06 #4
—¿De qué manera? —preguntó desconcertada.
Se apoyó en la barandilla para contemplar a Vivacia .
El mascarón de proa se retorció para dirigirle una sonrisa.
Era una sonrisa divertida, la sonrisa de quien todavía no ha terminado de despertar una radiante mañana de verano.
Althea esbozó a su vez una sonrisa cargada de tristeza.
—¡Sabes de sobra a qué me refiero! Te ha puesto las manos por todo el cuerpo. Por si fuera poco que parezcas una pazpuerca cubierta de polvo, vas y dejas que un marinero de cubierta te sobe mientras cuelgas bocabajo…
—Tenía que introducir la estaquilla. No podía llegar de otra forma. —Apartó la mirada del rostro de Kyle, moteado de rojo a causa de la rabia que sentía, y la posó en su madre y su hermana—. El barco está avivado —anunció con voz baja pero formal—. La nao rediviva Vivacia ya está despierta.
«Y mi padre está muerto». No lo dijo en voz alta, pero la realidad que entrañaban esas palabras volvió a cortarla, más afilada y profunda. Era como si, cada vez que creía haber asimilado su fallecimiento, poco después este la golpeara con más fuerza.
—¿Qué va a pensar la gente de ella? —estaba preguntando Kyle a Keffria en voz baja.
Los dos niños más pequeños la miraban sin disimulo, en tanto el mayor, Wintrow, apartaba la vista de todos como si el mero hecho de estar junto a ellos le hiciera sentirse violento.
Althea tuvo la impresión de que no podía asimilar todo lo que ocurría a su alrededor.
Habían pasado demasiadas cosas, demasiado rápido.
Kyle intentando quitarle el barco, la muerte de su padre, el avivamiento de la nave, el despido de Brashen y ahora la rabia de Kyle porque había hecho algo que necesitaba hacerse.
Todo aquello parecía demasiado como para soportarlo, pero al mismo tiempo sentía un tremendo vacío.
Buscó en su interior, intentando descubrir qué había olvidado u omitido.
—¿Althea?
Era Vivacia , llamándola ansiosa. Se asomó a la barandilla para mirarla, casi con un suspiro.
—¿Sí?
—Sé cómo te llamas. Althea.
—Sí. Gracias, Vivacia . —Y en ese momento supo a qué se debía el vacío.
Era todo cuanto había esperado sentir, el júbilo y el asombro ante el avivamiento de la nao.
Ese momento tan anhelado había venido y se había ido.
Vivacia estaba despierta. Y salvo por la primera oleada de triunfo, no sentía nada de lo que había esperado sentir. El precio había sido demasiado alto.
En cuanto su mente conjuró ese pensamiento, deseó poder olvidarlo.
Era el colmo de la traición, estar en esta cubierta, tan cerca del cadáver de su padre, y pensar que el precio había sido demasiado alto, que la nao rediviva no valía la muerte de su padre, por no mencionar la muerte de su abuelo y su bisabuela.
Y no era un pensamiento justo. Lo sabía.
Con barco o sin él, todos ellos habrían muerto.
Vivacia no era la responsable de sus muertes, sino la suma total de sus legados.
En ella vivían aún. Algo en su interior se serenó un poco.
Se inclinó sobre la barandilla, intentando pensar en algo coherente y amable que decir a este nuevo ser.
—Mi padre habría estado muy orgulloso de ti —consiguió articular por último.
Esas sencillas palabras reavivaron su dolor. Quería esconder la cabeza entre los brazos y llorar, pero no se lo permitió por miedo a alarmar a la nave.
—También habría estado orgulloso de ti. Sabía que esto te resultaría difícil.
La voz del barco había cambiado. En cuestión de momentos, había pasado de lo atiplado y juvenil a la rica y gutural voz de una mujer adulta. Cuando Althea la miró a la cara, vio más comprensión de la que podía tolerar. Esta vez no intentó detener las lágrimas que se vertieron sobre sus mejillas.
—Es que no lo entiendo —le dijo a la nave con voz entrecortada.
