07 #4
Wintrow ni siquiera se molestó en responder a la amenazadora provocación.
En el momento de decidir que no iba a seguir discutiendo, había renunciado a toda implicación emocional en la situación.
Había retraído su ánima en su interior, tal y como le habían enseñado a hacer, despojándola de rabia e irritación en el proceso.
No es que estas emociones fueran indebidas ni inapropiadas; era solo que volcarlas sobre ese hombre sería un desperdicio.
Borró de su mente toda reacción frente a la manta sucia.
Cuando llegó a la cubierta de proa, había recuperado no solo la calma, sino su entereza.
Se apoyó en la barandilla y contempló las aguas.
Había otros barcos anclados en el puerto.
Las luces brillaban amarillas en estos veleros.
Los examinó. Su propia ignorancia lo sorprendió.
Las embarcaciones eran objetos extraños para él, el hijo de tantas generaciones de mercaderes y marineros.
Eran en su mayoría veleros mercantes, con algunos barcos pesqueros o mataderos.
Los mercantes tenían a popa forma de codaste en su mayoría, con castillos de popa que llegaban a veces hasta los palos mayores.
En cada velero había dos o tres palos tendidos hacia la luna creciente.
En la orilla, el mercado de noche estaba en pleno apogeo de luz y sonido.
Ahora que el calor del día se había disipado, fulguraban al raso las fogatas entre el siseo de carne goteante.
Una brisa errante transportaba la fragancia de la carne sazonada e incluso del pan cocido en los hornos al aire libre.
También el sonido se aventuraba con osadía sobre el agua en retazos aislados, una risa atiplada, un fragmento de canción, un chillido.
Las aguas inquietas capturaban las luces del mercado y los barcos y las convertía en ondulantes franjas de reflejos.
—Y aun así todo está en paz —dijo en voz alta Wintrow.
—Porque todo es como debe ser —respondió Vivacia . Su voz poseía el timbre de una mujer. Tenía la misma oscuridad aterciopelada que la noche, con el mismo matiz de humo. Un cálido placer se agolpó en Wintrow ante su sonido, y pura alegría. Tardó un momento en considerar su reacción.
—¿Qué eres? —inquirió con contenido asombro—. Cuando estoy lejos de ti, creo que debería temerte o al menos recelar de ti. Pero ahora estoy a bordo, y cuando oigo tu voz, es como…, como imagino que sería estar enamorado.
—¿De verdad? —preguntó Vivacia sin ocultar el timbre de placer en su voz—.
Entonces tus sentimientos son como los míos.
Llevaba tanto tiempo despertando…, años, toda la vida de tu padre y la del suyo, desde que tu bisabuela se entregó a mi custodia.
Hasta que hoy pude desperezarme, abrir los ojos al mundo, saborear y oler y oíros a todos con mis propios sentidos; entonces conocí el miedo.
¿Quiénes son, me pregunto, criaturas de carne y sangre y hueso, nacidas de sus propios cuerpos y condenadas a perecer cuando les falle esa carne?
Y cuando me pregunto esas cosas, temo, pues me son muy ajenas y no sé lo que haréis conmigo.
Pero, cuando alguno andáis cerca, siento que estáis tejidos con las mismas hebras que yo, que no somos sino extensiones de una vida segmentada y que juntos nos complementamos.
Me siento dichosa en tu presencia, porque siento que mi vida se ensancha cuando estamos próximos el uno al otro.
Wintrow se apoyó en la barandilla, tan inmóvil y callado como si estuviera escuchando las palabras de una poetisa bendita.
Vivacia no lo miraba; no le hacía falta mirarlo para verlo.
Al igual que él, escudriñaba más allá del puerto las luces festivas del mercado de noche.
«Hasta nuestros ojos contemplan la misma vista», pensó, y su sonrisa se ensanchó.
Pocas veces las palabras habían calado tanto en su interior y enterrado su verdad en él como raíces en tierra fértil.
Algunos de los mejores maestros del monasterio tenían la facultad de inspirarle este asombro, cuando desgranaban con palabras sencillas una verdad que hasta entonces había nadado dentro de él sin ser pronunciada.
Cuando las palabras de Vivacia se apagaron en la noche estival, respondió:
—Así podría una cuerda de arpa, al tocarse con fuerza, despertar a su gemela, o una nota de voz alta y pura estremecer el cristal como has despertado tú la verdad en mi interior.
—Se rio en voz alta, sorprendiéndose a sí mismo, pues sintió como si un ave, encerrada desde hacía tiempo en su pecho, hubiera emprendido el vuelo—.
Lo que dices es muy sencillo: que nos complementamos.
No se me ocurre ningún motivo por el que tus palabras debieran conmoverme de este modo. Pero lo hacen. Lo hacen.
—Algo está ocurriendo, aquí, esta noche. Lo siento.
—También yo. Pero no sé lo que es.
—Quieres decir que no tienes ningún nombre para ello. Ninguno podemos ignorar lo que es. Crecemos. Nos convertimos.
Wintrow se descubrió sonriendo a la noche.
—¿Nos convertimos en qué?
Vivacia se giró para mirarlo a la cara, con los cincelados planos de su faz de madera capturando el fulgor reflejado de las luces lejanas. Le sonrió, separando los labios para revelar unos dientes perfectos.
—Nos convertimos en nosotros —dijo sin más—. Nosotros, tal y como hemos de ser.
Althea nunca hubiera imaginado que la desgracia podía alcanzar la perfección.
Solo ahora, mientras contemplaba su vaso vacío, asimiló cuánto se había torcido su mundo.
Las cosas habían salido mal antes, se habían cometido errores, pero no era hasta hoy que había cometido una decisión estúpida tras otra cuando todo había salido tan mal como era posible.
Meneó la cabeza ante su propia necedad. Mientras jugueteaba con las últimas monedas que le quedaban en la bolsa aplastada, y sostenía luego en alto su vaso para que lo rellenaran, pasó revista a sus decisiones.
Había claudicado cuando debería haber luchado, luchado cuando tendría que haber claudicado.
Pero lo peor, lo peor de todo, había sido abandonar el barco.
Cuando bajó de la Vivacia antes incluso de que el cuerpo de su padre hubiera sido consignado a las olas, había cometido algo mucho peor que una estupidez o una equivocación.
Había cometido traición. Había vuelto la espalda a todo lo que le importaba.
Volvió a sacudir la cabeza. ¿Cómo podía haberlo hecho?
No solo había dejado el cadáver de su padre sin enterrar, sino que había abandonado el barco en manos de Kyle.
Él no la entendía, no tenía ni idea de lo que era o necesitaba una nao rediviva.
La desesperación le agarró el corazón y se lo estrujó.
Tras tantos años de espera, había abandonado a Vivacia en el día más crucial.
¿Qué mosca le había picado? ¿Dónde tenía la cabeza, dónde tenía el corazón para anteponer sus sentimientos a los del barco?
¿Qué hubiera dicho su padre ante eso? ¿Acaso no le había dicho siempre: «El barco es lo primero, todo lo demás es secundario»?
El tabernero apareció, tomó su moneda, la examinó y rellenó su vaso. Le dijo algo, con voz untuosa y falsamente solícita. Althea agitó el vaso repleto para despedirlo y a punto estuvo de derramar su contenido. Se apresuró a beber por miedo a desperdiciarlo.