06
El despertar de la Vivacia
Lo subieron a bordo en una camilla. Eso fue lo que hizo que a Brashen se le encogiera el corazón y se le inundaran los ojos de lágrimas.
En el momento en que posó la vista en la forma inerte que yacía bajo la sábana de lino, comprendió la verdad.
Su capitán volvía a bordo para morir. Su secreta esperanza de que Ephron Vestrit no estuviera tan mal, de que de algún modo el aire marino y la cubierta de su barco lo reavivarían por arte de magia, solo era un estúpido sueño infantil.
Se mantuvo respetuosamente al margen mientras Kyle supervisaba a los hombres que ayudaron a su suegro a cruzar la pasarela.
Dejaron su camilla bajo el dosel que había improvisado Brashen a partir de lonas.
Althea, tan pálida como si fuera una talla de marfil, estaba allí para recibirlo.
La familia caminaba tras él como ovejas perdidas, para colocarse alrededor de la camilla de Ephron Vestrit como si fueran invitados y él, una mesa repleta.
Su esposa y su hija mayor parecían aterradas y devastadas a un tiempo.
Los niños, incluidos un muchacho ya crecido, parecían más que nada desorientados.
Kyle se mantenía al margen de todos ellos con aire de desaprobación, como si estuviera estudiando una vela mal reparada o una mercancía mal estibada.
Transcurridos unos minutos, Althea pareció salir de su estupor.
Se fue sin hacer ruido y regresó con una jarra de agua y una taza.
Se arrodilló en la cubierta junto a su padre y le ofreció de beber.
En el primer conato de actividad que veía Brashen por parte de Ephron, este giró la cabeza y consiguió dar un sorbo de agua.
A continuación, con el movimiento impreciso de una mano esquelética, les recordó que debían bajarlo de la plataforma y depositarlo sobre la cubierta de su nave.
Brashen se descubrió reaccionando ante ese gesto, como tantas veces había corrido a obedecer las órdenes de su capitán.
Percibió el fruncimiento del ceño de Kyle antes de acuclillarse junto a la camilla del capitán Vestrit.
—Con permiso, señor —dijo con voz suave, y esperó el medio asentimiento de reconocimiento y consentimiento que le fue dado.
Althea estaba de pronto a su lado, pasando los brazos bajo las huesudas piernas de su padre mientras Brashen cargaba con el grueso del peso del anciano.
No es que pesara gran cosa, ni siquiera era tan anciano, se recordó Brashen mientras bajaba el cuerpo enflaquecido a las desnudas tablas de la cubierta.
En lugar de torcer el gesto ante la dureza del suelo, el capitán suspiró como si acabaran de quitarle un enorme peso de encima. Pestañeó y sus ojos encontraron a Althea. Había en ellos un ápice de su antigua chispa cuando ordenó suavemente:
—Althea. La estaquilla del mascarón.
Por un instante, su hija abrió mucho los ojos como si estuviera horrorizada.
Luego enderezó los hombros y se levantó para obedecerlo.
Se formaron apretadas líneas blancas alrededor de sus labios mientras se apartaba de su padre.
Brashen empezó a retirarse de forma instintiva.
El capitán Vestrit no habría pedido la estaquilla del mascarón de proa si no presintiera que la muerte estaba muy cerca.
Este momento era para que estuviera solo con su familia.
Pero, cuando Brashen se retiraba, sintió su mano atrapada de repente en una presa muy fuerte.
Los largos dedos del capitán se hincaron en la carne de su brazo y lo atrajeron hacia sí.
El olor de la muerte era acusado, pero Brashen no tuvo remilgos a la hora de inclinar la cabeza para escuchar sus palabras.
—Ve con ella, hijo. Le hará falta tu ayuda.
Acompáñala en este trance. —Su voz era un ronco susurro.
Brashen indicó su comprensión con un asentimiento y el capitán Vestrit lo soltó.
Pero, mientras Brashen se mecía sobre los talones para incorporarse, el moribundo volvió a hablar—: Has sido un buen marinero, Brashen.
—Ahora hablaba con voz alta y clara, como si quisiera que no solo su familia, sino todo el mundo oyera sus palabras.
Inspiró con dificultad—: No tengo ninguna queja de ti ni de tu trabajo.
—Otro aliento—. Si pudiera vivir para levar anclas de nuevo, tú serías el primer oficial de mi elección.
—Su voz flaqueó en las últimas palabras, reducidas a un silbido.
Sus ojos abandonaron la cara de Brashen para clavarse automáticamente donde Kyle los miraba con el ceño fruncido.
Pugnó por inhalar una sibilante bocanada de aire—.
Pero no volveré a levar anclas. La Vivacia ya nunca será mía.
—Sus labios estaban adquiriendo un tinte azulado.
No encontraba más aire, daba igual cuánto lo intentara.
Su mano se agarrotó en un puño, hizo un inesperado gesto violento que para cualquier otro habría carecido de sentido.
