Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 07 #2
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07 #2

—No quiero estar sola. —Era una queja infantil, pero la voz era la de una joven insegura—. ¿Dónde está Althea? ¿Por qué no está aquí? Ella no me dejaría sola.

—El primer oficial dormirá a bordo, igual que la mitad de la tripulación. No estarás sola —respondió Kyle con fastidio. Wintrow recordaba ese tono de su infancia. Su corazón se decantó por la nao en contra de lo que le dictaba la sensatez.

—¡No es lo mismo! —exclamó el barco, al tiempo que Wintrow se oía decir:

—Podría quedarme yo a bordo si a ella le parece bien. Esta noche, al menos.

Su padre frunció el ceño como si hubiera contravenido alguna orden expresa, pero su abuela le apretó el brazo suavemente y le dedicó una sonrisa.

—La sangre lo dirá —musitó.

—El chico no puede quedarse —anunció Kyle—. Esta noche tengo que hablar con él.

—¿Esta noche? —preguntó Keffria, incrédula—. Oh, Kyle, esta noche no. Dejemos atrás esta noche. Todos estamos cansados y apesadumbrados.

—Había pensado que esta noche podríamos sentarnos todos juntos y hablar del futuro —señaló su marido, meditabundo—. Puede que estemos cansados y apesadumbrados, sí, pero el mañana no espera.

—Tanto si el mañana espera como si no, yo sí —atajó la discusión la abuela de Wintrow.

Había una sombra de imperiosidad en su voz y, por un momento, recordó más a la mujer que había conocido de niño.

Cuando su padre tomaba aliento para rechistar, añadió—: Y si Wintrow quisiera dormir a bordo y ofrecer a Vivacia todo el consuelo que pueda, me lo tomaría como un favor personal.

—Se volvió hacia el mascarón de proa y concluyó—: Pero antes me haría falta que me acompañara hasta el carruaje.

¿Estarás bien si te quedas sola, Vivacia , solo un momento?

Wintrow era vagamente consciente de la ansiedad con que había seguido su conversación el barco. Una radiante sonrisa afloró ahora a sus rasgos tallados.

—Estoy segura de que estaré bien, Ronica. Perfectamente. —Miró a Wintrow, zambulléndose tanto en sus ojos que lo sobresaltó—. Cuando vuelvas a bordo, ¿te importaría dormir aquí, en la cubierta de proa, donde pueda verte?

El joven, inseguro, miró a su padre. Parecían ser los dos únicos conscientes de que todavía no había dado su permiso para esto. Wintrow optó por la diplomacia:

—Si mi padre me lo permite —dijo con cautela. Todavía tenía que levantar la cabeza para mirar a su padre a los ojos, pero se obligó a hacerlo y a no apartar la vista.

Su padre fruncía aún el ceño, pero a Wintrow le pareció ver además un reticente respeto en los ojos del hombre.

—Te lo permito —dijo por fin, dejando claro a todo el mundo que consideraba esta decisión como propia.

Miró a su hijo de arriba abajo—. Cuando subas a bordo, preséntate ante Torg.

Él se ocupará de darte una manta. —Kyle miró de reojo del muchacho al expectante segundo de a bordo, que asintió ante la orden.

Su madre suspiró como si hubiera estado conteniendo el aliento.

—Bueno, si eso está zanjado, vayamos a casa. —Su voz se quebró en esa última palabra y por sus mejillas cayeron más lágrimas—. Oh, padre —murmuró, como si reprochara al difunto. Kyle le dio una palmada en la mano que reposaba sobre su brazo y la escoltó fuera del barco.

Wintrow los siguió más despacio con su abuela.

Sus hermanos pequeños los adelantaron con impaciencia y corrieron hacia el carruaje.

Su abuela se movía tan despacio que Wintrow pensó que debía de estar fatigada en exceso, hasta que empezó a hablar.

Comprendió entonces que se había rezagado a propósito para tener un momento de intimidad con él.

Su voz sonaba baja, destinada solo a sus oídos:

—Al comenzar el día, todo te parecía desconocido y extraño, Wintrow. Pero hace un instante, hablaste como un auténtico Vestrit y creo que vi a tu abuelo en tu cara. El barco te quiere.

—Abuela, me temo que no tengo la menor idea de lo que estás hablando —confesó él con voz suave.

—¿No? —La anciana interrumpió su lento pasear y se encaró con él.

Pequeña pero recta, lo miró a la cara—. Dices que no, pero yo veo otra cosa.

Si no lo supieras ya, en el fondo de tu corazón, no podrías haber hablado por el barco como lo hiciste.

Llegarás a ello, Wintrow. Llegarás a ello a su debido tiempo, no temas.

Wintrow tuvo un fuerte presentimiento. Deseó ir a casa con ellos esta noche y poder sentarse con sus padres y hablar sin tapujos.

