08 #5
Kyle ocupó el marco. Llevaba puesto el camisón, estaba descalzo y sus rubios cabellos le coronaban la cabeza en mechones encrespados, pero su furia era tal que no tenía nada de ridículo.
—¿Qué pasa aquí? —quiso saber. Había bajado la voz, como si buscara la confidencialidad, pero sus emociones imprimieron a sus palabras la fuerza de un bramido.
De forma instintiva, Brashen se irguió ante el hombre que había sido su capitán. Althea retrocedió asombrada en un principio, pero enseguida se recuperó.
—Nada de tu maldita incumbencia —declaró, e intentó entrar en la casa pasando por su lado. Kyle la agarró del brazo e hizo que girara en redondo—. Maldito seas —exclamó sin esforzarse por bajar la voz—. ¡Quítame las manos de encima!
Kyle hizo caso omiso de sus palabras y, en rigor, le propinó tal meneo que la figura de la muchacha se sacudió como la pesa al extremo de una tralla.
—¡Esta familia es de mi incumbencia! —gruñó—.
La reputación y el buen nombre de esta familia son de mi incumbencia, como deberían serlo de la tuya.
Mírate. Descalza, oliendo a golfa borracha y con todo el aspecto de una, y he aquí un bribón husmeándote como si siguiera a una puta barata…
¿Para eso lo has traído aquí, al hogar de tu familia?
¿Cómo te atreves? La noche de la muerte de tu padre, ¿cómo te atreves a avergonzarnos a todos de esta manera?
Althea había enseñado los dientes como una loba ante sus descabelladas acusaciones. Arañó la mano que la apresaba.
—¡No he hecho nada! —chilló como una salvaje, con la voz destilando alcohol—. ¡No he hecho nada de lo que avergonzarme! Tú deberías estar avergonzado. ¡Tú, ladrón! ¡Me has robado el barco! ¡Mi barco, me lo has robado!
Brashen estaba paralizado por el horror. Esto era lo último en lo que quería verse involucrado. Daba igual lo que hiciera, siempre habría alguien a cuyos ojos quedaría mal. Pero lo peor era seguir pasmado y no hacer nada. Sea. De perdidos, al río.
—Capitán. Kyle. Suéltela, no ha hecho nada salvo beber un poco. En vista de todo por lo que ha pasado hoy, creo que eso era de esperar. ¡Suéltela, hombre, que le está haciendo daño!
No había levantado la mano, no había dado ninguna muestra de pretender agredirlo, pero Kyle empujó a Althea a un lado y se encaró con el marinero.
—Para ti sería de esperar, pero no para nosotros.
—Detrás de Kyle, al final del pasillo en penumbra, Brashen atisbó una luz que se encendía y oyó una voz de mujer, inquisitiva.
Kyle intentó asir la pechera de Brashen, pero este dio un paso hacia atrás.
Tras ellos, Althea se había puesto de pie.
Estaba llorando, desesperada, como una niña perdida.
Se agarraba al marco de la puerta, con la cascada de pelo ocultándole el rostro, y lloraba.
Kyle siguió perorando—: Sí, para ti sería de esperar que se emborrachara, ¿no es así, canalla?
Y la has seguido esperando algo más que eso.
He visto cómo la observabas en la nave y ya sé lo que tenías pensado.
No podías esperar a que el cuerpo de su padre tocara el fondo del mar para venir husmeando tras sus pasos, ¿verdad?
Kyle lo estaba hostigando y Brashen se descubrió cediendo terreno.
Físicamente, no temía a Kyle más que a cualquier otro hombre más corpulento que él, pero Kyle estaba armado con algo más que el peso de sus puños.
Lo respaldaban todas las ventajas de pertenecer a un linaje familiar de antiguos mercaderes.
Si mataba a Brashen aquí y ahora, pocas personas pondrían en duda los pretextos que expusiera para haberlo hecho.
De modo que se dijo que no era cobardía, sino inteligencia lo que le hizo retroceder, levantar las manos con gesto conciliador y decir:
—No es nada de eso. Quería que llegara a casa sana y salva. Eso es todo.
Kyle le lanzó un puñetazo y lo esquivó fácilmente.
Con ese ataque le bastó para calar al hombre.
El capitán Haven era lento. Y excedía su equilibrio.
Y aunque fuera más corpulento, tuviera el brazo más largo y puede que incluso fuera más fuerte, Brashen sabía que podría con él y sin demasiados problemas.
En el instante que tardó en preguntarse si tendría que pelearse con él sonó una voz femenina procedente de la puerta.
—¡Kyle! ¡Brashen! —A despecho de la edad y el pesar que le cargaban la voz, o quizás a causa de ello, Ronica Vestrit sonó como si fuera una madre regañando a dos niños revoltosos—.
¡Parad! ¡Parad ahora mismo! —La anciana, con el cabello recogido en una trenza para dormir, estaba agarrada a la jamba de la puerta—. ¿Qué pasa aquí? Exijo saber qué ocurre.
—Este hijo de puerca… —comenzó Kyle, pero la voz baja y ecuánime de Althea se impuso a su ofuscación. Tenía la voz ronca a causa del llanto, pero aparte de eso estaba muy controlada:
—Estaba desconsolada. Bebí demasiado. Me topé con Brashen Trell en una taberna e insistió en traerme a casa.
Y eso es todo lo que había pasado o iba a pasar, antes de que Kyle llegara aquí hecho una furia y empezara a insultarnos.
—Althea levantó la cabeza y fulminó a Kyle con la mirada, retándolo a contradecirla.
—Es verdad —añadió Brashen al tiempo que Kyle protestaba:
—¡Pero… si es que… mírala, no hay más que verla!
No se llegó a saber a quién creía Ronica Vestrit. Algo del acero por el que era conocida destelló en ella cuando soltó:
—Kyle y Althea, acostaos. Brashen, vete a casa.
Ahora mismo estoy demasiado cansada y afligida para lidiar con todo esto.
—Cuando Kyle abrió la boca para rechistar, la mujer añadió en tono acomodaticio—: Ya habrá tiempo mañana, Kyle.
Si despertamos a los criados, chismorrearán sobre este escándalo por todo el mercado.
No me cabe duda de que ya hay alguno escuchando tras la puerta.
Acabemos cuanto antes. Que los asuntos de la familia permanezcan entre estas paredes.
Eso era lo que siempre decía Ephron. —Se volvió hacia Brashen—.
Buenas noches, joven —lo despidió, y él estuvo encantado de huir.
Ni siquiera dijo adiós ni buenas noches, sino que se adentró en la noche a zancadas.
Cuando oyó que la puerta se cerraba a su espalda, sintió como si se hubiera cerrado sobre un capítulo de su vida.