Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 08 #4
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El silencio había crecido entre ellos hasta conseguir que la mano de Althea en su brazo se convirtiera en una proximidad incómoda. Cuando Brashen habló de nuevo, fue para conjurar esa impresión más que por necesidad:

—Bueno, ha llegado al mundo bastante deprisa —comentó en voz alta mientras pasaban por delante de la tienda de Ámbar.

Cabeceó en dirección a un escaparate en la esquina de la calle de los Territorios Pluviales, donde Ámbar en persona estaba sentada en la ventana tras un caro juego de vidrio de Yicca.

Los cristales eran tan límpidos como el agua y estaban montados en marcos elaboradamente tallados y dorados.

Hacían que la mujer del escaparate pareciera una obra de arte enmarcada.

La silla de cestería donde estaba reclinada era de mimbre.

Vestía un largo vestido marrón que le caía de los hombros; disimulaba más que realzaba su delgada figura.

Las ventanas de su tienda no tenían postigos ni barrotes; no había guardias afuera.

Quizás Ámbar confiara en su propia y extraña presencia para detectar a los ladrones.

Un quinqué solitario ardía en el suelo junto a ella con una cálida luz amarilla.

El marrón intenso de su vestido destacaba el oro de su piel, su cabello y sus ojos.

Sus pies descalzos asomaban bajo el dobladillo de sus largas faldas.

Contemplaba la calle con la mirada fija y despierta de un gato.

Althea se detuvo para corresponder a esa mirada. Se meció sobre los pies y, sin pensar, Brashen le rodeó los hombros con un brazo para estabilizarla.

—¿Qué vende? —se preguntó Althea en voz alta.

Brashen hizo una mueca, convencido de que la mujer tras el cristal había oído sus palabras, pero la expresión de Ámbar no se alteró ni abandonó su impasible contemplación de la desgreñada muchacha en la calle.

Althea cerró los ojos y volvió a abrirlos de par en par, como si así pudiera cambiar el panorama—.

Es como si estuviera tallada en madera. En arce dorado.

La mujer detrás del cristal podía oír sus palabras, pues Brashen vio que una pequeña sonrisa empezaba a formarse en sus labios esculpidos.

Pero cuando Althea añadió lastimeramente: «Me recuerda a mi barco.

Adorable Vivacia , con todos los colores de la vida sobre el sedoso grano del tronconjuro», el semblante de Ámbar reflejó una extrema repugnancia.

Brashen, sin estar del todo seguro de por qué ese patricio desdén le alarmaba tanto, tomó a Althea del codo y la instó a dejar atrás el escaparate y seguir avanzando por la calle poco iluminada.

En el siguiente cruce, le permitió aminorar el paso. A esas alturas, Althea ya cojeaba y Brashen se acordó de sus pies descalzos y del basto entarimado de la acera. Althea no hizo mención alguna al respecto, sino que se limitó a preguntar de nuevo:

—¿Qué vende ahí? No es uno de los mercaderes del Mitonar que tienen tratos con los Territorios Pluviales; solo las familias de las naos redivivas pueden remontar el Pluvia. Entonces, ¿quién es y por qué tiene una tienda en la calle de los Territorios Pluviales?

Brashen se encogió de hombros.

—Llegó hará cosa de un par de años. Montó una tiendecita frente a la Plaza de Retales y Jaretas.

Hacía cuentas de madera y las vendía. Nada más.

Tan solo cuentas de madera, muy bonitas.

Un montón de gente las compraba para que sus niños las engarzaran.

El año pasado se trasladó a un emplazamiento mejor y empezó a vender, en fin, joyas. Solo que todas están hechas de madera.

—¿Joyas de madera? —se burló Althea. Sonaba mucho más a sí misma y Brashen sospechó que el paseo estaba despejándola. Bien. Igual tenía la sensatez de adecentarse antes de entrar descalza en casa de su padre.

—Lo mismo pensé yo hasta que lo vi. Jamás había conocido ningún artesano que supiera sacarle tanto partido a la madera.

Trabaja con los pequeños trocitos nudosos y les saca caras, animales y flores exóticas.

A veces incrusta piezas. Pero no se trata tanto de la madera que elige como del talento con que la trabaja.

Tiene un ojo extraordinario para ver lo que hay que hacer con un trozo de madera.

—Ya. ¿Trabaja el tronconjuro, entonces? —preguntó Althea con osadía.

—¡Fa! —exclamó Brashen, disgustado—. ¡Sería nueva, pero conoce nuestras costumbres lo bastante bien como para saber que no toleraríamos algo así! No, emplea solo madera corriente. Cerezo y roble y no sé qué más, de todos los colores y texturas…

—En el Mitonar hay muchas más personas que trabajan con tronconjuro de las que estarían dispuestas a confesarlo —observó sombría Althea. Se rascó la barriga—. Es un negocio turbio, pero si quieres una pieza tallada y tienes el dinero, puede ser tuya.

