Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 08 #3
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—Ahora vuelvo. Solo quiero ir a echar un vistazo al cuarto de Althea, para ver si ha regresado.

—Meneó la cabeza—. No me puedo creer que sea tan tonta.

Espero que no monte ningún espectáculo en el Mitonar esta noche.

Cuando va con una copa de más, es capaz de decir cualquier cosa.

Lo que menos falta nos hace ahora es un escándalo.

La familia debe dar una imagen de estabilidad y unidad hasta que tengamos estos problemas financieros bajo control.

Un exabrupto de Althea y a nuestros acreedores les podría entrar el pánico y pensar que deberían quitarnos lo que puedan ahora que todavía nos queda algo.

Ah, en fin. Basta de preocupaciones y congojas por esta noche. Procura dormir. Enseguida vuelvo.

Por un largo momento, Brashen temió que fuera a rechazar su ofrecimiento de acompañarla.

Althea se meció sobre los pies mientras lo evaluaba con ojos llorosos.

Le devolvió la mirada sin inmutarse. ¡Sa, qué imagen!

Se le había soltado el cabello y lo llevaba alborotado sobre la frente y los hombros.

Tenía la cara tiznada a causa del polvo acumulado durante el día y las lágrimas.

Solo su vestido la señalaba como una mujer de distinción, y su desastroso estado hacía que pareciera el atuendo despreciado por otra persona.

En estos instantes, pensó con amargura, parecía más una buscona con ganas de guerra que la orgullosa hija de una familia de mercaderes del Mitonar.

Si intentaba llegar a casa sola, le podría ocurrir cualquier cosa en la selva del mercado de noche.

Pero entonces Althea exhaló un fuerte suspiro.

—Sí —dijo, y con otro resoplido aceptó el brazo que le ofrecían.

Se apoyó en él con pesadez y Brashen se alegró de haberse deshecho de su bolsa de mar.

El tabernero que se la guardaba lo conocía bien, y se había despedido de varias moneditas para garantizar su seguridad.

No le hacía gracia pensar en las monedas añadidas que había gastado siguiéndola de taberna en taberna.

Más de las que se proponía, cierto, pero no tantas como se hubiera gastado una noche de fiesta en la ciudad.

Todavía estaba medio sobrio, reflexionó.

Esta había sido la noche de vuelta a casa más deprimente de toda su vida.

Bueno, ya casi había terminado. Lo único que tenía que hacer era llevarla a casa sana y salva, y luego las pocas horas que separaran las estrellas del amanecer serían suyas para pasarlas como quisiera.

Miró a ambos lados de la calle. Estaba mal iluminada, con antorchas muy separadas entre sí, y casi desierta a estas horas.

Los que todavía eran capaces de seguir bebiendo estaban dentro de las tabernas, y el resto de los vecinos de este barrio estaría inconsciente en alguna parte.

Así y todo, habría un puñado de pícaros al acecho en las inmediaciones, aguardando la última moneda de algún marinero borracho.

Haría bien en andar con cuidado, sobre todo en compañía de Althea.

—Por aquí —le dijo, e intentó conducirla a buen paso, pero la joven trastabilló casi de inmediato—. ¿Tan borracha estás? —preguntó enfadado antes de poder morderse la lengua.

—Sí —admitió ella con un pequeño eructo.

Se agachó tan de repente que Brashen pensó que iba a quedarse doblada por la mitad en la pasarela.

En vez de eso, Althea se arrancó primero una y luego otra zapatilla de tacón con cintas—.

Y estos condenados zapatos no me lo ponen más fácil.

—Se irguió y los tiró a la calle en penumbra.

Enderezándose, se volvió hacia él y le cogió el brazo con fuerza—. En marcha.

Caminaba mucho mejor descalza, eso tenía que admitirlo.

Sonrió para sí en la oscuridad. Incluso después de tantos años arreglándoselas por su cuenta, le quedaba un resquicio de encorsetado Trell en su interior.

Le había asaltado un estremecimiento de horror ante lo impropio de que la hija de un mercader se paseara descalza por la ciudad.

Bueno, dado su estado, dudaba que fuera eso lo primero que notara la gente.

Tampoco es que tuviera intención de llevarla así por el centro del mercado; se atendría a las calles menos transitadas y rezaría para no encontrarse con nadie que pudiera reconocerlos en la oscuridad.

Era lo menos que le debía a la memoria de Ephron Vestrit.

Pero al llegar a una intersección, Althea tiró de su brazo e intentó dirigirse hacia las iluminadas calles del mercado de noche.

—Tengo hambre —anunció, y parecía sorprendida y molesta, como si Brashen tuviera la culpa.

—Lástima. Estoy sin dinero —mintió él sucintamente, e intentó llevársela de allí. La joven lo miró con suspicacia.

—¿Ya te has bebido toda la paga? Por el culo de Sa, hombre, sabía que en tierra eras un borrachín, pero nunca pensé que pudieras quemar el dinero tan deprisa.

—Me lo he gastado en putas —soltó irritado, intentando adornar la historia.

