09
Cambio de suertes
El crujido de unos pies descalzos sobre las rocas cubiertas de arena lo hizo ponerse alerta.
Pese a sus años de ceguera, levantó la cabeza y volvió sus ojos hacia el sonido.
Quienquiera que estuviera acercándose era silencioso salvo por sus pasos.
No se trataba de un niño: los niños caminaban más ligeros y solían ir en grupos, para pasar corriendo a su lado dirigiéndole insultos y retándose entre sí.
Antes acostumbraban a tirarle piedras, hasta que aprendió a dejar de esquivarlas.
Si las soportaba con estoicismo, pronto se aburrían y se iban en busca de cangrejos o estrellas de mar que torturar en su lugar.
Además, las rocas no hacían tanto daño y la mayoría ni siquiera daba en el blanco. La mayoría.
Mantuvo los brazos cruzados sobre el pecho surcado de cicatrices, pero eso le supuso una proeza de voluntad.
Cuando uno teme un golpe y no sabe de dónde vendrá, resulta complicado no intentar protegerse la cara, aunque todo lo que quede de esa cara sea una boca, una nariz y el cúmulo de astillas en que el machete había convertido sus ojos.
La última marea alta casi lo había alcanzado.
A veces soñaba con una tormenta gigantesca, una tormenta que llegara para levantarlo de las rocas y la arena y devolverlo al mar.
Aún mejor sería una que casi lo levantara, una que lo dejara caer sobre las rocas, rompiéndolo en tablones y vigas y estopa, que lo diseminara allí donde lo transportaran las olas y el viento.
Se preguntó si eso le proporcionaría el olvido o si sobreviviría en forma de pedazo de tronconjuro, siempre a la deriva.
A veces, esas ideas acuciaban su locura.
A veces, mientras yacía en la playa, escuchando a estribor, podía sentir las polillas y los percebes que ahondaban en su madera, avanzando a bocados, pero jamás en su quilla ni en ninguna de las tablas de tronconjuro.
No. Esa era la belleza del tronconjuro; era inmune a los rigores del mar. Esa era su belleza y su eterna condena.
Solo conocía una nao rediviva que hubiera muerto.
Tinister había perecido en un incendio que se propagó rápido por sus bodegas de carga, repletas de barriles de aceite y pieles secas, consumiéndolo en cuestión de horas.
Horas que el barco pasó gritando y suplicando ayuda.
La marea era baja. Ni siquiera cuando el fuego agujereó el casco y se hundió, con el agua marina vertiéndose sobre las llamas de su interior, logró sumergirse lo suficiente para sofocar los incendios de cubierta.
Su ser de tronconjuro había ardido despacio, con un humo negro y untuoso que se elevaba hacia el cielo azul que cubría el puerto, pero había ardido.
Puede que ese fuera el único descanso posible para una nao rediviva: las llamas y consumirse despacio.
Pensó que a los niños eso nunca se les había ocurrido.
¿Por qué le lanzaban piedras cuando podrían haber prendido fuego a su maltrecho casco? ¿Debería sugerírselo algún día?
Los pasos estaban ahora más cerca. Se detuvieron. Unos pies que aplastaban la arena contra la piedra subyacente, rechinando.
—Eh, Dechado . —Una voz masculina, amigable, tranquilizadora. Tardó un momento en reconocerla.
—Brashen. Cuánto tiempo.
—Más de un año —admitió sin rubor el hombre—. Quizá dos. —Se acercó más y, un momento después, Dechado sintió una cálida mano humana que le rozaba la punta del codo. Descruzó los brazos y tendió la mano derecha. Sintió cómo la pequeña mano de Brashen intentaba estrechar la suya.
—Un año. Una vuelta entera de las estaciones. Eso es mucho tiempo para tu gente, ¿verdad?
—Oh, no lo sé. —El hombre suspiró—. Duraba mucho más cuando yo era pequeño. Ahora cada año que pasa parece más corto que el anterior. —Hizo una pausa—. En fin. ¿Qué tal te va?
Dechado separó su barba con una sonrisa.
—Menuda pregunta. Respóndela tú mismo. Me va igual que desde hace ¿qué, treinta o cuarenta años? Por lo menos, creo. El paso del tiempo tiene poco sentido para mí. —Le tocó a él hacer una pausa. Luego preguntó—: Bueno, ¿qué te trae a visitar a un viejo desahuciado como yo?
El hombre tuvo la cortesía de parecer azorado.
—Lo de siempre. Necesito un sitio donde dormir. Un lugar seguro.
—¿Y nunca has oído que la peor suerte que puede esperarte se encuentra a bordo de un barco como yo? —La conversación era ya antigua entre ellos. Pero hacía tiempo que no la tenían, de modo que a Dechado le resultaba reconfortante conducir a Brashen de nuevo por sus derroteros.
Brashen soltó una carcajada. Propinó un último apretón a la mano de Dechado antes de soltarla.
—Tú me conoces, vieja nave. Ya tengo casi la peor suerte que podría tocarle a uno. Dudo que me vaya peor a bordo de ti. Y así al menos podré dormir a salvo, sabiendo que un viejo amigo vela por mí. ¿Permiso para embarcar?
