Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 06 #2
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06 #2

Brashen había trabajado una vez a bordo de un barco donde el primer oficial solía abusar del merlín.

Lo empleaba sobre todo para fustigar a los hombres por la espalda, marineros que en su opinión no prestaban atención a sus tareas.

En más de una ocasión, Brashen había sido testigo contra su voluntad de la expresión de alguien cuando el utensilio chocaba con la base de su cráneo.

Sabía qué expresión se adueñaba de uno cuando el dolor daba paso a la inconsciencia.

Esa fue la expresión que puso Althea cuando su padre musitó aquellas palabras.

Su presa sobre la estaquilla se aflojó, su mano se apartó de ella para agarrarse al delgado brazo de su padre.

Lo sostuvo, igual que se aferra un marinero a una tabla en un mar sacudido por la tormenta.

No volvió a mirar a su madre ni a su hermana.

Se limitó a sujetar el brazo de su padre mientras este boqueaba como un pez fuera del agua.

—Papá —susurró de nuevo.

La espalda de Ephron se arqueó, su pecho se hinchó con el esfuerzo de buscar aire.

Torció el cuello, volviendo la cara para mirar la de ella antes de desplomarse sobre la cubierta.

La larga lucha había terminado. De repente, la luz de la vida y el esfuerzo abandonaron sus ojos.

Su cuerpo se asentó flácido contra la cubierta como si estuviera fundiéndose con la madera.

Su mano cayó de la estaquilla. Mientras su hermana Keffria se ponía de pie, Althea se abalanzó hacia delante.

Apoyó la cabeza en el torso de su padre y se lamentó con desconsuelo, sin ningún rubor.

No vio lo mismo que Brashen. Keffria entregó la estaquilla a su expectante marido.

Incrédulo, Brashen vio cómo Kyle la aceptaba.

Se apartó de todos, portando la preciada estaquilla como si tuviera derecho a ella.

Por un instante, Brashen estuvo tentado de seguirlo.

Entonces decidió que era algo que preferiría no presenciar.

Con estaquilla o sin ella, el barco se avivaría.

Brashen pensó que ya podía sentir una diferencia en él; el empleo de la estaquilla solo aceleraría el proceso.

Pero la promesa que había hecho a su capitán tenía ahora un nuevo matiz de significado para él.

«Ve con ella, hijo. Le hará falta tu ayuda. Acompáñala en este trance». El capitán Vestrit no se refería a la estaquilla, ni a su muerte. A Brashen se le encogió el corazón mientras intentaba decidir qué era lo que había prometido.

Cuando Althea sintió unas manos en los hombros, se zafó de ellas.

No le importaba quién fuera. En cuestión de segundos, había perdido a su padre y la Vivacia .

Habría sido más sencillo perder la vida.

Todavía no lograba encajar los hechos. No era justo, pensó tontamente.

Debería ocurrir solo una cosa impensable a la vez.

Con que los hechos hubieran sucedido uno detrás de otro, podría haber pensado cómo lidiar con ellos.

Pero cada vez que intentaba pensar en la muerte de su padre, en el momento de comprenderla, la pérdida del barco se cernía sobre su cabeza.

Pero no podía pensar en eso, no aquí junto al cadáver de su padre.

Porque entonces tendría que preguntarse cómo era posible que este padre al que ella había adorado pudiera haberla traicionado así.

Por devastador que fuera su dolor, temía considerar incluso su ira.

Si permitía que su rabia se apoderara de ella, podría consumirla hasta dejar solo cenizas al viento.

Las manos volvieron, apoyándose en sus hombros encorvados y asiéndolos con firmeza.

—Lárgate, Brashen —dijo sin fuerzas. Pero ya no tenía la voluntad necesaria para zafarse de su contacto.

La calidez y el temple de aquellas manos sobre sus hombros se parecían demasiado a la presa segura de su padre.

A veces su padre subía a la cubierta mientras ella estaba al timón.

Se podía mover con el sigilo de un fantasma cuando quería; toda su tripulación lo sabía, como también sabía que nadie podía prever cuándo aparecería sigiloso, sin interferir en el trabajo de uno, pero revisando la tarea con ojo experto y dando un silencioso asentimiento de aprobación.

Althea podía estar al timón, con las dos manos en él y manteniendo un rumbo recto, y no notar su presencia hasta sentir la firme y aprobatoria presa de sus manos sobre sus hombros.

Luego él podía esfumarse, o podía quedarse junto a ella y fumarse una pipa mientras contemplaba la noche y el agua y a su hija maniobrando la nave entre ambas.

De algún modo, ese recuerdo le prestó fuerzas.

Los afilados bordes de su dolor se redujeron a un embotado y pulsante nudo de dolor.

Se enderezó, cuadrando los hombros. No entendía nada; ni cómo podía haber muerto y abandonarla, ni mucho menos cómo podía haberle arrebatado el barco para dárselo a su hermana.

