08
Conversaciones de alcoba
Su madre se desmoronó en cuanto cruzaron la puerta; las rodillas se le doblaron sin más.
Kyle se quedó negando con la cabeza, de modo que Keffria condujo a su madre a la cama.
El dormitorio que durante tanto tiempo había compartido con su marido era ahora una cámara de enfermedad y agonía.
En vez de dejar a su madre en el catre donde había pasado tantas noches en vela, Keffria encargó a Rache que dispusiera un cuarto de invitados para ella.
Se sentó con ella hasta que la cama estuvo lista y la criada hubo tendido en ella a su impasible madre.
A continuación fue a ver qué le ocurría a Selden.
Estaba llorando. Quería a su madre y Malta le había dicho que estaba atareada, demasiado para ocuparse de un niño lloroso.
Lo había dejado sentado al borde de la cama, sin llamar siquiera a un sirviente para que se hiciera cargo de él.
Por un instante, Keffria se enfadó con su hija; luego se recordó que también Malta era poco más que una chiquilla.
No era razonable esperar que una criatura de doce años cuidara de su hermano de siete tras una jornada como la que habían tenido.
De modo que consoló al pequeño, le puso el camisón y se quedó con él hasta que se le cerraron los ojos.
Cuando lo dejó por fin para buscar su propia cama, estaba segura de que las demás almas de la casa ya se habían ido a dormir.
Mientras recorría los familiares pasillos, la danzarina luz de la vela le trajo a la mente fantasmas y espíritus.
Se preguntó si no moraría aún el ánima de su padre en las cámaras donde durante tanto tiempo había padecido.
Un escalofrío se paseó por su espalda, erizándole el vello sobre la nuca.
Al instante se amonestó a sí misma. El ánima de su padre era ahora una con la nave.
Y aunque todavía estuviera aquí, no albergaría malas intenciones contra ella.
Aun así, se alegró de entrar sin hacer ruido en el cuarto donde Kyle se había acostado ya.
Sopló la vela para no molestarlo y se desnudó a oscuras, dejando que las ropas cayeran al suelo de cualquier manera.
Encontró el camisón que le había preparado la nana y se embutió en su frescor.
Entonces por fin, al fin, la cama. Apartó la manta y la sábana y se acostó junto a su marido.
Kyle abrió los brazos para acogerla entre ellos.
No se había dormido sin ella, sino que la había estado esperando.
Pese a lo largo que había sido el día, pese a lo agotada y apesadumbrada que estaba, eso la alegró.
Keffria sintió como si el contacto de Kyle deshiciera los nudos de dolor que llevaban días estrangulándola.
Él se limitó a estrecharla contra sí. Le acarició el cabello y le frotó el cuello hasta que se relajó entre sus brazos.
Luego le hizo el amor, simple y suavemente, sin palabras, mientras la luz de la luna se derramaba en su dormitorio procedente de las altas ventanas.
La luna de esta noche de verano era tan radiante que casi prestaba colores a todo cuanto tocaba; las sábanas en tonos crema del lecho, el marfileño cabello de Kyle, su piel con dos tintes de oro apagado allí donde el sol lo había y no lo había bronceado.
Después, al ovillarse junto a él y apoyar la cabeza en su hombro, todo fue silencio.
Escuchó los latidos del corazón de su esposo y el correr del aire en su pecho y lo agradeció, como agradecía su calor.
Se sintió de pronto egoísta e irreflexiva por poder poseer todo esto y disfrutarlo el mismo día en que su madre había perdido a su padre y, con él, toda posibilidad de proximidad física y este tipo de comunión.
Relajada y atemperada a causa del acto sexual, esa pérdida se le antojó demasiado terrible como para existir en ningún mundo.
No se apartó de Kyle, sino que se acercó más a él mientras la garganta se le constreñía dolorosamente y una solitaria lágrima abrasadora caía por el tobogán de su mejilla hasta aterrizar en su hombro desnudo. Kyle la tocó, y luego su cara.
—No —le dijo con suavidad—. No lo hagas. Hoy ha habido lágrimas de sobra y no pocos lamentos. Olvídate de todo, por ahora. No dejes que haya nada ni nadie más en esta cama aparte de nosotros dos.
A Keffria se le cortó el aliento.
—Lo intentaré. Pero la pérdida de mi madre… Acabo de comprender lo que ha perdido. Todo esto. —Su mano libre lo acarició a lo largo, desde el hombro hasta el muslo, antes de que él la prendiera y se la acercara a los labios para darle un beso.
—Lo sé. Yo también he pensado en eso mientras te tocaba. Me preguntaba si habría alguna vez en que no volvería contigo y en lo que harías…
—¡No menciones siquiera esa idea! —rogó ella.
Apoyó la palma en su mentón y giró el rostro hacia ella a la luz de la luna—.
Todavía no sé si hemos hecho bien —declaró de improviso con voz alterada—.
Sé que lo habíamos hablado, que todos estábamos de acuerdo en que sería para bien, que nos protegería a todos.
Pero la cara que puso cuando planté la mano en la estaquilla…
y la forma en que se marchó luego… Jamás hubiera creído posible que Althea hiciera algo así, irse del funeral.
Pensé que lo quería demasiado como para eso…
—Umh. —Kyle lo sopesó—. Yo tampoco me lo esperaba.
Pensé que querría a su barco demasiado como para hacer algo así, ya que no a su padre.
Anticipaba una verdadera batalla con ella, y no me alegré poco cuando se rindió sin más.
Estaba convencido de que toda la ceremonia fúnebre sería una sucesión de encontronazos con ella.
Eso nos lo ha ahorrado, al menos. Aunque confieso que me preocupa su paradero.
Con lo joven que es, debería estar en casa la noche de la muerte de su padre y no de jarana por un puerto tan salvaje como el del Mitonar.
—Hizo una pausa antes de añadir casi con cautela—: Ya sabes que no puedo dejar que se salga con la suya.
Hay que reñirla; alguien debe pararle los pies antes de que se eche a perder.
—Papá siempre decía que Althea era más obediente cuanto menos se le intentara imponer —aventuró Keffria—. Que había que darle libertad para que pudiera cometer sus propios errores, puesto que solo de ellos aprendía.
Kyle soltó un bufido de desdén.