Miró entonces a su familia, que al igual que ella se alineaban junto a la barandilla y contemplaban el semblante de Vivacia —.
No lo entiendo —repitió con más fuerza, aunque su voz pastosa no sonó más clara—.
¿Por qué ha hecho esto? ¿Por qué, después de tantos años, le ha dado la Vivacia a Keffria y me ha dejado sin nada?
Dirigió sus palabras para la inflexible angustia de su madre, pero fue Kyle el que se atrevió a hablar:
—A lo mejor quería que estuviera en manos responsables. A lo mejor quería confiársela a alguien que le había demostrado que podía ser formal, constante y capaz de preocuparse por alguien más aparte de sí mismo.
—¡No estoy hablando contigo! —chilló Althea—. ¿Es que no puedes cerrar la boca? —Sabía que sonaba infantil e histérica y lo detestaba. Pero hoy había sido un día extenuante. No le quedaba control al que recurrir. Si Kyle volvía a dirigirle la palabra, se abalanzaría sobre él y lo descuartizaría.
—Silencio, Kyle —le amonestó con firmeza su madre—.
Althea. Compórtate. Este no es el momento ni el lugar.
Hablaremos de esto en casa, en privado. De hecho, tengo que hablarlo contigo.
Quiero que comprendas las intenciones de tu padre.
Pero por ahora tenemos que ocuparnos del cuerpo de tu padre y de la presentación oficial de la nave.
Se les debe notificar el fallecimiento a los demás mercaderes y naos redivivas, y hay que alquilar embarcaciones para que asistan a su entierro en el mar.
Y… ¿Althea? ¡Althea, vuelve aquí ahora mismo!
No se dio cuenta de que estaba alejándose a zancadas hasta llegar a la pasarela y mirar hacia abajo.
Había pasado frente al cadáver de su padre sin verlo siquiera.
Hizo entonces algo que lamentaría durante el resto de su vida: abandonó a Vivacia .
No la acompañó en su viaje de iniciación para presenciar el hundimiento del cuerpo de su padre en las aguas frente al puerto.
No se creía capaz de ver sus pies atados al ancla de repuesto y su cuerpo amortajado en velamen antes de ser arrojado por la borda.
A partir de entonces, desearía haber estado allí para decirle adiós por última vez.
Pero en ese momento solo sabía que no podía soportar la presencia de Kyle ni un instante más, menos todavía el razonable tono de su madre mientras pronunciaba espantosas palabras.
No volvió la vista para reparar en la desolación plasmada en las caras de la tripulación ni en cómo se colgaba Keffria del brazo de Kyle para impedirle que corriera tras ella y la trajera a rastras.
En ese momento, sabía que no podía soportar ver la Vivacia alejarse de los muelles con Kyle al mando.
Esperaba que el barco lo comprendiera. No, sabía que el barco lo comprendería.
Siempre había aborrecido la idea de que Kyle gobernara la nao de la familia.
Ahora que la Vivacia se había avivado y despertado, la aborrecía todavía más.
Era peor que dejar un niño al cuidado de una persona a la que desprecias, pero también sabía que no podía hacer nada al respecto. Al menos, no por ahora.
El agente naval tenía un diminuto despacho en el mismo muelle. Se había sorprendido un tanto al ver a Brashen apoyado en su mostrador, con su bolsa de mar colgada del hombro.
—¿Sí? —preguntó con cortesía y profesionalidad.
Brashen pensó que el hombre le recordaba a una ardilla bien adiestrada. Tenía algo que ver con la forma en que su barba le encrespaba las mejillas y con cómo se sentó tan recto en su silla antes de hablar.
—Vengo por mi paga —dijo con suavidad.
El hombre se giró hacia una balda y examinó varios volúmenes antes de tomar un grueso libro mayor.
—Tengo entendido que han bajado al capitán Vestrit a su barco —comentó con cautela mientras abría el libro de par en par y pasaba el dedo por una lista de nombres. Levantó la cabeza y miró a Brashen a los ojos—. Has pasado mucho tiempo con él. Pensé que querrías estar a su lado hasta el final.