07 #3
Allí habían dejado tirada una sola manta de tosca apariencia.
Conservaba el olor de quienquiera que la hubiese usado por última vez, y estaba o bien mal confeccionada o bien atiesada en algunos puntos a causa de la mugre.
Volvió a soltarla en la cubierta. Consideró la posibilidad de renunciar a ella; la noche de verano no era tan fría, puede que no le hiciera falta ninguna manta.
Pasaría por alto la afrenta; no se ocuparía de ninguno de ellos hasta mañana.
A continuación se agachó para recoger la manta del suelo.
No era esta la desgracia de una granizada temprana o la crecida de un río, azares de la naturaleza que se podían soportar con estoicismo.
Esta era la crueldad de los hombres, y no se esperaba de un sacerdote de Sa que la tolerara sin decir nada, tanto si esa crueldad era infligida sobre sí mismo como si lo hacía sobre otros.
Enderezó los hombros. Sabía cómo lo veían.
El hijo del capitán, un chaval, un redrojo, enviado a vivir en un monasterio para criarse creyendo en la bondad y la buena fe.
Sabía que había muchas personas que consideraban eso una debilidad, que veían a los sacerdotes y sacerdotisas de Sa como bobos asexuados que se pasaban la vida yendo de un lado a otro predicando que el mundo podía ser un lugar pacífico y hermoso.
Wintrow había visto la otra cara de la vida sacerdotal.
Había atendido a sacerdotes devueltos al monasterio, sacerdotes mutilados por la crueldad a la que se habían enfrentado o moribundos a causa de las pestes contraídas cuando cuidaban de otras víctimas.
Voz clara y mirada firme, se aconsejó. Se colgó la ofensiva manta de un brazo y encaminó sus pasos con cuidado hacia la cubierta de popa, donde ardía un farol solitario.
Había tres hombres sentados en el círculo de tenue luz, con un puñado de fichas diseminadas en el suelo.
Wintrow percibió el fuerte olor del alcohol barato y frunció el ceño.
La diminuta llama de enfado que ardía en su interior se avivó.
Como si lo poseyera el espíritu de su abuelo, irrumpió osadamente en el redondel de luz.
Tras tirar la manta al suelo, preguntó sin ambages:
—¿Desde cuándo bebe la guardia de noche a bordo del barco estando de servicio?
Se produjo un alejamiento general de él hasta que los tres vieron quién hablaba.
—Es el niño cura —se burló uno, y volvió a adoptar su postura despatarrada. Otro haz de ira destelló dentro de Wintrow.
—También es Wintrow Haven, del linaje de Vestrit, y a bordo de esta nave la guardia ni bebe ni juega. ¡La guardia vigila!
Los tres hombres se pusieron en pie con torpeza. Se encararon con él y todos eran más fornidos, con la endurecida musculatura propia de hombres hechos y derechos. Uno tuvo el detalle de parecer avergonzarse, pero los otros dos estaban demasiado ebrios como para mostrarse arrepentidos.
—¿Vigilar qué? —preguntó con insolencia un tipo de negra barba—. ¿Vigilar mientras Kyle se apropia del barco del viejo y reemplaza la tripulación por sus compinches? ¿Vigilar mientras todos los años que hemos trabajado y sido leales se van por la borda sin significar nada?
El segundo hombre tomó el relevo de la letanía del primero:
—¿Tenemos que vigilar mientras un Haven roba el barco que debería gobernar un Vestrit? Puede que Althea sea una zorrita presuntuosa, pero también es Vestrit hasta la médula. Debería ser ella la que capitaneara este barco, mujer o no.
Mil posibles respuestas se agolparon en la cabeza de Wintrow. Eligió la que mejor le pareció:
—Nada de eso tiene nada que ver con beber estando de guardia. Bonita manera de honrar la memoria de Ephron Vestrit.
La última frase pareció surtir más efecto sobre ellos que ninguna otra cosa. El hombre de aspecto compungido dio un paso al frente.
—Es a mí a quien han asignado la guardia y yo no estaba bebiendo. Ellos solo han venido a hacerme compañía y charlar.
Wintrow no supo qué contestar a eso, de modo que se limitó a asentir. Sus ojos se posaron entonces en la manta tirada y recordó el propósito original de su misión.
—¿Dónde está el segundo de a bordo? ¿Torg?
El de la barba negra resopló con desdén.
—Está demasiado ocupado trasladando sus cosas al camarote de Althea como para prestar atención a otros asuntos.
Wintrow asintió sucinto ante aquello y lo dejó correr sin hacer comentarios. No se dirigió a nadie en particular cuando añadió para la noche:
—Creo que no debería haber podido subir a bordo de Vivacia sin más, aunque estemos en nuestro puerto natal.
El vigilante lo observó con extrañeza.
—La nave ya está avivada. Daría la voz de alarma enseguida si subiera algún desconocido.
—¿Estás seguro de que ella sabe que eso es lo que tiene que hacer si un desconocido sube a bordo?
