Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 09 #2
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09 #2

El muchacho salió del camarote con su bandeja de platos, cerrando la puerta firme pero respetuosamente a su espalda.

Por unos instantes, casi hubo silencio dentro de la pequeña cámara mientras Kennit consideraba al hombre que no solo era su mano derecha en la cubierta, sino su línea divisoria para el mal genio de la tripulación.

Kennit se reclinó apartándose un poco de la mesa.

Las velas blancas de cera de abeja se habían consumido casi en sus dos terceras partes.

Sorcor y él habían dado buena cuenta de una generosa pata de cordero.

Sorcor se había comido la mayor parte; ni siquiera la formalidad lograba quitarle el apetito cuando tenía delante cualquier plato apenas mejor que la comida para cerdos.

Todavía en silencio, Kennit tomó una botella de vino y rellenó sus altas copas de cristal.

Era una cosecha que el paladar de Sorcor probablemente no sabría apreciar, pero esta noche no era la calidad del vino, sino su precio lo que quería que viera el primer oficial.

Cuando ambas copas estuvieron llenas casi hasta el borde, levantó la suya y esperó a que el primer oficial hiciera lo propio.

Se inclinó hacia delante para brindar con delicadeza.

—Por cosas mejores —propuso en voz baja. Con la mano libre, indicó los cambios más recientes operados en el camarote.

Sorcor se había quedado perplejo al entrar.

Kennit siempre había sentido predilección por la calidad, por eso en el pasado la había reservado para áreas pragmáticas.

Antes prefería lucir pequeños pendientes de oro con gemas sin ningún defecto que llevar elaborado bronce con incrustaciones de cristal.

La calidad se había hecho sentir en el corte y la tela de sus ropas más que en una vasta cantidad de ostentosos atuendos.

Ahora no. La simplicidad de su camarote había dado lugar al relumbre y el esplendor tras gastar en Mentecacia hasta la última moneda conseguida en su último viaje.

Algunos de los artículos no eran de la mejor calidad, pero eran lo mejor que podía ofrecer Mentecacia.

Y había surtido el efecto deseado sobre Sorcor.

Bajo el asombro que se reflejaba en los ojos del primer oficial se vislumbraba un destello de avaricia.

A Sorcor solo le hacía falta ver algo para desearlo.

—Por cosas mejores —repitió Sorcor con su voz de bajo, y bebieron juntos.

—Y pronto. Muy pronto —añadió Kennit mientras se acomodaba sobre los cojines de su silla de roble, tallada con austeridad.

Sorcor posó su vaso y observó a su capitán con atención.

—Tienes algo en mente —dedujo.

—Solo el fin. El medio todavía está sujeto a consideración. Por eso te he invitado a cenar; para que podamos considerar nuestro próximo viaje y lo que queremos de él.

Sorcor frunció los labios y se los chupó con gesto especulativo.

—Deseo lo que siempre he deseado de un viaje: un buen botín, y abundante. ¿Qué más puede desear un hombre?

—Mucho, querido Sorcor. Muchísimo. Están el poder y la fama, la seguridad de las propias riquezas.

Comodidad. Hogares y familias a salvo del látigo del vendedor de esclavos.

—Esto último no tenía cabida en la lista personal de deseos de Kennit, pero bien sabía que era la fantasía de más de un marinero.

Una fantasía que sospechaba que encontrarían agobiante de verla hecha realidad algún día.

Daba igual. Lo que estaba ofreciéndole a Sorcor era lo que él pensaba que quería.

Kennit le habría ofrecido ladillas garrapiñadas si hubiera pensado que serían un cebo más suculento.

Sorcor adoptó una torpe despreocupación.

—Uno puede querer muchas cosas, desde luego. Pero no las tendrá a menos que haya nacido para tenerlas. Noble, o lord, o algo de eso. Jamás serán para mí ni para ti, perdona que te lo diga.

—Ah, pero es que sí lo serán. Lo serán si tenemos las agallas necesarias para alargar el brazo y tomarlas.

Lores y nobles, dices, y me hablas de derechos de nacimiento.

Pero en alguna parte tuvo que haber un primer lord.

En algún lugar, tuvo que haber un hombre corriente que alargó el brazo y tomó lo que quería, y encima se lo quedó.

Sorcor tomó otro sorbo de vino, engulléndolo como si fuera cerveza.

—Supongo que sí —concedió—. Supongo que todas esas cosas tuvieron que empezar de alguna manera. —Dejó la copa en la mesa y miró a su capitán—. ¿Cómo? —preguntó al cabo, como si temiera que no le iba a gustar la respuesta.

Kennit giró los hombros, en un movimiento más sutil que un encogimiento.

—Como te he dicho: alargando el brazo y tomándolo.

—¿Cómo? —repitió Sorcor, obstinado.

—¿Cómo conseguimos este barco y esta tripulación? ¿Cómo conseguí el anillo que llevo en el dedo y tú los pendientes que luces? Lo que vamos a hacer no se diferenciará en nada de lo que hayamos hecho antes. Salvo en la escala. Vamos a imponernos unas metas un poco más altas.

