06 #3
—Maldito sea Sa. Tu madre te entregó, no yo.
Así que yo te reclamo. ¡Ahora toma esta estaquilla y aviva el barco!
—Mientras hablaba, había avanzado hasta agarrar a su primogénito por el hombro.
El muchacho intentó no acobardarse ante él, pero su preocupación era visible.
Incluso Keffria y Ronica parecían conmocionadas por la blasfemia de Kyle, y con motivo.
El dolor de Althea parecía haberse alejado de ella, dejándola entumecida pero curiosamente sensibilizada.
Veía a estos desconocidos gritar y reñir entre sí mientras un hombre sin enterrar se atiesaba despacio a sus pies.
Una inmensa claridad parecía haberse instalado en su mente.
Supo, con repentina certeza, que Keffria no sabía nada de las intenciones de Kyle con respecto a Wintrow.
Era evidente que el muchacho tampoco; el asombro reflejado en sus facciones así lo indicaba mientras se quedaba mirando, desconcertado, la sedosa estaquilla gris que le puso su padre en las manos—.
¡Ahora! —ordenó Kyle, y como si el muchacho tuviera cinco años en vez de estar al borde de la mayoría de edad, le dio la vuelta y lo empujó por la cubierta.
Los demás los siguieron como restos de un naufragio flotando en la estela de un barco.
Althea los vio alejarse. Luego se acuclilló para coger la fría mano de su padre.
—Me alegro de que no estés aquí para ver esto —le dijo en voz baja. Probó sin éxito a cerrarle los párpados. Tras varios intentos, se dio por vencida y lo dejó contemplando el dosel de lona.
—Althea. Levántate.
—¿Por qué? —Ni siquiera volvió la cabeza ante la orden de Brashen.
—Porque… —Se interrumpió, titubeante, antes de continuar—: Porque pueden arrebatarte la propiedad del barco, pero eso no te exime de tu deber con la nave. Tu padre me pidió que te ayudara a superar esto. Él no querría que la Vivacia despertara y solo viera caras desconocidas.
—Kyle estará allí —dijo ella tontamente. El dolor estaba volviendo. Las duras palabras de Brashen lo habían reavivado.
—No lo reconocerá. No lleva la sangre de su familia. Ven.
Althea contempló el cuerpo inerte. La muerte trabajaba deprisa, hundiendo los rasgos de su padre en líneas y planos que nunca había lucido.
—No quiero dejarlo aquí solo.
—Althea, ese no es el capitán, solo su cuerpo. Se ha ido. Pero la Vivacia sigue aquí. Ven. Sabes que esto es algo que tienes que hacer; hazlo bien. —Se agachó, acercando el rostro a su oído—. Mantén la cabeza alta, muchacha. La tripulación está mirando.
Sus últimas palabras consiguieron que ella se levantara a regañadientes. Contempló la cara hundida de su padre e intentó mirarlo a los ojos por última vez. Pero Ephron Vestrit ya tenía la mirada perdida en el infinito. Althea enderezó los hombros y levantó la cabeza. Que así fuera.
Brashen le ofreció el brazo, como si fuera a acompañarla al Baile de Presentación del Mitonar.
Sin pensar, Althea posó una mano en su antebrazo, como la habían instruido, y permitió que la guiara hasta la proa del barco.
Había algo en la formalidad de su paso que le restituyó las fuerzas.
Al aproximarse y oír los tonos iracundos de Kyle, se encendió en ella una chispa como si surgiera del choque del pedernal contra el acero. Estaba aleccionando a Wintrow.
—Es fácil, muchacho. Ahí está el agujero, ahí está la estaquilla, aquí está el cierre. Empuja el pestillo a un lado, introduce la estaquilla en el agujero y suelta el cierre. Eso es todo. Yo te sujeto. No tengas miedo de caerte a la bahía si es eso lo que te asusta.
La voz del joven se alzó en respuesta, todavía demasiado alta aunque suave, no asustada:
—Padre, no he dicho que no pudiera. He dicho que no quería. No me siento en mi derecho ni considero apropiado como siervo de Sa reclamar esta propiedad. —Solo un ligero temblor al final de su discurso reveló cuánto le costaba mantener su aplomo.
—Harás lo que yo te diga, condenado —gruñó Kyle.
Althea vio cómo se elevaba su mano en la familiar amenaza de un golpe y oyó jadear a Keffria:
—¡Oh, Kyle, no!
En dos zancadas, Althea estuvo de improviso entre Kyle y el muchacho.
—Esta no es la conducta adecuada el día de la muerte de mi padre. Como tampoco es la forma adecuada de tratar a la Vivacia . Con estaquilla o sin ella, se avivará. ¿Quieres que la despierten gritos de disputa y discordia?
La respuesta de Kyle delató su absoluta ignorancia de todo cuanto era una nao rediviva:
—Me da igual cómo lo haga, pero que se despierte.
Althea tomó aliento para replicar enfadada, pero se reprimió al escuchar el extasiado susurro de Brashen.
—¡Oh, mírala!
Todos los ojos se posaron en el mascarón de proa.