Era evidente que habían hablado de él. No sabía qué era lo que habrían dicho, pero se sentía amenazado.

Se recordó severamente evitar los prejuicios.

Su abuela no dijo nada más y él la ayudó a bajar por la pasarela y a subir al carruaje que los esperaba. Todos los demás ya estaban dentro.

—Gracias, Wintrow —dijo ella con seriedad.

—De nada —contestó él, pero incómodo, pues sospechaba que le estaba agradeciendo algo más que el paseo hasta el carruaje.

Se preguntó si debería alegrarse de proporcionarle lo que fuera que ella asumía.

Se quedó solo mientras el conductor arreaba los caballos y los ponía en marcha, con sus cascos despertando sordos ecos en las tablas del muelle.

Cuando se fueron, se demoró un instante, buscando la calma de la noche.

Lo cierto era que no tenía nada de calma.

Ni el Mitonar ni los muelles dormían nunca.

Al otro lado de la curva del puerto, se divisaban las luces y se oían los lejanos sonidos del mercado de noche.

Un vuelco del viento le trajo una fugaz ráfaga de música: flautas y pulseras de campanillas.

Una boda, tal vez, con baile. Más a mano, las antorchas embreadas sujetas a los soportes del muelle proporcionaban trémulos círculos de luz espaciados entre sí.

Las olas chapaleaban rítmicamente contra los pilotes bajo los muelles, y las barcas amarradas se frotaban entre sí y chirriaban en sus gradas.

Eran como grandes animales de madera, pensó, y un escalofrío se adueñó de su espalda al recordar el despertar de la nao rediviva.

Ni animal ni barco de madera, reflexionó, sino una mezcla impía de ambos; se preguntó cómo podía haberse ofrecido voluntario para pasar la noche a bordo.

Mientras recorría los muelles en dirección al punto de amarre de la Vivacia , la sincopada luz de las antorchas y las aguas inquietas se combinaron para confundir su vista y hacer de cada paso un gesto inseguro. Cuando llegó al barco, la fatiga del día pesaba sobre él.

—¡Oh, ahí estás!

Se sobresaltó ante el recibimiento de la nave; intentó reponerse.

—Te dije que volvería. —Se le antojaba extraño contemplarla desde los muelles.

La iluminación de las teas fluctuaba extrañamente sobre ella, pues aunque sus rasgos eran humanos, la luz se reflejaba en su piel como lo haría en la madera.

Desde su perspectiva, era más evidente que la nao era mucho más que simple carne y hueso.

Sus generosos senos desnudos también resultaban más obvios desde este punto de vista.

Wintrow se descubrió intentando no mirarlos e incómodo también, en consecuencia, por mirarla a los ojos.

Un barco de madera, intentó recordarse. Es un barco de madera.

Pero en la penumbra, cuando la nao le sonrió, parecía más bien una joven asomada a una ventana. Era ridículo.

—¿No vas a subir a bordo? —preguntó ella, sonriendo.

—Claro. Enseguida estoy contigo.

Mientras subía por la pasarela y avanzaba luego a tientas por la sombría cubierta, volvió a sumirse en sus cavilaciones.

Las naos redivivas, que él supiera, eran exclusivas del Mitonar.

Su formación como sacerdote de Sa nunca había reparado en ellas.

Pero había ciertos sortilegios sobre los que le habían prevenido por ser contrarios al carácter santificado de toda vida.

Los repasó de memoria; los sortilegios que arrebataban la vida a algo para dársela a otra cosa, los sortilegios que arrebataban la vida a algo para aumentar los propios poderes, los sortilegios que reportaban desdicha a la vida de otro para mejorar la vida propia o la de otra persona…

Ninguno de ellos parecía aplicarse a lo que fuera que despertaba la vida de una nao rediviva.

Su abuelo habría muerto tanto si el barco existía como si no.

Decidió que nadie podía decir que a su abuelo le hubieran arrebatado la vida a fin de avivar el barco.

Casi al mismo tiempo que llegaba a esa conclusión, tropezó con un rollo de cuerda.

Al intentar sujetarse, se le enredaron los pies en el dobladillo de su túnica marrón de novicio y se cayó cuan largo era sobre la cubierta.

En alguna parte, alguien soltó una risotada.

Puede que no fuera dirigida a él. Puede que, en algún lugar de la cubierta en penumbra, los marineros montaran guardia juntos y se contaran historias divertidas para matar el tiempo.

Puede. Aun así, se ruborizó y contuvo la rabia ante el posible ridículo.

Estúpido, se dijo. Era estúpido enfadarse porque alguien fuera lo bastante necio como reírse de su caída y más estúpido todavía enfadarse cuando ni siquiera podía estar seguro de que fuera ese el caso.

Había sido un día largo, nada más. Se puso en pie con cuidado y avanzó con lentitud hacia la cubierta de proa.