Sorcor se revolvió con nerviosismo. Cuando habló, su voz ronca se había vuelto casi peligrosamente suave:

—¿Qué tienes en mente?

Kennit le sonrió.

—Es muy sencillo. Solo tenemos que atrevernos a hacer lo que nadie ha osado hacer.

Sorcor frunció el ceño. Kennit sospechaba que el vino comenzaba a subírsele a la cabeza.

—Se trata de esa historia del «rey» que me habías comentado, ¿no? —Antes de que Kennit pudiera responder, el primer oficial sacudió su pesada cabeza—. No saldrá bien, capitán. Los piratas no quieren ningún rey.

Kennit se obligó a mantener la sonrisa. Meneó su propia cabeza en respuesta a la acusación de su primer oficial. Al hacerlo, sintió cómo se reabría la carne ampollada bajo el vendaje de lino. Se le empapó de fluido la nuca. Digno. Apropiado.

—No. Querido Sorcor, te has tomado demasiado al pie de la letra lo que te dije antes.

¿Qué piensas, que me imagino sentado en un trono, luciendo una corona de oro cubierta de joyas mientras los piratas de Mentecacia hincan la rodilla ante mí?

¡Bobadas! ¡Tremenda bobada! Nadie podría echar un vistazo a Mentecacia e imaginarse algo así.

No. Lo que veo es lo que te he dicho: un hombre viviendo como un señor, con una buena casa y cosas de calidad, y sabiendo que conservará su buena casa y sus cosas de calidad, sí y sabiendo que su esposa dormirá a salvo junto a él, y que sus retoños también estarán en sus camas.

—Dio un calculado trago de vino y volvió a dejar el vaso en la mesa—.

Con ese reino nos conformamos tú y yo, ¿eh, Sorcor?

—¿Yo? ¿Yo también?

Ahí. Por fin estaba llegando hasta él. Kennit estaba sugiriendo que el propio Sorcor podría disfrutar de estas cosas, no solo él. Su sonrisa se ensanchó.

—Naturalmente. Claro que tú también, ¿por qué no?

—Se permitió una risa de desaprobación—.

Sorcor, ¿crees que te pediría que estuvieras a mi lado como antes, que lo arriesgaras todo junto a mí, si lo único que pretendiera fuese aumentar mi fortuna particular?

¡Claro que no! No eres tan idiota. No. Lo que tengo pensado es que juntos partiremos en busca de esta fortuna.

Y no solo para nosotros, no. Cuando hayamos terminado, nuestra tripulación saldrá beneficiada.

Y si Mentecacia y las demás Islas Piratas deciden seguirnos, también ellas se beneficiarán.

Pero nadie se verá obligado a echarnos una mano.

No. Será una alianza libre de hombres libres.

Ea. —Se inclinó hacia delante, sobre la mesa, en dirección a su primer oficial—. ¿Qué me dices?

Sorcor pestañeó y apartó la vista del capitán.

Pero, al hacerlo, se fijó en el cuarto bellamente engalanado, los lujos repartidos que Kennit había colocado a tal fin.

No había un solo sitio en toda la estancia donde un hombre pudiera posar los ojos sin que se despertara la avaricia en su corazón.

Pero en el fondo de su alma, Sorcor era más precavido de lo que Kennit pensaba.

Sus ojos oscuros volvieron a clavarse en los pálidos de Kennit.

—Hablas bien. Y no se me ocurre ningún motivo para no decir que sí. Pero sé que eso no significa que no haya un motivo. —Se acodó en la mesa y se apoyó en los brazos—. Habla claro. ¿Qué tenemos que hacer para conseguir todo esto?

—Atrevernos —dijo Kennit, sucinto. La inquieta llama de triunfo que sentía no le dejaba sentarse inmóvil.

Tenía al hombre, aunque Sorcor todavía no lo supiera.

Se levantó para recorrer el pequeño camarote, con el vaso de vino en una mano—.

Para empezar, capturamos su imaginación y su admiración con lo que nos atrevemos a hacer.

Amasamos fortuna, sí, pero lo hacemos como nadie lo ha hecho nunca.

Fíjate, Sorcor. No hace falta que te enseñe ningún mapa.

Todo el comercio procedente de Jamaillia y las tierras del sur debe pasar frente a nosotros antes de llegar al Mitonar o a Chalaza y las tierras que hay más allá. ¿No es así?

—Desde luego. —La frente del primer oficial se arrugó al intentar ver adónde conduciría esa obviedad—. Ningún barco puede ir de Jamaillia al Mitonar, a no ser que pase frente a las Islas Piratas. A menos que sean tan estúpidos como para salir al Exterior y enfrentarse al Mar Atroz.

Kennit mostró su conformidad con un cabeceo.

—Así que los barcos y los capitanes solo tienen dos opciones.

Pueden tomar el Paso Exterior, donde las tormentas que llegan del Mar Atroz son más fuertes, las serpientes más gordas y el camino más largo.

O pueden enfrentarse al Paso Interior, con sus enrevesados canales, sus corrientes y nosotros, los piratas. ¿Correcto?

—Y con sus serpientes —insistió en señalar Sorcor—. En el Paso Interior ya hay casi tantas serpientes como en el Exterior.