Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 07 #5
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Abrió los ojos de par en par como si eso pudiera despejarle la cabeza y miró a su alrededor.

Se le antojaba erróneo que los clientes de esta taberna no compartieran en nada su desdicha.

A todos los efectos, esta franja del Mitonar ni siquiera se había enterado de la muerte de Ephron Vestrit.

Aquí estaban, teniendo las mismas conversaciones de los dos últimos años: los recién llegados estaban arruinando el Mitonar; el delegado del sátrapa no solo estaba excediéndose en sus funciones al inventar nuevos impuestos, sino que aceptaba sobornos para hacer la vista gorda con los barcos de esclavos que había en el puerto; los chalazos iban a exigir al sátrapa que el Mitonar rebajara sus impuestos sobre las aguas y el sátrapa accedería por las placenteras hierbas que tan gentilmente le enviaban desde Chalaza.

Las mismas cuitas de siempre, se dijo Althea, pero pocos tenían agallas para plantarse y hacer algo al respecto.

La última vez que había asistido al Consejo de Antiguos Mercaderes con su padre, este se había levantado y les había pedido que lo ilegalizaran todo sin más.

«El Mitonar es nuestra ciudad —les había dicho con determinación—, no la del sátrapa.

Todos deberíamos contribuir a nuestra patrulla marítima y denegar a los barcos de esclavos el acceso a nuestro puerto.

Echemos también para atrás las mercancías de cereales de Chalaza, si no quieren pagar un impuesto para recalar y aprovisionarse aquí.

Que repongan suministros en otra parte, por qué no en cualquiera de las ciudades piratas, a ver si allí reciben un trato mejor».

Un rugido de consternación había acogido sus palabras, compuesto tanto de conmoción como de aprobación, pero cuando llegó la hora de votar, el consejo no se decidió.

«Espera un par de años —le había dicho su padre cuando se iban—.

Ese es el tiempo que necesita una idea para arraigar aquí.

Esta noche, la mayoría de ellos sabe que tengo razón.

Es solo que no quieren afrontar lo que debe hacerse, que debe haber enfrentamientos si el Mitonar quiere seguir siendo del Mitonar y no del sur de Chalaza.

Por el sudor de Sa, esos condenados chalazos amenazan ya nuestra frontera con el norte.

Si lo ignoramos, entrarán aquí por otros medios: esclavos con la cara tatuada trabajando en los campos del Mitonar, mujeres casadas a los doce años, todas las características de su corrupción.

Si permitimos que eso ocurra, nos destruirá.

Y en el fondo, todos los viejos mercaderes lo saben.

Dentro de un par de años, volveré a promover esta idea y de repente todos estarán de acuerdo conmigo. Ya lo verás».

Pero no iba a hacerlo. Su padre se había ido para siempre. El Mitonar era una ciudad más pobre y débil que entonces, y ni siquiera se daba cuenta.

Volvieron a anegársele los ojos de lágrimas.

Volvió a enjugárselas con el puño de la manga.

Ambos puños estaban empapados, y no dudaba que su rostro y su cabello eran un desastre.

Keffria y su madre se escandalizarían si la vieran ahora.

Bueno, que se escandalizaran. Si era un desastre, ellas eran peores.

Ella había actuado por impulso al correrse esta juerga, pero ellas habían planeado y maquinado, no solo contra ella, sino contra el barco de la familia.

Deberían comprender lo que significaba que hubieran entregado a Vivacia a Kyle, un hombre que ni siquiera estaba relacionado con ella por la sangre.

Un diminuto y helado reguero de duda la recorrió de improviso.

Pero su madre no había nacido siendo una Vestrit.

Había llegado a la familia por el matrimonio, igual que Kyle.

Quizá, como él, sus sentimientos por el barco fueran fingidos.

No. No podía ser, no tras tantos años con su padre.

Althea prohibió al pensamiento entrañar verdad alguna.

Ambos debían de saber lo que significaba Vivacia para su familia.

Y sin duda todo esto no era más que una extraña y horrenda, aunque temporal, venganza contra ella.

¿Por qué? No estaba segura; quizá por querer a su padre más de lo que quería a ningún otro miembro de la familia.

Brotaron nuevas lágrimas. No importaba, nada importaba.

Tendrían que cambiar de opinión, tendrían que devolverle el barco.

Aunque, se dijo con severidad, aunque eso significara servir a las órdenes de Kyle.

Por mucho que detestara la idea, de pronto la abrazó.