Pero Brashen se puso en pie de un salto para correr en busca de Althea e instarla a volver con él.
El secreto de la estaquilla del mascarón no estaba muy difundido.
Ephron se lo había confiado a Brashen poco después de nombrarlo primer oficial.
Oculto en la cascada de rizos del cabello del mascarón de proa había un pestillo que liberaba una larga y pulida estaquilla de la sedosa madera gris que la comprimía.
No era indispensable, pero se creía que si la persona moribunda asía esta estaquilla cuando lo abandonara la vida, su sabiduría y esencia se impartirían con más fuerza a la nave.
Ephron se la había enseñado a Brashen y le había mostrado cómo funcionaba para que, en caso de abatirse sobre él algún desastre a bordo del barco, Brashen pudiera traerle la estaquilla en sus últimos momentos.
Era una tarea que Brashen había esperado no realizar jamás.
Encontró a Althea colgando casi bocabajo del bauprés mientras intentaba soltar la estaquilla de su sitio. Sin decir nada, él la impulsó, la agarró por las caderas y la bajó hasta donde pudiera alcanzarla más fácilmente.
—Gracias —gruñó Althea mientras la liberaba. Brashen la izó sin esfuerzo y la dejó de pie en la cubierta. La joven corrió hacia su padre, con la preciada estaquilla apretada en su puño. Brashen le pisaba los talones.
Llegaron justo a tiempo. La muerte de Ephron Vestrit no iba a ser agradable. En vez de cerrar los ojos y partir en paz, luchaba como había combatido durante toda su vida aquello que se opusiera a él. Althea le ofreció la estaquilla y él la tomó como si pudiera salvarlo.
—Me ahogo —barboteó—. Me ahogo en una cubierta seca.
El extraño cuadro vivo se mantuvo un momento.
Althea y su padre sostenían cada uno un extremo de la estaquilla.
Las lágrimas caían por el rostro demacrado de la joven.
El cabello, enmarañado en torno a su cara, se le pegaba a las mejillas.
Tenía los ojos muy abiertos, fijos y llenos de preocupación mientras contemplaba las profundidades de los ojos negros de su padre.
Sabía que no podía hacer nada por él, pero no se retrajo de su deber.
La mano libre de Ephron arañó la cubierta como si intentara encontrar un asidero en las tablas lijadas.
Consiguió inhalar otro aliento atragantado, borboteante.
Una espuma sanguinolenta comenzaba a formarse en las comisuras de sus labios.
Se arracimaron a su alrededor otros miembros de la familia.
La hermana mayor se agarraba a su madre, muda de dolor, pero la madre hablaba en voz baja para su cabello mientras la abrazaba.
La pequeña lloraba, presa de una suerte de terror, y se apretaba contra su confuso hermano pequeño.
El mayor de los nietos estaba apartado de su familia, con el semblante pálido y crispado como el de quien soporta una tortura.
Kyle estaba de pie, de brazos cruzados, a los pies del moribundo.
Brashen no tenía ni idea de qué pensamientos ocultaba aquel rostro impertérrito.
Se había formado un segundo círculo, a una respetuosa distancia del dosel.
La cariacontecida tripulación se había reunido, con los gorros en la mano, para presenciar el fallecimiento de su capitán.
—¡Althea! —llamó de pronto la mujer del capitán a su hija.
Al mismo tiempo, empujó a su hija mayor hacia delante, hacia su padre—.
Debes hacerlo —dijo en voz baja y extraña—.
Sabes que debes hacerlo. —Había una curiosa determinación en sus palabras, como si se estuviera obligando a afrontar una tarea de lo más desagradable.
La expresión de su hija mayor (Keffria, ese era su nombre) parecía combinar la vergüenza con el desafío.
Keffria se arrodilló junto a su hermana.
Extendió una mano pálida, trémula. Brashen pensó que iba a tocar a su padre.
En vez de eso, se aferró a la estaquilla entre la mano de Althea y la de su padre.
Mientras Keffria ejercía su inconfundible reclamación del barco al sujetar la estaquilla sobre la mano de Althea, su madre la reafirmó por ella—: Althea.
Suelta la estaquilla. El barco le corresponde a tu hermana por orden de nacimiento.
Y por la voluntad de tu padre. —La voz de la madre tembló al pronunciar estas palabras, pero las dijo con toda claridad.
Althea levantó la mirada con incredulidad, paseando los ojos por el brazo desde la mano agarrada a la estaquilla hasta el rostro de su hermana.
—¿Keffria? —preguntó desconcertada—. ¡No puedes hablar en serio!
La incertidumbre se propagó por la cara de la mayor. Miró de reojo a su madre.
—¡Sí! —declaró Ronica Vestrit, casi con ferocidad—. Así ha de ser, Althea. Así ha de ser, por el bien de todos.
—¿Papá? —preguntó Althea con voz trémula.
Los ojos oscuros de su padre no se habían apartado de su rostro en ningún momento. Su boca se abrió, se movió y pronunció una última palabra:
—… suelta…