07
Lealtades
El resto del día se empleó en enterrar a su abuelo.
Se enviaron mensajeros por toda la ciudad para avisar a amigos y vecinos, y su funeral se proclamó a voz en grito en los mercados públicos y en el puerto.
A Wintrow le sorprendió la cantidad de personas que acudieron y lo rápido que se habían reunido.
Comerciantes y capitanes de navío, antiguos mercaderes y proveedores renunciaron a sus respectivos negocios por el resto de la jornada y convergieron en los muelles y el barco.
Los más allegados a la familia fueron recibidos a bordo de la Vivacia , y otros los siguieron en los veleros de amistades.
Hasta la última nao rediviva fondeada en esos momentos en el puerto siguió a la Vivacia mientras esta transportaba a su antiguo señor allí donde sería entregado al mar.
Wintrow se sintió incómodo durante toda la ceremonia.
No lograba decidir qué impresión le causaba todo aquello.
Era un orgullo que llegaran tantas personas para honrar a su abuelo, pero se le antojaba grosero que tantas de ellas ofrecieran primero sus condolencias y luego su enhorabuena por el avivamiento del barco.
Tantos como se detenían junto al cadáver para presentar sus últimos respetos se arrimaban luego a la proa de la nao para saludar a Vivacia y desearle lo mejor.
Allí era donde estaba su abuela, no junto al cuerpo de su difunto esposo.
Solo ella parecía percibir su turbación.
En un determinado momento le dijo en voz baja que llevaba demasiado tiempo lejos del Mitonar y sus costumbres.
Que la felicitaran por su barco no minimizaba ni un ápice el dolor que les producía la muerte de Ephron.
Era solo que las gentes del Mitonar no tenían por costumbre regodearse en la tragedia.
Caramba, si los fundadores del Mitonar se hubieran regodeado en sus tragedias, se habrían ahogado con sus propias lágrimas.
Wintrow asintió ante sus explicaciones, pero se guardó para sí lo que opinaba de aquello.
Detestaba estar de pie en la cubierta junto al cuerpo de su abuelo, detestaba la proximidad de los demás grandes veleros mientras zarpaban juntos para asistir al entierro en el mar de su abuelo.
Le parecía todo complicado en exceso, por no decir peligroso, con todos estos barcos en marcha para luego echar el ancla formando un amplio círculo para que la gente pudiera agolparse en sus barandillas y ver cómo el cadáver envuelto en velamen de Ephron Vestrit caía por una pasarela y era engullido por las inquietas olas.
Luego se celebró una ceremonia incomprensible en la que Vivacia fue presentada oficialmente a las demás naos redivivas.
Su abuela la había presidido con toda solemnidad.
Se plantó en la cubierta de proa y presentó a voz en grito a Vivacia a cada barco mientras estos desfilaban frente a su quilla.
Wintrow estaba junto a su ceñudo padre, extrañado tanto por la sonrisa que lucía el rostro de la anciana como por las lágrimas que lo surcaban.
Era evidente que se perdía algo por haber nacido apellidándose Haven.
Incluso su madre se había mostrado radiante durante toda la ceremonia, con sus dos niños pequeños a su lado y saludando con la mano a cada nave que pasaba.
Pero esa había sido la manifestación más vistosa de las ceremonias.
A bordo de la Vivacia , se había llevado a cabo un tipo de ritual muy distinto.
Kyle tomó posesión violentamente del barco.
Incluso para la mirada desentrenada de Wintrow resultaba evidente.
Ladraba órdenes a hombres que le sacaban décadas de edad y los maldecía si no corrían lo bastante para acatar su voluntad.
En más de una ocasión, comentó en voz alta con su primer oficial que tenía previsto hacer algunos cambios en el modo en que funcionaba la nave.
La primera vez que dijo estas palabras, algo parecido a un rictus de dolor cruzó los rasgos de Ronica Vestrit.
Al observarla en silencio durante el resto de la tarde, le había parecido a Wintrow que la anciana se volvía cada vez más sombría conforme transcurría la jornada, como si el pesar por la muerte de su marido hubiera arraigado en ella y creciera con cada hora que pasaba.
Él tenía poco que decir y los demás le dijeron aún menos.
Su madre estaba atareada vigilando al pequeño Selden y evitando que Malta cruzara siquiera la mirada con los marineros de cubierta más jóvenes.
Su abuela se dedicó principalmente a estar en la cubierta de proa y asomarse a la quilla.
Si abría la boca, era para hablar con el mascarón de proa, y eso en voz baja.
El mero hecho de pensar en ello le provocaba escalofríos.
La vida que animaba ese artefacto tallado no tenía nada de natural, nada del auténtico espíritu de Sa.
Aunque no percibía maldad en la nao, tampoco percibía bondad.
Se alegraba de no haber sido él quien insertara la estaquilla en ella y evitaba la cubierta de proa.
