Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 05 #6
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Fugazmente, intentó decirse que no debería sentirse dolido.

Sus padres no pretendían hacerle de menos excluyéndolo, y su hermana estaba bajo la presión del dolor.

Reconoció entonces la mentira y prefirió abrazar lo que sentía y, por tanto, entendía.

Su madre y su abuela estaban preocupadas.

Su padre y su hermana habían intentado herirlo y él había consentido que lo consiguieran.

Pero estas cosas habían ocurrido y estas sensaciones que experimentaba ahora no eran faltas a enmendar.

No podía rechazar los sentimientos, como tampoco debería intentar cambiarlos.

—Acéptalo y crece —se recordó, y sintió mitigarse el dolor. Luego fue en busca de una muda de ropa.

Brashen miró fija e incrédulamente a Althea.

Esto era lo último que necesitaba hoy, pensó tontamente, y se aferró a la rabia encerrada en ese pensamiento para alejar el pánico de su mente.

Cerró la puerta y se arrodilló en el suelo junto a Althea.

Había entrado en su camarote cuando la joven se negó en redondo a responder a sus golpes, suaves primero y violentos después, sobre la puerta.

Al empujar, enfadado, la puerta que no estaba cerrada con llave e irrumpir, esperaba encontrarla bufando y despotricando contra él.

En cambio la había encontrado despatarrada en el suelo de su camarote, con todo el aspecto de una heroína desmayada en una obra de teatro de tres al cuarto.

Solo que, en lugar de caer suavemente con las manos haciendo una almohada para su cara, Althea yacía con los dedos crispados sobre la cubierta, como si quisiera clavarlos en la madera.

Respiraba. Brashen vaciló antes de zarandearle un hombro.

—Ama —empezó con delicadeza; luego, enfadado—: Althea. ¡Despierta!

La joven soltó un quejido débil, pero no se movió.

La fulminó con la mirada. Debería llamar a voces al médico de a bordo, pero compartía la opinión de Althea sobre no montar ningún escándalo.

Sabía que preferiría que no la vieran así.

Al menos, eso se habría aplicado a la antigua Althea.

Esto de desmayarse y quedarse tendida en el suelo era tan impropio de ella como lo había sido fregar su camarote durante el largo viaje a casa.

Tampoco le gustaba su palidez ni la descarnada expresión de su rostro.

Examinó el desmantelado camarote, la levantó en vilo y la depositó sobre el colchón desnudo del catre.

—¿Althea? —preguntó de nuevo, y esta vez sus párpados temblaron, se abrieron.

—Cuando el viento colma tus velas, puedes cortar el agua como un cuchillo caliente la mantequilla —le dijo ella con una amable sonrisa.

Tenía la mirada distante, transfigurada, cuando clavó sus ojos en los de él.

Brashen estuvo a punto de sonreír, prendido en la inesperada intimidad de sus suaves palabras. Entonces se recompuso.

—¿Te has desmayado? —preguntó sin rodeos. La cautela asomó a los ojos de Althea.

—Me… No, no. Es solo que no soportaba… —Dejó la frase inacabada mientras se levantaba de la cama.

Trastabilló un paso, pero cuando él intentaba ya sujetarla del brazo, se enderezó apoyándose en un mamparo.

Contempló la pared como si esta le presentara una vista perfecta—.

¿Has dispuesto un lugar para él? —preguntó con voz ronca.

Brashen asintió. Ella asintió al unísono con él y Brashen reunió el valor para decir:

—Althea, comparto tu dolor. Era muy importante para mí.

—Todavía no está muerto —le espetó ella. Se frotó la cara con las manos y se echó el cabello hacia atrás. Luego, como si pensara que eso remediaba su desgreñada apariencia, pasó junto a él y cruzó la puerta del camarote.

Un momento después, él la siguió. Típico de Althea.

No concebía que pudiera existir nadie más aparte de ella.

Había descartado su dolor por lo ocurrido como si le hubiera ofrecido las palabras por simple cortesía.

Se preguntó si la joven se habría parado a pensar alguna vez en lo que significaba la muerte de su padre para él y para el resto de la tripulación.

El capitán Vestrit era el hombre más generoso y justo que hubiera zarpado nunca del Mitonar.

Se preguntó si Althea se imaginaba lo raro que era encontrar un capitán al que le preocupara el bienestar de su tripulación.

No. Claro que no. Ella nunca había subido a bordo de un barco donde las raciones consistían en pan con gorgojos y pegajoso cerdo salado convertido casi en veneno.

Nunca había visto a un hombre apaleado casi hasta la muerte por el primer oficial solo porque no se había movido lo bastante deprisa ante una orden.

Cierto era que el capitán Vestrit no toleraba desidia alguna en sus hombres, pero preferiría librarse de los holgazanes en el siguiente puerto de escala; jamás recurriría a la brutalidad.

Y conocía a sus hombres. No eran el primero que estuviera paseando por los muelles cuando necesitaba tripulación, eran hombres a los que había entrenado y puesto a prueba, a los que conocía a fondo.

Estos hombres también habían conocido a su capitán, y habían creído en él.

Brashen sabía que algunos habían renunciado a puestos más elevados en otras embarcaciones para seguir al lado de Vestrit.

Algunos marineros, según los estándares del Mitonar, eran demasiado viejos para trabajar en cubierta; pero Ephron los había mantenido por la experiencia que les daban sus años, y elegido con cuidado a los marineros jóvenes y fuertes que ponía a su lado para que aprendieran de ellos.

Les había confiado su barco y ellos le habían confiado su futuro.

Ahora que la Vivacia estaba a punto de ser de Althea, rezaba a Sa para que esta tuviera el honor y el sentido común de conservarlos y cuidar de ellos.

Muchos de los marineros más veteranos no tenían más hogar que la Vivacia .

Brashen era uno de ellos.