05 #5
Partieron cloqueando y piando como una banda de gallinas.
Wintrow se vio obligado a caminar tras sus pasos.
No sabía qué más hacer. Hacía cinco días que estaba en el Mitonar y todavía no tenía ni idea de por qué le habían hecho venir.
Su abuelo se moría; eso lo sabía, claro, pero no lograba entender qué esperaban que hiciera él al respecto, ni siquiera cómo esperaban que reaccionara.
Moribundo, el anciano era todavía más amedrentador que en vida.
Cuando Wintrow era un muchacho, era la fuerza bruta de la energía vital del hombre lo que lo acobardaba.
Ahora era la negrura de la muerte inminente, que rezumaba de él y vertía su oscuridad en el dormitorio.
De camino a casa, Wintrow había tomado la firme resolución de averiguar algo sobre su abuelo antes de que pereciera el anciano.
Pero ya era demasiado tarde para eso. En estas últimas semanas, todo el dominio de sí mismo que poseía Ephron Vestrit se había concentrado en la tarea de aferrarlo a la vida.
Se había agarrado torvamente a cada aliento y no debido a la presencia de su nieto.
No. Aguardaba tan solo el regreso de su barco.
Tampoco es que Wintrow hubiera pasado mucho tiempo con su abuelo.
En cuanto llegó, su madre apenas le había dado tiempo para quitarse el polvo del viaje de la cara y las manos antes de llevarlo con el anciano para presentarlo.
Desorientado tras su travesía y el accidentado viaje por las sofocantes y bulliciosas calles de la ciudad, le había costado asimilar el hecho de que esta mujer bajita y morena fuera la misma madre que había visto la última vez.
La estancia a la que lo llevó con tanta prisa tenía las cortinas echadas para mitigar el calor y la luz del día.
Dentro había una mujer sentada en una silla junto a la cama.
Imperaba en el cuarto un agrio olor a cerrado, y hubo de esforzarse para permanecer inmóvil cuando la mujer se levantó y lo abrazó.
Se aferró a su brazo en cuanto su madre lo soltó y tiró de él hacia el lecho.
—Ephron —había dicho en voz baja—. Ephron, ha venido Wintrow.
Y en la cama, una forma se agitó y tosió y masculló algo que podría haber sido un saludo. Wintrow se quedó allí plantado, maniatado por la presa de su abuela sobre su muñeca, y a destiempo ofreció un:
—Hola, abuelo. He venido a visitarte.
Si el anciano lo había escuchado, no se molestó en responder. Transcurridos unos momentos, su abuelo había vuelto a toser antes de inquirir con voz ronca:
—¿El barco?
—No. Todavía no —contestó su abuela con amabilidad.
Allí se habían quedado un rato más. Luego, cuando el anciano siguió sin moverse y sin prestarles más atención, su abuela dijo:
—Creo que ahora quiere descansar, Wintrow. Enviaré alguien a buscarte cuando se sienta un poco mejor.
Ese momento no había llegado. Ahora su padre estaba en casa, y la noticia de la inminente muerte de Ephron Vestrit parecía ser todo lo que ocupaba su mente.
Había mirado a Wintrow de refilón por encima del hombro de su madre al abrazarla.
Sus ojos se ensancharon y cabeceó en dirección a su primogénito, pero entonces su madre Keffria empezó a verter un torrente de malas noticias y todas sus complicaciones.
Wintrow se quedó al margen, como un extraño, mientras primero su hermana Malta y luego su hermano pequeño Selden daban la bienvenida a su padre con sendos abrazos.
Al fin se produjo una pausa en los lamentos de Keffria y Wintrow se adelantó para hacer una reverencia y estrechar las manos de su padre.
—Vaya. Mi hijo el sacerdote —lo saludó su padre, y Wintrow todavía no podía decidir si había percibido un dejo de sarcasmo en esas palabras. Lo siguiente no le sorprendió—: Tu hermana pequeña es más alta que tú. ¿Y por qué vas vestido con una túnica como si fueras una mujer?
—¡Kyle! —le reprochó su madre, pero su marido ya le había dado la espalda sin aguardar respuesta.
Ahora, siguiendo la partida de su tía, entró en la casa tras ellos.
Los adultos ya estaban discutiendo la mejor manera de trasladar a Ephron al barco y qué habría que traer o llevar más tarde.
Los niños, Malta y Selden los seguían, intentando hacer una pregunta tras otra a su madre y siendo siempre acallados por su abuela.
Y Wintrow caminaba tras todos ellos, sintiéndose ni adulto ni infante, sin formar parte de este carnaval de emociones.
Durante el viaje hasta aquí, había comprendido que no sabía qué esperar.
Y desde su llegada, esa sensación se había acrecentado.
