Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 08 #6
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Regresó a la cuenca del puerto y el Mitonar.

Mientras caminaba, oyó los primeros trinos cautos de las aves más madrugadoras.

Volvió la mirada al este, a un horizonte que comenzaba a teñirse de luz, y se sintió extenuado.

Pensó en el estrecho catre que lo esperaba en Vivacia y entonces comprendió la verdad: no había ningún catre esperándolo en ninguna parte.

Consideró la posibilidad de alquilar un cuarto en alguna posada, en algún sitio con camas blandas, mantas limpias y agua caliente.

Compuso un gesto a caballo entre una mueca y una sonrisa.

Eso daría cuenta enseguida de sus monedas.

Igual al final del día, cuando pudiera disfrutar de la cama durante toda la noche, se permitiría una.

Pero la mayor parte del sueño que iba a conciliar esta mañana consistía en un puñado de horas antes de que la luz, el ruido y el calor de la jornada volvieran a ponerlo en pie.

No estaba dispuesto a pagar por una cama que apenas iba a utilizar.

La costumbre había guiado sus pasos hasta el muelle.

Meneó la cabeza para sí y encaminó sus pasos hacia la Carretera de Ejercido, que salía de la ciudad y bajaba a las playas rocosas donde dejaban sus barcas los pescadores más pobres.

Dechado lo acogería por un día y agradecería la compañía.

Por la tarde tendría tiempo de recuperar su bolsa de mar y empezar a buscar trabajo y alojamiento.

Por ahora, se concedería unas cuantas horas de descanso, a buen recaudo de los Vestrit y los Haven.

Maulkin se detuvo en el sitio. Sus fauces se abrieron de par en par y se cerraron repetidamente mientras paladeaba este nuevo entorno.

La maraña se posó fatigada en el suave lodo, agradecida por este breve descanso de su paso obstinado.

Shreever observó a su líder con algo semejante al cariño mientras cataba el piélago de esta Abundancia.

Las barbas se erizaron en torno a su cuello, medio desafiando, medio cuestionando.

Unas pocas serpientes refunfuñaron ante su actitud, moviendo sus anillos con inquietud.

—Aquí no hay retador —observó Sessurea—. Pelea con burbujas.

—No —convino suavemente Shreever—. Recuerdos.

Lucha por capturarlos. Me lo ha dicho. Brillan ante su mente como un gran banco de capelanes, confundiendo la vista con su multitud.

Como el buen pescador, debe desencajar las fauces y abalanzarse sobre su seno, confiando que cuando se cierren sus mandíbulas quede sustancia atrapada entre ellas.

—Sedimentos, lo más probable —musitó Sessurea.

Shreever encrespó su collarín en su dirección y la otra serpiente se alejó de ella para tocarse la cola con el hocico, como si se almohazara. Ella se desperezó, atildándose ostentosamente para demostrar que no lo temía.

—Los gusanos —observó como para sí— se conforman siempre con un punto de vista estacionario.

Sabía que los demás comenzaban a poner en duda las dotes para el mando de Maulkin.

Ella no. Cierto era que últimamente sus pensamientos parecían más dispersos.

Como también que barritaba extrañamente en sus sueños durante los breves descansos que les permitía, y que hablaba para sí más a menudo que con sus seguidores.

Pero las mismas cosas que enervaban a los demás eran las señales que demostraban a Shreever que la dirección de Maulkin era la correcta.

Cuanto más al norte lo habían seguido, más convencida estaba de que él era uno de los que portaban los antiguos recuerdos.

Lo observó ahora. Sus grandes ojos cobrizos quedaban protegidos por sus párpados lechosos mientras pasaba toda la longitud de su cuerpo a través de un nudo, acariciándose una y otra vez hasta que refulgieron sus falsos ojos dorados.

Otros lo miraban con desdén, como si creyeran que Maulkin estimulaba sus sentidos por mero placer.

Shreever lo observaba con avidez. Si el resto de la maraña no hubiera estado tan ocupado vigilándolo, quizá ella se hubiera atrevido a unirse a él para entrelazar sus cuerpos e intentar compartir los recuerdos que él perseguía.

En vez de eso, atrajo discretamente más piélago a sus fauces entreabiertas y lo dejó escapar despacio por sus agallas.

Saboreó la extrañeza de este nuevo mar. Portaba sales extranjeras que escocían casi con su intensidad.

Paladeó también las sales del cuerpo de Maulkin mientras se retorcía con vigor sobre sí mismo.

Se elevaron los párpados de sus ojos, empañándole la vista.

Por un instante, soñó, y en el sueño la Carencia era la Abundancia y ella planeaba libre sobre todo.

Antes de que pudiera controlarse, echó la cabeza hacia atrás y bramó triunfal.

—¡El camino está despejado! —llamó, y su propio grito le devolvió la conciencia.

Los demás la observaban ahora con la misma tensión que reservaban para Maulkin.

Alisó el collarín contra su garganta, confusa.

Maulkin viró hacia ella y la envolvió, de pronto, en toda la longitud de su cuerpo.

Tenía las barbas enhiestas en ademán de feroz agresión, acumulando toxinas que la aturdían y embriagaban al mismo tiempo.

La asía con una fuerza inmensa, impregnando sus escamas de su fragancia almizcleña, inundando sus sentidos con los recuerdos medio captados que lo impulsaban a seguir.

Luego se soltó y alejó su cuerpo del de ella.

Despacio, inerte, Shreever se posó en el fondo, tragando bocanadas de aire.

—Lo comparte —declaró Maulkin a sus seguidores—. Ve mis recuerdos y está ungida con mis recuerdos. Con nuestros recuerdos. Adelante, Shreever, levántate y sígueme. La hora de la reunión se aproxima. El renacer nos espera.