—Sube a bordo y sé bienvenido. Pero pisa con cuidado. Seguro que estoy un poco más podrido que la última vez que te cobijaste aquí.
Oyó cómo Brashen lo rodeaba, oyó su salto y, un momento después, sintió cómo se aupaba sobre la vieja barandilla.
Extraño, qué extraño era sentir el paso de un hombre sobre sus cubiertas después de tanto tiempo.
No es que Brashen caminara por ellas con facilidad.
Varado como estaba en la arena, la cubierta del Dechado se inclinaba vertiginosamente.
Brashen resquilaba más que andaba cuando cruzó la cubierta hasta la puerta del castillo de proa.
—No estás más podrido que la última vez que te vi —comentó en voz alta, casi con jovialidad—. Y ya entonces era muy poco. Es extraño que te conserves tan bien después de tanto tiempo a la intemperie.
—Extraño —convino Dechado , y procuró no sonar melancólico al respecto—. No ha subido nadie a bordo desde tu última visita, así que me figuro que lo encontrarás todo tal y como lo dejaste. Salvo por un poco más de humedad.
Podía oír y sentir al hombre deambulando por el interior del castillo de proa, y luego por el camarote del capitán. Su voz elevada llegó a los oídos de Dechado :
—¡Eh! Aquí sigue mi hamaca. Y en buen estado, además. Me había olvidado de ella. ¿Recuerdas? La que hice la última vez que estuve aquí.
—Sí. Lo recuerdo —respondió Dechado en voz alta a su vez. Esbozó una rara sonrisa de placer.
Aquella vez, Brashen había encendido una fogata en la arena y, con voz de borracho, había instruido al barco en las artes de la tejeduría.
Sus manos, mucho más grandes que las de cualquier persona, habían demostrado ser un reto para Brashen mientras intentaba enseñar a la nave ciega los nudos necesarios solo por medio del tacto.
«¿Es que nadie te ha enseñado nada?», había inquirido con beoda indignación mientras Dechado se peleaba con los rudimentos más simples.
«No. Nadie. Nada parecido a esto, al menos.
Cuando era joven, lo vi hacer, pero nadie me ofreció nunca la posibilidad de intentarlo por mí mismo», había respondido Dechado .
Se preguntó cuántas veces desde entonces había revisado ese recuerdo para matar las largas horas de noche, cuántas veces había alzado las manos vacías ante sus ojos y tejido líneas imaginarias en la simple malla de una hamaca.
Era una forma de mantener a raya la locura.
En el camarote del capitán, supo que Brashen se había quitado los zapatos de sendos puntapiés.
Resbalaron hasta una esquina, la misma hasta la que siempre resbalaban.
Pero la hamaca estaba afianzada con unos garfios que el mismo Brashen había montado, de manera que se mantuvo firme mientras el hombre gruñía y se encaramaba a ella.
Dechado sintió cómo cedía bajo su peso, pero los ganchos aguantaron.
Tal y como había dicho Brashen, la podredumbre era muy escasa.
Como si Brashen pudiera sentir lo hambrienta de compañía que estaba la nave, se incorporó lo suficiente para exclamar:
—Estoy que me caigo, Dechado . Déjame dormir unas horas y luego intentaré contarte todas las aventuras que he vivido desde la última vez que nos vimos. Y también mis desventuras.
—Puedo esperar. Duerme un poco —le contestó afablemente el barco. No estaba seguro de que Brashen lo hubiera escuchado. Daba igual.
Sintió cómo el hombre se revolvía en la hamaca y se acomodaba.
Después de eso, solo hubo un silencio casi absoluto.
La nave percibía su respiración. Como compañía no era gran cosa, pero era más de la que había tenido Dechado en varios meses.
Cruzó los brazos cómodamente sobre el pecho y se concentró en la respiración de Brashen.
Kennit observaba a Sorcor por encima del mantel blanco que cubría la mesa del capitán.
El primer oficial llevaba puesta una camisa nueva de seda a rayas rojas y blancas, y llamativos pendientes en las orejas: sirenas con diminutos pendientes en el ombligo y verdes ojos de cristal.
El semblante surcado de cicatrices de Sorcor parecía dolorosamente frotado sobre la barba, y tenía el pelo peinado hacia atrás y ungido con un aceite que probablemente fuera aromático.
A Kennit, el olor le recordaba una mezcla de almizcle y pescado.
Pero no dejó que esa opinión se reflejara en su rostro.
Sorcor ya estaba lo bastante nervioso. La formalidad siempre agotaba a ese hombre.
La formalidad y la desaprobación del capitán le paralizarían sin remisión.
La Marietta se frotaba con suavidad contra el muelle.
Kennit había cerrado la ventanita del camarote frente al hedor de Mentecacia, pero el ruido de la jarana nocturna penetraba aún en forma de distante cacofonía.
No había tripulantes a bordo, salvo por el grumete que atendía la mesa y un solo hombre de guardia en la cubierta.
—Con eso basta —le soltó Kennit al muchacho—. Cuidado cuando limpies eso. Es peltre, no latón.