Solo en el viaje de regreso a casa pareció recordar su padre que tenía un hijo mayor.
En cierto modo, fue por culpa del mismo Wintrow.
Oyó que el primer oficial ladraba una orden incomprensible dirigida a dos de los hombres.
Al intentar apartarse, se interpuso de espaldas en el camino de un tercero al que no había visto.
Los dos cayeron, Wintrow lo bastante fuerte como para quedarse sin aliento.
En un momento, el marinero se había puesto en pie de un salto y reanudado sus quehaceres.
Wintrow se levantó más despacio, frotándose un codo y recordando gradualmente cómo se respiraba.
Cuando logró enderezarse, se descubrió cara a cara con su padre.
—Mírate —gruñó Kyle y, desconcertado, Wintrow se miró, preguntándose si se habría ensuciado la ropa.
Su padre le propinó un ligero golpe en el hombro—.
No me refiero a tus hábitos de sacerdote, sino a ti.
¡Mírate! Los años de un hombre y el cuerpo de un chico, y las luces de un patán.
Ni siquiera sabes apartarte de tu propio camino, menos aún del de otra persona.
Ven aquí. ¡Torg! Ven aquí. Llévatelo y dale algo que hacer para que por lo menos no estorbe.
Torg era el segundo de a bordo. Era musculoso, ya que no alto, con el pelo rubio y corto y los ojos de un gris claro.
Tenía las cejas blancas; Wintrow pensó que su rostro parecía calvo, compuesto como estaba de tantas cosas pálidas.
La idea que tuvo Torg para que no estorbara fue relegarlo abajo para que enrollara cabos y colgara cadenas en su correspondiente pañol.
Los rollos que ya había allí le parecían bien a Wintrow, pero Torg le encargó refunfuñando que los ordenara mejor, y que no ganduleara.
Parecía más sencillo de lo que era, pues una vez manipulados, los rollos se enredaban solos de forma alarmante y parecían remisos a doblegarse de nuevo.
Los gruesos y bastos cabos pronto le enrojecieron las manos, y las cadenas eran mucho más pesadas de lo que se esperaba.
El aire viciado del pañol y la carencia de más luz que la de una lámpara se combinaban para ponerlo nervioso.
No obstante, se afanó durante lo que le parecieron horas.
Fue Malta finalmente la que bajó a buscarlo para informarle con cierta aspereza de que habían fondeado y amarrado, así que podía bajar cuando le placiera.
Wintrow hubo de recurrir hasta al último fragmento de autocontrol que le quedaba para recordarse que debería comportarse como un futuro sacerdote de Sa, no como un irritado hermano mayor.
Soltó en silencio el rollo de cuerda con el que estaba trabajando.
Hasta el último cabo que había tocado parecía menos ordenado que cuando empezó.
Bueno, Torg podía volver a enrollarlos cuando quisiera o encargar la tarea a otro desventurado marinero.
Wintrow sabía que sería una faena ardua desde el principio, aunque no alcanzaba a imaginarse por qué su padre había querido humillarlo e irritarlo.
Quizá tuviera algo que ver con su negativa a introducir la estaquilla que avivaba el barco.
Su padre había despotricado entonces. Bueno, ya era agua pasada.
Su abuelo estaba muerto y confinado al mar, la familia le había dejado claro que no deseaba ningún consuelo por su parte, y se iría a casa en cuanto pudiera.
Mañana por la mañana, decidió, sería un momento tan bueno como cualquier otro.
Salió a la cubierta y se sumó a su familia mientras daban las gracias y se despedían de los dolientes que los habían acompañado a bordo de la nave.
No pocos de ellos dijeron adiós también al mascarón de proa.
El ocaso estival estaba convirtiéndose en auténtica noche cuando se fue la última persona.
La familia se quedó un poco más, callada y extenuada, mientras Kyle impartía instrucciones al primer oficial para que se efectuara la descarga al despuntar el alba.
Luego Kyle se dirigió a la familia para decir que ya era hora de volver a casa.
Tomó el brazo de su madre, y Wintrow el de su abuela.
Dio gracias en silencio porque hubiera un carruaje esperándolos; no sabía si la anciana podría haber soportado el trayecto cuesta arriba entre las oscuras calles empedradas.
Pero, cuando se giraban para abandonar la cubierta de proa, el mascarón habló de repente.
—¿Se marchan? —preguntó con ansiedad—. ¿Ahora?
—Volveré con la primera luz —le dijo Kyle. Hablaba como si un marinero de cubierta hubiera puesto en duda su juicio.
—¿Se van todos? —insistió el barco.
Wintrow no sabía qué le hizo responder. Puede que la nota de pánico en su voz:
—No te pasará nada —dijo con suavidad—. Estás a salvo, amarrada en los muelles. No hay nada que temer.