Su tono, de repente sombrío, hizo que Brashen se pusiera nervioso. Intentó animar la conversación:

—Bueno, ¿no es eso lo que dicen todos del Mitonar? ¿Que, si alguien es capaz de imaginar algo, podrá encontrarlo a la venta aquí?

Althea le dirigió una sonrisa traviesa.

—También habrás oído la réplica a eso, ¿no? Que nadie es capaz de imaginarse lo que es ser feliz, y por eso aquí la felicidad no está a la venta.

La repentina negrura de su humor dejó sin habla a Brashen.

El silencio consiguiente parecía estar afinado con el frescor de la noche estival.

Mientras dejaban atrás las calles de los mercaderes y los comerciantes y seguían las sinuosas carreteras hasta las secciones residenciales del Mitonar, la noche se oscureció a su alrededor.

Las lámparas estaban más espaciadas entre sí y colocadas lejos de la carretera.

Los perros los amenazaban con sus ladridos desde patios rodeados de verjas o setos.

Aquí las carreteras eran más abruptas, las únicas aceras eran de grava y, cuando Brashen pensaba en los pies descalzos de Althea, torcía el gesto, compadeciéndola. Pero la muchacha ni lo mencionó.

En el silencio y la oscuridad, la pena por su difunto capitán encontró un hueco donde crecer.

Más de una vez parpadeó para aliviar el escozor de las lágrimas.

Muerto. El capitán Vestrit estaba muerto, y con él la segunda oportunidad de Brashen de salir adelante.

Debería haber aprovechado mejor todo lo que le había ofrecido el viejo mercader mientras aún vivía.

Nunca debería haber asumido que la mano que le tendía el hombre estaría siempre disponible.

En fin, ahora tendría que buscarse su tercera oportunidad.

Miró de reojo a la muchacha que pendía aún de su brazo.

También ella debería buscar ahora su propio camino.

O eso o aceptar la suerte que le reservaba su familia.

Sospechaba que encontrarían al joven hijo de una familia de mercaderes dispuesto a casarse con ella pese a su fama de juerguista.

Puede que su propio hermano, incluso. No creía que Cerwin fuera rival para la terquedad de Althea, pero la fortuna de los Trell encajaría bien con la de los Vestrit.

Se preguntó cómo haría frente la intrepidez de Althea al inflexible tradicionalismo de Cerwin.

Sonrió torvamente y se preguntó a cuál de los dos compadecería más.

Había estado antes en el hogar de los Vestrit, pero siempre había sido a la luz del día, con algún asunto relacionado con el barco que discutir con el capitán.

El paseo hasta la casa de Althea parecía mucho más largo de noche.

Dejaron atrás los distantes sonidos del mercado de noche.

Pasaron junto a setos de flores nocturnas que perfumaban el aire.

Una paz casi sobrecogedora se abatió sobre Brashen.

Hoy había sido el final de tantas cosas…

Una vez más, estaba solo y a la deriva, sin poder confiar en nadie más que en sí mismo.

Nada de obligaciones para mañana, nada de planes.

Ni tripulación que supervisar ni mercancías que descargar.

Una sola boca que alimentar, la suya. ¿De verdad estaba tan mal eso?

La mansión Vestrit se alzaba lejos de la carretera pública.

Los jardines y céspedes proporcionaban un hogar a multitud de ranas e insectos que se llamaban en la noche de verano.

Producían el único sonido aparte del crujido de sus botas mientras subían por el paseo de piedra.

Fue al plantarse ante la piedra blanca de la entrada, ante la puerta familiar donde a veces había aguardado permiso para entrar con algún asunto del barco, cuando sintió que el pesar volvía a constreñirle la garganta.

Nunca más, supuso. Esta sería la última vez que esperaba frente a esta puerta.

Transcurrido un momento, se percató de que Althea no le había soltado el brazo.

Aquí, lejos de las angostas calles y las tiendas, la luz de la luna pudo encontrarla por fin.

Tenía sucios los pies descalzos, su vestido estaba hecho un desastre.

Su cabello había escapado de la cinta con que se lo había recogido; la mitad, al menos.

De pronto, se soltó de su brazo, se enderezó y exhaló un hondo suspiro.

—Gracias por acompañarme a casa —dijo la muchacha, con voz tan ecuánime y formal como si la hubiera escoltado en un carruaje tras un festival de los mercaderes.

—De nada. —Como si las palabras hubieran despertado en el curtido marinero al muchacho gentil que su madre educó en su día, ensayó una reverencia.

A punto estuvo de llevarse su mano a los labios, pero el espectáculo de sus propios zapatos maltrechos y el deshilachado dobladillo de sus bastos pantalones de algodón le recordaron quién era ahora—.

¿Estarás bien? —medio preguntó, medio le dijo.

—Supongo que sí —contestó vagamente ella. Le dio la espalda y apoyó la mano en la perilla, tan solo para ver cómo la puerta ante ella se abría de sopetón.