Althea lo evaluó a la temblorosa luz de las antorchas.

—Sí. Serías capaz —confirmó para sí. Negó con la cabeza—. No hay nada que no harías, ¿verdad, Brashen?

—No mucho —convino con frialdad, decidido a concluir la conversación. Volvió a tirarla del brazo, pero ella seguía resistiéndose.

—Hay un montón de sitios donde me fiarán. Venga. Yo invito. —Había pasado de lo crítico a lo efusivo en un suspiro.

Brashen decidió optar por un ataque directo:

—Althea, estás borracha y hecha un desastre. No estás en condiciones de dejarte ver en ningún lugar público. Andando. Te llevo a casa.

La resistencia abandonó a la joven y Brashen la condujo dócilmente por la calle casi a oscuras.

Se encontraban en una zona de pequeños comercios, algunos de sórdida naturaleza, otros incapaces de pagar el elevado alquiler de un puesto en el mercado de noche.

Unas lámparas de luz mortecina alumbraban los que todavía estaban abiertos al público: salones de tatuajes, tiendas de incienso y droguerías, y los dedicados a satisfacer las apetencias más inusuales de la carne.

Brashen se alegró de que la afluencia de clientes fuera escasa esa noche.

Justo cuando pensaba que las penurias se habían terminado, Althea tomó una larga bocanada de aliento estremecido.

Comprendió que la joven estaba llorando, de todo menos en silencio.

—¿Qué te pasa? —le preguntó con cansancio.

—Ahora que mi padre ha muerto, nadie volverá a estar orgulloso de mí jamás. —Meneó la cabeza a ciegas y se enjugó los ojos con la manga. Su voz sonaba ahogada por la emoción cuando habló—: Con él era lo que podía hacer. Con todos los demás es cómo me presento, qué piensan los otros de mí.

—Has bebido demasiado —repuso él con voz queda.

Pretendía que sus palabras sonaran reconfortantes, decir que esas cosas solo le molestarían cuando estuviera ebria y tuviera las defensas bajas.

En vez de eso, sonó como otro reproche. Pero Althea se limitó a agachar la cabeza y lo siguió con docilidad, de modo que Brashen lo dejó correr.

Era indudable que no se le estaba dando nada bien hacer que se sintiera mejor, y francamente no estaba seguro de querer hacer ni tener la responsabilidad de conseguirlo.

Su familia la había condenado. ¿Acaso podía ella hablar con él y olvidar lo aislado de los suyos que estaba él?

Hacía meras semanas que ella misma se lo había echado a la cara.

No era justo por su parte esperar comprensión ahora que se habían torcido las cosas.

Habían caminado un trecho en silencio cuando la joven habló de nuevo:

—Brashen —musitó con voz seria—, voy a recuperar mi barco.

Él hizo un ruido falto de compromiso. No tenía sentido decirle que no iba a lograrlo.

—¿Me has oído?

—Sí. Te he oído.

—Bueno. ¿No vas a decir nada?

Brashen soltó una risita amarga.

—Cuando recuperes tu barco, espero volver a ser primer oficial.

—Hecho —respondió ella con grandilocuencia.

Brashen resopló.

—Si llego a saber que era tan fácil, hubiera pedido ser capitán.

—No. No, la capitana seré yo. Pero tú puedes ser primer oficial. A Vivacia le gustas. Cuando sea capitana, solo tendré a bordo personas que nos caigan bien a las dos.

—Gracias —dijo él con torpeza. Nunca se hubiera imaginado que le cayera bien a Althea. De una forma extraña, eso le conmovió. Al final le gustaba a la hija del capitán.

—¿Qué? —le preguntó ella con voz de borracha.

—Nada. Nada en absoluto.

Entraron en la calle de los mercaderes de los Territorios Pluviales.

Allí los almacenes estaban más engalanados, y todos salvo uno o dos habían cerrado ya para pasar la noche.

Los productos exóticos y caros que vendían estaban reservados para los muy acaudalados, no para los salvajes e impetuosos jóvenes que componían la principal clientela del mercado de noche.

Las altas ventanas de cristal tenían los postigos echados, y los vigilantes a sueldo, muy armados, deambulaban con paso firme cerca de las diversas tiendas.

Más de uno fulminó con la mirada a la pareja mientras Brashen y Althea bajaban por las aceras de tablas.

Los objetos tras las ventanas enrejadas estaban teñidos de la magia de los Territorios Pluviales.

A Brashen siempre le había parecido que esa calle poseía un cariz estremecedor y dulce al mismo tiempo.

Conseguía que se le pusiera a uno de punta el vello sobre la nuca, a la vez que le hacía un nudo de asombro en la garganta.

Incluso en plena noche, con las misteriosas mercancías del ingente comercio fluvial ocultas a los ojos, el aura de magia tremolaba glacial y argéntea en el aire nocturno.

Se preguntó si Althea lo sentiría y a punto estuvo de preguntárselo, solo que la pregunta parecía demasiado seria y, al mismo tiempo, demasiado inane como para formularla en voz alta.