—¿Sabes?, hubo muchas ocasiones en que ladraba órdenes y yo no conseguía desentrañar su sentido. Pero, si me limitaba a correr y obedecerlas, siempre salía bien todo. Siempre salía bien todo.

Althea se giró, esperando encararse con Brashen. Sin embargo, era Wintrow el que estaba detrás de ella.

Se sorprendió, y eso casi hizo que se enfureciera. Quién era él para tocarla con esa familiaridad, y menos para ofrecerle un pálido fantasma de la sonrisa de su padre y añadir con voz queda:

—Estoy seguro de que será así de nuevo, tía Althea. Pues es no solo la voluntad de tu padre que aceptemos la tragedia y la decepción en nuestras vidas, sino también la voluntad de Sa. Si soportamos felices lo que abata sobre nosotros, su recompensa no nos faltará jamás.

—Cierra el pico —gruñó Althea en voz baja y salvaje. ¡Cómo se atrevía a soltarle tópicos justo ahora ese hijo de Kyle, que optaba a conseguir todo lo que ella había perdido! Claro que él podía soportar su suerte sin problemas.

La expresión de pasmo que ocupó la cara del muchacho casi le arrancó una carcajada. Las manos de Wintrow se apartaron de ella y dio un paso hacia atrás.

—¡Althea! —jadeó su madre asombrada, recriminándola.

Althea se enjugó el rostro húmedo con la manga y le devolvió a su madre su mirada iracunda.

—No pienses que no sé de quién fue la idea de que Keffria heredara el barco —le advirtió acaloradamente.

—¡Oh, Althea! —exclamó Keffria, y el dolor de su voz casi parecía real. El pesar y la desolación que moraban en el semblante de su hermana casi la derritieron. Hubo un tiempo en que estaban tan unidas…

Pero entonces Kyle se interpuso entre ambas, anunciando con voz airada:

—Algo va mal. La estaquilla no entra en el mascarón de proa.

Todo el mundo se giró para mirarlo. La impaciente irritación que destilaba su voz contrastaba demasiado con el patético cuerpo tendido en la cubierta ante ellos.

El silencio se prolongó hasta que incluso Kyle tuvo la delicadeza de mostrarse compungido.

Se quedó sosteniendo la estaquilla gris y plateada, mirando alrededor como si sus ojos no supieran dónde posarse.

Althea tomó un largo y trémulo aliento, pero antes de que pudiera decir nada, oyó la voz de Brashen, rezumante de sarcasmo:

—¿Es posible que no sepas que solo quien tenga sangre de la familia puede avivar una nao rediviva? —Era como si estuviese de pie en campo abierto bajo una tormenta y quisiera conjurar un rayo para que lo fulminara.

La ira convulsionó el rostro de Kyle, que se ruborizó como nunca.

—¿Qué te da derecho a hablar aquí, perro? ¡Haré que te expulsen de este barco!

—Seguro que sí —afirmó Brashen con calma—.

Pero no antes de que haya cumplido la última orden de mi capitán.

Me habló alto y claro, pese a estar moribundo: «Acompáñala en este trance».

Sin duda lo oíste. Y eso pienso hacer. Dale la estaquilla a Althea.

Avivar la nave, al menos, le corresponde a ella.

«Nunca sabe cuándo tener la boca cerrada».

Esa era la principal crítica que hacía el padre de Althea a su joven primer oficial, pero cuando lo decía, era siempre con una nota de admiración en la voz.

Althea nunca lo había entendido. Hasta ahora.

Allí estaba, desastrado como cualquier marinero de cubierta al final de un largo viaje, encarándose con el hombre que había gobernado el barco y que probablemente volvería a hacerlo.

Se oía vituperar en público y ni siquiera se inmutaba.

Sabía que Kyle jamás accedería a sus demandas; Althea ni siquiera quería albergar esa esperanza en su corazón.

Pero, al pronunciar su exigencia, le había mostrado de repente un atisbo de lo que veía su padre en él.

Kyle tenía el semblante crispado. Su mirada se paseó por el tumulto de plañideros, pero Althea sabía que estaba igual de pendiente del círculo externo de miembros de la tripulación e incluso de las personas que habían bajado a los muelles para ver cómo se avivaba una nao rediviva.

Al final, optó por hacer caso omiso de las palabras de Brashen.

—¡Wintrow! —Su voz restalló como un látigo—. Toma la estaquilla y aviva la nave.

Todas las miradas se clavaron en el muchacho. Su cara palideció y sus ojos se desorbitaron. Le tembló la boca y apretó los labios. Inspiró hondo.

—No tengo derecho. —No lo dijo en voz alta, pero sus palabras llegaron a todos los oídos.

—Maldita sea, ¿es que no eres tan Vestrit como Haven? Estás en tu derecho, el barco será tuyo algún día. Toma la estaquilla y despiértalo.

El joven lo miró sin comprender. Cuando habló, su voz se estremeció y se quebró con las palabras:

—Fui dado como sacerdote a Sa. Un sacerdote no puede poseer nada.

Una vena comenzó a palpitar en la sien de Kyle.