Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 06 #5
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—Así ha sido —respondió Brashen, sucinto—. Mi capitán ha muerto. La Vivacia es ahora el barco del capitán Haven, y sentimos pocas simpatías el uno por el otro. He sido destituido. —Descubrió que podía mantener la voz tan baja y agradable como la de la ardilla.

El agente frunció el ceño.

—Pero ¿no se queda su hija con él? El capitán Vestrit dedicó años a educarla. La más joven, Althea Vestrit.

Brashen soltó un bufido.

—No eres el único que se sorprende de que no sea así.

Incluida la propia ama Vestrit, para su asombro y pesar.

—Entonces, con la repentina impresión de que había dicho demasiado sobre un dolor que le era ajeno, añadió—: Solo he venido a por mi paga, señor, no a chismorrear sobre mis superiores.

Haga el favor de no prestar atención a las palabras de un hombre enfadado.

—Bien dicho, así lo haré —le aseguró el agente.

Se enderezó de una caja de caudales para depositar tres montoncitos de monedas en el mostrador frente a Brashen.

Este los contempló. Era mucho menos de lo que ganaba cuando era primer oficial a las órdenes del capitán Vestrit. En fin, así eran las cosas.

Comprendió de pronto que había otra cosa por la que debería preguntar:

—Me hará falta también un boleto de embarque —añadió con lentitud.

Nunca había pensado que necesitaría solicitar uno de la Vivacia .

De hecho, hacía varios años, había tirado los viejos, convencido de que nunca tendría que volver a enseñar a nadie una prueba de su aptitud.

Ahora deseó haberlos conservado. Eran sencillos, simples tarjetas de cuero grabadas con el sello del barco y redactadas con el nombre del marinero y a veces su cargo, para demostrar que había realizado bien sus tareas.

Un puñado de boletos de embarque le habría facilitado sobremanera conseguir otro trabajo.

Pero incluso uno solo de una nao rediviva tendría un peso sustancial en el Mitonar.

—Eso tiene que dártelo el capitán o el primer oficial —señaló el agente naval.

—Hmph. Lo veo complicado. —Brashen se sintió estafado. Con todos sus años de digno servicio a bordo de la nave y estos montoncitos de monedas era cuanto le reportaban.

El agente carraspeó.

—Estoy seguro de que el capitán Vestrit valoraba mucho tu trabajo y tu persona. Si necesitas una recomendación, no dudes en remitirlos a este despacho. Nyle Hashett. Me encargaré de que reciban un comentario sincero por mi parte.

—Gracias, señor —dijo con humildad Brashen. No era un boleto de embarque, pero era algo.

Se tomó su tiempo para guardar las monedas; algunas en su bolsa, algunas en la bota y el resto en el pañuelo que llevaba anudado al cuello.

No tenía sentido arriesgarse a que algún ratero se las quitara todas de golpe.

Se echó el petate al hombro con un gruñido y salió del despacho.

Tenía una lista mental de cosas por hacer.

Lo primero: encontrar una habitación en algún hospedaje económico.

Antes de esto, había vivido a bordo de la Vivacia aun cuando esta estaba fondeada en el puerto.

Ahora todo lo que poseía estaba en la bolsa que llevaba a la espalda.

Luego tendría que acudir a un banquero. El capitán Vestrit lo había animado, en reiteradas ocasiones, a guardar unas cuantas monedas después de cada viaje.

Nunca lo había conseguido. Cuando navegaba con Vestrit, su futuro parecía garantizado.

Deseó ahora haber seguido ese consejo mucho antes.

Bueno, empezaría ahora, puesto que no podía hacerlo antes, y aprendería bien esta lección.

¿Y luego? En fin, luego se regalaría una buena noche en el puerto antes de emprender la búsqueda de un nuevo amarradero.

Un poco de carne fresca y pan recién horneado, y una noche de cerveza y buena compañía en las tabernas portuarias.

Sabía Sa que con este viaje se había ganado el derecho a disfrutar un poco.

Pretendía resarcirse esta noche. Mañana habría tiempo para preocuparse por el resto de su vida.

Sintió una momentánea vergüenza por anticipar el placer mientras su capitán yacía muerto.

Pero Kyle nunca le permitiría regresar a bordo para presentarle sus respetos por última vez.

Lo mejor que podía hacer por el recuerdo del capitán Vestrit era cuidarse de ser otro elemento en discordia más en su funeral.

Que se fuera al fondo desde una cubierta en paz.

Esta noche, Brashen bebería en memoria de él con cada copa que levantara.

Que fuera ese su tributo privado al hombre.

Encaminó sus pasos hacia la ciudad con decisión.

Pero, al abandonar los umbrosos despachos del agente naval, divisó a Althea corriendo por la pasarela.

La vio bajar a los muelles, dando unas zancadas tan largas que sus faldas ondeaban a su espalda como los jirones del velamen tras una tormenta.

Tenía el rostro surcado de lágrimas, la cabellera alborotada, y los ojos ennegrecidos por una ira que resultaba casi sobrecogedora.

Las cabezas se giraban a su paso. Brashen soltó un quejido para sí y afianzó el petate sobre su hombro.

Había prometido que cuidaría de ella. Con un suspiro apesadumbrado, la siguió.