueden percibir la presencia de serpientes mucho antes de que las divise cualquier vigía, y alertar a los arqueros para que estén preparados.

Una nao rediviva sería el velero perfecto para la piratería.

Y para trazar nuevas rutas entre las Islas Piratas, o luchar contra las serpientes.

No estoy diciendo que debamos olvidarnos de todo lo demás y salir a cazar una nao rediviva.

Lo único que digo es que si se cruza alguna en nuestro camino, en vez de decir que no tiene sentido perseguirla, vayamos por ella.

Si la capturamos, la capturamos. Si no, bueno, no son pocos los barcos que se nos escapan.

No habremos perdido nada más que lo de costumbre.

—¿Por qué una nao rediviva? —preguntó Sorcor, desconcertado—. No lo entiendo.

—Porque… quiero una. Por eso.