08 #2
—Perdona, cariño, pero creo que lo decía como excusa para adoptar una postura paternal con ella.
Es una malcriada. Llevan mimándola desde que la conozco, y se nota.
Da siempre por sentado que se saldrá con la suya.
Eso la vuelve egoísta e irreverente con los demás.
Pero aún está a tiempo. Descubrir eso me supuso una conmoción como no te puedes imaginar.
De camino a casa, cuando perdí los estribos y le ordené que no saliera de su camarote el resto del viaje, jamás soñé que fuera a hacerme caso.
Estaba enfadado y le eché los perros para perderla de vista antes de que pudiera cometer una verdadera locura con ella.
Pero me obedeció. Y creo que por fin tuvo tiempo de darle vueltas a la cabeza durante su aislamiento.
Ya la viste cuando fondeamos. Callada y contrita.
Iba vestida como una dama cuando bajamos del barco, o por lo menos lo más parecido a una dama que cabría esperar de ella.
—Se interrumpió un momento. Meneó la cabeza, enmarañando sus rubios cabellos contra la almohada—.
Me quedé asombrado. No dejaba de esperar que intentara reanudar la discusión.
Y entonces me di cuenta de que esto era lo que llevaba esperando desde el principio: que alguien marcara los límites.
Que alguien se hiciera cargo de ella y la obligara a comportarse como sabe que debería.
Todo este tiempo, creo que solo intentaba ver hasta dónde podía llegar antes de que alguien le arriara las velas y echara el ancla.
—Carraspeó—. Yo respetaba a tu padre, ya lo sabes.
Pero, cuando se trataba de Althea, estaba…
ciego. Nunca le prohibía nada, nunca le dijo «no» realmente y se mostró inflexible.
Cuando yo me planté e hice eso, en fin, la diferencia era asombrosa.
Por supuesto, cuando bajó del barco y dejé de estar al mando, volvió a desmadrarse un poco.
—Se encogió de hombros. —Por un momento imperó el silencio mientras Keffria y él pensaban en la joven y en su peculiar forma de ser.
Kyle inspiró hondo y expulsó el aire con pesadez—.
Antes pensaba que no tenía remedio. Que no iba a traernos más que disgustos y que acabaría mal.
Pero hoy, cuando nos vio unidos en lo que era mejor para la familia, no se opuso.
En el fondo, sabe que es lo mejor. El barco ha de ponerse al servicio de la familia entera.
Eres la mayor: es justo y necesario que heredes la fortuna de la familia.
Además, tienes hijos de los que ocuparte, y la nave hará que eso sea posible.
¿De quién tiene que cuidar Althea? En fin, solo de sí misma, y creo que podemos encargarnos nosotros de que ella nunca pase hambre o le falte ropa y un techo.
Si la situación fuera la contraria y el barco hubiera caído en sus manos, habría sacado la Vivacia del puerto sin mirar atrás, y lo más probable es que hubiera nombrado capitán a ese ganapán de Brashen.
—Se desperezó, pero no lo bastante como para separarse de Keffria.
Su brazo la rodeó, la apretó contra sí—.
No, Keffria, no creo que debas preguntarte si lo que hicimos hoy ha sido para bien.
Sabemos que vamos a cuidar de Althea y también vamos a sacar a tu madre de sus apuros económicos.
¿Podrías decir sin temor a equivocarte que Althea se ocuparía de tu madre, por no hablar de nosotros y los niños?
Creo que, próximo a su final, tu padre comprendió lo acertado de legarte el barco, por difícil que le resultara herir los sentimientos de su favorita.
Keffria exhaló un hondo suspiro y se acurrucó pegada a él.
Hasta la última de sus palabras destilaba sensatez.
Ese era uno de los motivos por el que se había casado con él; su capacidad para ver las situaciones con tanta claridad y lógica la habían hecho sentir muy segura.
Esa era una de las cosas que había tenido claro cuando se casaron; que no quería pasarse la vida amarrada a un hombre tan impulsivo y caprichoso como su padre.
Había visto cómo le había ido a su madre, cómo la había avejentado más allá de su edad natural.
Otras matriarcas mercaderes llevaban vidas plácidas, cuidando de sus rosales y sus nietos, en tanto su madre había tenido que levantarse cada día para asumir la carga de decisiones y trabajo propia de un hombre.
No se trataba solo de las cuentas y la laboriosa redacción de acuerdos con otros mercaderes.
No pocas veces su madre había salido a recorrer los campos a caballo para comprobar si lo que le decían sus supervisores era verdad.
Desde que Keffria tenía memoria, había detestado la recogida de mafe.