Sí. Eso era lo que querían. Una garantía de que los asuntos del barco se llevarían a cabo tal y como él y ellas consideraran oportuno.

Bueno, llegados a este punto, nada de eso le importaba.

Kyle podía traficar cuanto quisiera con sus huevos en escabeche y sus tintes con tal de que ella pudiera estar a bordo de Vivacia y formar parte de ella.

Althea se enderezó en su silla. Exhaló un inmenso suspiro de alivio, como si hubiera llegado a una conclusión.

Pero nada había cambiado, se dijo. Un momento después, también eso lo negó.

Pues algo había cambiado, y drásticamente.

Había descubierto que estaba mucho más dispuesta a humillarse de lo que hubiera creído posible, que haría casi cualquier cosa con tal de quedarse a bordo de la Vivacia . Cualquier cosa.

Miró discretamente alrededor y soltó un quejido suave, desolada.

Había bebido demasiado y había derramado demasiadas lágrimas.

Le dolía la cabeza y ni siquiera sabía con certeza en qué refugio de marineros se encontraba.

En uno de los más sórdidos, eso estaba claro.

Un hombre había perdido el conocimiento y había resbalado desde su asiento hasta el suelo.

Eso no era algo insólito, pero por lo general siempre había alguien encargado de quitarlos de en medio.

Los posaderos más amables los dejaban roncando junto a la puerta, mientras que los más desalmados los dejaban tirados en alguna callejuela para que los encontraran los reclutadores forzosos.

Se rumoreaba que algunos taberneros traficaban incluso con los reclutadores, pero Althea siempre lo había dudado.

No en el Mitonar. En otros puertos marítimos, sí, estaba segura de ello, pero en el Mitonar no.

Se levantó tambaleándose. El encaje de sus faldas se enganchó con la basta madera de la pata de la mesa.

Soltó la tela de un tirón, sin importarle que se desgarrara y quedara colgando.

De todos modos, jamás volvería a ponerse ese vestido; como si quedaba reducido a harapos, le daba igual.

Sorbió por la nariz y se frotó los fatigados ojos con las manos.

A casa y a la cama. Mañana, de un modo u otro, le haría frente a todo y lo solucionaría.

Pero esta noche no. Sa bendito, esta noche no; que estuvieran todos dormidos cuando llegara a casa, rezó.

Se encaminó hacia la puerta, pero tuvo que sortear al marinero beodo que estaba tendido en el suelo.

El suelo de madera pareció combarse bajo ella, o puede que todavía no se hubiera acostumbrado a pisar tierra firme.

Dio una zancada más larga para compensar, estuvo a punto de caerse y no se recuperó hasta asirse a la jamba de la puerta.

Oyó que alguien se reía de ella, pero no estaba dispuesta a sacrificar su dignidad para girarse y descubrir quién.

En vez de eso, empujó la puerta y salió a la noche.

La oscuridad y el frío resultaban desorientadores y bienvenidos.

Se detuvo un momento en el paseo de madera que había frente a la taberna e inhaló hondo varias veces.

A la tercera, se le ocurrió de repente que podría estar mareada.

Se agarró a la barandilla y se quedó quieta, respirando más despacio y con los ojos desorbitados hasta que la calle dejó de columpiarse.

La puerta chirrió a su espalda al abrirse y regurgitó otro cliente.

Althea se giró despacio para tenerlo a la vista.

A la tenue luz, tardó un momento en reconocerlo.

—Brashen —le saludó.

—Althea —respondió él, dubitativo. Remiso, añadió—: ¿Te encuentras bien?

Althea se quedó allí, en la calle, mirándolo.

—Quiero volver con Vivacia . —En cuanto hubo pronunciado impulsivamente aquella idea, supo que era algo que tenía que hacer—. Tengo que ver la nave esta noche. Tengo que hablar con ella, explicarle por qué me fui.

—Mañana —sugirió Brashen—. Cuando hayas dormido y estés sobria. No querrás que te vea en este estado, ¿verdad? —Althea percibió la nota de astucia en su voz cuando añadió—: Eso no la complacería, como no habría complacido a tu padre.

—No. Lo comprendería. Así de bien nos conocemos. Ella comprendería todo lo que yo hiciera.

—En ese caso, comprendería también que fueras por la mañana, sobria y aseada —señaló razonablemente Brashen. Parecía muy cansado. Tras un momento de silencio, le ofreció su brazo—. Vamos. Te acompañaré a casa.