La expresión de incredulidad que lucía el vigilante se acrecentó.
—¿Cómo no iba a saberlo? Lo que supieran el capitán Vestrit y su padre y su abuela sobre la vida a bordo lo sabe ella también. —Miró a un lado y meneó la cabeza al añadir—: Pensaba que todos los Vestrit conocerían esa característica de las naos redivivas.
—Gracias —dijo Wintrow, ignorando el último comentario—. Iré en busca de Torg. Seguid con lo vuestro.
Se agachó y recogió la manta del suelo. Caminó con cuidado al salir del tenue círculo de luz, permitiendo que sus ojos se acostumbraran a la creciente oscuridad.
Encontró la puerta del camarote de Althea entreabierta, derramando luz sobre la cubierta.
Aquellas cajas que no se habían llevado ya estaban amontonadas de cualquiera manera en un rincón.
El oficial estaba absorto en la meticulosa colocación de sus efectos personales.
Wintrow llamó con fuerza a la puerta abierta e intentó no disfrutar del modo en que se sobresaltó Torg, casi con expresión de culpabilidad.
—¿Qué? —preguntó el hombre, volviéndose hacia él.
—Mi padre dijo que te ocuparas de buscarme una manta —murmuró Wintrow.
—Yo diría que ya tienes una. —Torg no logró ocultar una nota de diversión en su voz—. ¿O es que al niño cura le parece que no es lo bastante buena para él?
Wintrow dejó que la manta de la discordia cayera sobre la cubierta.
—Esta no me vale —dijo con calma—. Está sucia. Raída me daría igual, o con remiendos, pero nadie debería tener que soportar la mugre.
Torg le dedicó apenas una mirada de reojo.
—Si está sucia, lávala. —Fingió volver a colocar sus cosas.
Wintrow se negaba a dejarse amilanar.
—No hace falta que te diga que no hay tiempo para que seque la manta —observó con mansedumbre—. Lo único que te pido es que hagas lo que te ordenó mi padre. He venido a pasar la noche a bordo y necesito una manta.
—He hecho lo que dijo tu padre y ya tienes una. —El cruel regocijo en la voz de Torg estaba ahora menos velado. Wintrow se descubrió respondiendo a eso en vez de a las palabras del hombre:
—¿Por qué te divierte ser descortés? —preguntó con genuina curiosidad—. ¿Cómo podría suponerte más trabajo proporcionarme una manta limpia que darme un trapo sucio y obligarme a rogar por lo que necesito?
La franqueza de su pregunta tomó por sorpresa al oficial.
Se quedó mirando a Wintrow, sin habla. Como tantos hombres propensos a la crueldad indiferente, nunca se había parado a pensar en por qué se comportaba como lo hacía.
Le bastaba con saber que podía. Lo más probable es que ya fuera un pendenciero en su infancia, y lo sería hasta terminar sus días en un sudario de lona.
Por primera vez, Wintrow se fijó en el aspecto físico del hombre.
Su destino estaba escrito en grandes caracteres por todo su cuerpo.
Tenía los ojos redondos y pequeños, azules como los de un cerdo blanco.
La piel bajo la redondez de su barbilla ya empezaba a abolsarse.
El pañuelo que llevaba anudado al cuello era un rosario de manchas, y el cuello de su camisa a rayas blancas y azules mostraba una banda interior de color pardo.
No era la suciedad y el sudor del trabajo honrado, sino la mugre de la desidia.
El hombre no cuidaba su aseo. Se percibía ya en el modo en que sus posesiones yacían diseminadas por el camarote.
En cuestión de un par de noches, sería una hedionda leonera de prendas sin lavar y restos de comida.
En ese instante, Wintrow decidió abandonar la discusión.
Dormiría con lo puesto en la cubierta y estaría incómodo, pero sobreviviría.
A su juicio, no tenía sentido seguir riñendo con esta persona; jamás comprendería lo desagradable que le resultaba a Wintrow su sucia manta, ni lo insultante.
Se recriminó no haber prestado más atención al hombre; podría haberles ahorrado a los dos un montón de crispaciones sin sentido.
—No importa —dijo con indiferencia. Dio medio vuelta. Pestañeó unas cuantas veces para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y empezó a caminar. Oyó cómo se acercaba el oficial a la puerta del camarote para observarlo.
—Seguro que el cachorro se queja a su papito, no lo dudo —dijo Torg a su espalda, con socarronería—, pero creo que descubrirá que su padre espera que un hombre sea tan entero como para no lloriquear por unas cuantas manchas en su manta.
—Quizá, concedió Wintrow, eso fuera así.
No se molestaría en quejarse a su padre para comprobarlo.
No tenía sentido lamentarse por una noche de incomodidad.
Su silencio pareció molestar a Torg—. Crees que vas a meterme en un lío con tus lamentos, ¿verdad?
¡Bueno, pues te equivocas! Sé que tu padre no es de esos.