Cuando era pequeña, lo único que sabía era que eso significaba que su madre ya se había ido cuando ella se despertaba, y que quizá la vería una hora antes de irse a la cama o ni eso.
Al hacerse mayor, hubo años en que su madre la había arrastrado a los campos abrasadores y las largas hileras de espinosos arbustos de color verde oscuro, cargados de granos maduros.
La había obligado a aprender cómo se recogían los granos, qué aspecto tenían las plagas que los perjudicaban y qué arbustos enfermos se debían arrancar y quemar, y cuáles debían ser infatigablemente regados con un fuerte té hecho de mantillo de hojas y estiércol de caballo.
Keffria lo detestaba. En cuanto fue lo bastante mayor como para preocuparse de su piel y su cabello, se rebeló y se negó a seguir dejando que la atormentaran.
Eso, recordó, había sido el mismo año que decidió que jamás se casaría con un hombre capaz de hacerse a la mar y dejarla cargada con esas preocupaciones.
Encontraría a alguien que estuviera dispuesto a representar el papel de hombre, a cuidar de ella y mantenerla a salvo y defender su puerta de todos los problemas y las preocupaciones.
—Y luego voy y me caso con un marinero —dijo en voz alta. La calidez de su voz convertía la frase en un cumplido.
—¿Um? —La somnolienta pregunta brotó de lo hondo del pecho de Kyle.
Keffria apoyó una mano en su palidez a la luz de la luna, se regodeó en el contraste de su piel de oliva contra la blancura de él.
—Tan solo desearía que no pasaras tanto tiempo fuera —aclaró con suavidad—. Ahora que papá ha muerto, tú eres el hombre de la casa. Si no estás cerca…
—Lo sé —musitó él—. He pensado en eso, me he preocupado por eso. ¿Por qué crees si no que debo insistir en llevarme a Wintrow a bordo conmigo? Ya es hora de que apoye a su familia como un hombre y asuma su responsabilidad.
—Pero… su sacerdocio… —objetó Keffria con un hilo de voz. Le costaba mucho discutir con su marido, pero en este caso él siempre le había dejado salirse con la suya. Apenas se hacía a la idea de que esta vez fuera a ser distinto.
—Ya sabes que nunca aprobé esa tontería —dijo él en voz baja como si respondiera a su pensamiento—.
Ofrecer nuestro primogénito al servicio de Sa…
, eso está bien para los ricachones de Jamaillia.
Así alardean de sus dineros, renunciando al trabajo de un hijo como si nada.
Para nosotros es distinto, cariño. Pero sabía que tú lo querías e intenté dejar que te salieras con la tuya.
Enviamos al chico al monasterio. Y si tu padre hubiera vivido otro puñado de años, se lo podrían haber quedado.
Pero no ha sido así. Selden es demasiado joven para navegar.
La verdad, simple y llana, es que esta familia necesita a Wintrow mucho más que ese monasterio perdido en Jamaillia.
Sa proveerá, como siempre dices. Míralo de esta manera: hace trece años, nos proveyó de un hijo. Y ahora nos hace falta.
—Pero se lo prometimos —protestó débilmente su esposa.
Sentía un tormento en las entrañas. Había significado mucho para ella que Wintrow se hiciera sacerdote, que se consagrara a Sa.
No se aceptaba a todos los muchachos que lo solicitaban.
Algunos les eran devueltos a sus padres con unas palabras de agradecimiento del monasterio y una amable carta donde se les explicaba que sus hijos no resultaban adecuados para el sacerdocio.
A Wintrow no le habían enviado de vuelta.
No, lo habían atesorado desde el primer momento, había obtenido enseguida su hábito marrón de novicio, transferido del apartado monasterio de Kall al de Kelpiton, en la península de Calabacín.
Los sacerdotes no solían enviar informes a menudo, pero los que le habían llegado eran exultantes.
Los conservaba sujetos con sus cintas doradas originales, en el arcón donde guardaba la ropa.
—Tú se lo prometiste —señaló Kyle—. No yo. Va. Deja que me levante. —Se desembarazó de su abrazo y de las sábanas para incorporarse. Su cuerpo parecía tallado en marfil a la luz de la luna. Tanteó al pie de la cama en busca de su camisón y se lo puso por la cabeza.
—¿Adónde vas? —preguntó ella con voz queda. Sabía que su comentario lo había contrariado, pero nunca había abandonado la cama para irse a dormir a otro sitio.
Qué bien la conocía. Como si presintiera su preocupación, alargó un brazo para apartarle el pelo de la cara.