Desde la cubierta, Althea no le veía bien la cara, pero sí se percató de que la pintura empezaba a descascarillarse de la talla de tronconjuro.
Los bucles de cabello relucían negros como el ala de cuervo bajo las escamas de pintura dorada, y la carne lijada había empezado a sonrosarse.
El delicado grano sedoso del tronconjuro todavía perduraba y siempre lo haría, como tampoco sería nunca la madera tan tersa y flexible como la carne humana.
Aun así, era indudable que la vida corría ahora por el mascarón y, para los sentidos aumentados de Althea, el barco entero cabalgaba de otro modo las tranquilas olas del puerto.
Se sentía como imaginó que debía de sentirse una madre al contemplar por vez primera la vida que ha crecido en su seno.
—Dame la estaquilla —se oyó musitar—. Yo avivaré el barco.
—¿Por qué? —preguntó Kyle con suspicacia, pero Ronica intervino:
—Dale la estaquilla, Kyle —le pidió con voz queda—. Lo hará porque ama la Vivacia .
Althea recordaría más tarde las palabras de su madre y alentarían en ella un odio abrasador.
Su madre sabía todo lo que ella sentía y, aun así, le había arrebatado el barco.
Pero en ese momento solo sabía que le dolía ver la Vivacia atrapada entre la madera y la vida, incómodamente en suspenso.
Podía ver la desconfianza en el rostro de Kyle mientras le ofrecía a regañadientes la estaquilla.
¿Qué pensaba que se proponía, tirarla por la borda?
La tomó y se pegó al bauprés para alcanzar el mascarón de proa.
Le faltaba muy poco para poder tocarlo con seguridad.
Se aupó otro ápice, peligrosamente en vilo con sus incómodas faldas, y aun así seguía sin llegar.
—Brashen —dijo, sin preguntar ni ordenar.
Ni siquiera volvió la vista hacia él, sino que se limitó a quedarse como estaba hasta sentir sus manos rodeándole el talle justo por encima de las caderas.
Brashen la bajó hasta donde pudo apoyar una mano en los cabellos de Vivacia .
La pintura se descascarilló de un tirabuzón ante su roce.
La sensación del pelo contra su mano era extraña.
Cedía al contacto, pero los rizos tallados eran todos de una pieza en vez de cabellos individuales.
Experimentó un momento de intranquilidad.
La consciencia de Vivacia fluyó entonces a través de ella, más pronunciada que nunca.
Era semejante al calor, aunque no era una sensación de la piel.
Tampoco era como el calor del whisky en las tripas.
Este corría con su sangre y su aliento por todo su cuerpo.
—¿Althea? —La voz de Brashen sonaba esforzada.
Althea volvió en sí, preguntándose cuánto tiempo habría colgado cabeza abajo.
Comprendió amodorrada que había confiado todo su peso a la presa de Brashen mientras ella se columpiaba allí.
La estaquilla seguía en su mano. Suspiró y cobró conciencia de la sangre que martilleaba en su cara.
Con una mano corrió el pestillo; con la otra encajó limpiamente la estaquilla.
Cuando soltó el cierre, este pareció esfumarse como si nunca hubiera existido.
La estaquilla era ahora parte permanente del mascarón de proa.
—¿Por qué tardas tanto? —quiso saber Kyle.
—Ya está —jadeó Althea. Dudaba que la hubiera entendido nadie aparte de Brashen. Pero, cuando su presa sobre ella se afianzó y empezó a izarla, Vivacia se giró hacia ella. Extendió los brazos y sus fuertes manos sostuvieron las de la joven. Sus ojos verdes se clavaron en los de Althea.
—He tenido un sueño de lo más extraño —dijo con encanto. Sonrió entonces a Althea, una sonrisa que era traviesa y jovial al mismo tiempo—. Gracias por despertarme.
—De nada —exhaló Althea—. Oh, eres más hermosa de lo que me imaginaba.
—Gracias —respondió la nave con la seriedad natural de una niña.
Soltó las manos de Althea para sacudirse las escamas de pintura del cabello y la piel como si fueran hojas secas.
Brashen depositó bruscamente a Althea en la cubierta y la posó sobre sus pies con un topetazo.
Tenía la cara muy roja, y Althea advirtió de pronto que Kyle estaba hablando con voz baja y maliciosa.
—… y tú puedes despedirte de este barco para siempre, Trell. Ahora mismo.
—Cierto. Me despido. —De algún modo, el timbre de voz de Brashen convirtió la expulsión de Kyle en su particular y desdeñosa despedida—.
Adiós, Althea. —La galantería regresó a su voz para dirigirse a ella.
Como si estuviera despidiéndose de una reunión social, se dio la vuelta y dijo adiós educadamente a su madre.
Su calma pareció perturbar a la mujer, pues aunque movió los labios, no contestó.
Pero Brashen dio media vuelta y cruzó la cubierta con paso firme, como si no hubiera ocurrido nada.
—¿Te has vuelto loca? ¿Qué mosca te ha picado, cómo permites que te toque de esa manera?
Althea cerró los ojos con fuerza antes de abrirlos.