Durante el primer día, casi todas sus conversaciones habían sido con su abuela, y habían consistido bien en exclamaciones por parte de ella sobre lo delgado que estaba, bien en amables remembranzas y reminiscencias que inevitablemente empezaban con un: «Supongo que no te acordarás de esto, pero…
». Malta, antaño tan apegada a él que casi parecía su sombra, le guardaba rencor ahora por haber vuelto a casa y reclamar la atención de su madre.
No habló con él de esto, sino que prefería hacer cortantes observaciones cuando su madre no estaba cerca, en teoría a los criados o a Selden.
No ayudaba el hecho de que con doce años ya fuera más alta que él y que tuviera más aspecto de mujer que él de hombre.
Nadie hubiera imaginado que él era el mayor.
Selden, poco más que un bebé cuando se fue, lo tomaba ahora por un pariente de visita al que no valía la pena conocer, puesto que sin duda pronto se iría.
Wintrow esperaba que Selden estuviera en lo cierto.
Sabía que no merecería la pena esperar a que su abuelo muriera y acabar con todo de una vez para que él pudiera regresar a su monasterio y su vida, pero también sabía que rechazar ese pensamiento no sería sino otro tipo de mentira.
Se habían detenido todos en un tumulto apretado frente a la puerta del moribundo.
Aquí bajaron la voz, como si estuvieran murmurando secretos, como si no debiera mencionarse su muerte en voz alta.
Para Wintrow no tenía sentido. Sin duda, esto era lo que anhelaba el anciano.
Se obligó a concentrarse en lo que se decía.
—Creo que lo mejor será no hablar para nada de esto —estaba diciéndole su abuela a su padre. Agarraba la manija de la puerta, sin girarlo. Casi parecía que estuviera cortándole el paso. A juzgar por el ceño fruncido de su padre, era evidente que Kyle Haven no estaba de acuerdo con su suegra.
Pero madre lo había tomado del brazo y lo miraba suplicante, asintiendo como un juguete.
—Eso solo lo disgustaría —adujo.
—Y sin ningún motivo —continuó su abuela, como si compartieran la misma mente—.
He tardado semanas en conseguir que vea las cosas igual que nosotros.
Consiente, pero a regañadientes. Cualquier tipo de queja en estos momentos reabriría el debate.
Y cuando lo asaltan la fatiga y el dolor, puede llegar a ser muy testarudo.
Hizo una pausa y ambas mujeres levantaron la vista hacia su padre, como si solicitaran su aprobación. Kyle ni siquiera asintió. Al cabo concedió, resentido:
—No sacaré el tema de inmediato. Llevémoslo antes a su barco. Eso es lo más importante.
—Exacto —convino la abuela Vestrit, y abrió la puerta.
Entraron. Pero cuando Malta y Selden intentaron seguirla, se apresuró a cerrarles el paso—.
Niños, corred a pedirle a la nana que os prepare una muda de ropa.
Malta, ve a la cocina y di que nos llevaremos una canasta de comida y que deberán organizar el envío de alimentos al barco.
—Su abuela se quedó callada al fijarse en Wintrow, como si no supiera qué hacer con él.
Luego cabeceó bruscamente—. Wintrow, a ti también te hará falta ropa para cambiarte.
Viviremos a bordo de la nave hasta que… Oh, cielos.
El color abandonó su rostro de improviso, suplantado por la aciaga comprensión.
Wintrow había visto antes esa expresión.
Más de una vez había acompañado a los sanadores cuando los llamaban, y más de una vez había poco o nada que pudieran hacer por el moribundo las hierbas, los tónicos y las imposiciones de manos.
En ocasiones así, lo más importante era lo que se podía hacer por los afligidos supervivientes.
Las manos de su abuela subieron como garras para aferrarse al cuello de su vestido largo y su boca se crispó como si la asaltara un fuerte dolor.
Wintrow sintió una oleada de genuina pena por la mujer.
—Oh, abuela —suspiró, y se acercó a ella. Pero cuando se adelantó para abrazarla y aliviar con el contacto parte de su sufrimiento, la anciana se retiró. Le dio una palmada como si quisiera apartarlo a empujones.
—No, no, estoy bien, tesoro. No hagas caso a la abuela. Tú ve y prepara tus cosas para estar listo cuando nos vayamos todos.
Acto seguido le cerró la puerta en la cara. Wintrow se quedó allí plantado, incrédulo. Cuando dio la espalda al umbral, descubrió que Malta y Selden lo observaban.
—En fin —dijo con voz monótona. Luego, con una desesperación que ni siquiera él mismo alcanzaba a comprender, buscó algún grado de afinidad con sus hermanos. Les sostuvo la mirada con franqueza—. Nuestro abuelo se muere —dijo con solemnidad.
—Lleva muriéndose todo el verano —repuso Malta, desdeñosa. Meneó la cabeza ante las cortas entendederas de Wintrow, antes de despedirlo dándole la espalda—. Vamos, Selden. Le diré a nana que prepare nuestras cosas.
Sin una mirada de reojo siquiera, se alejó con el pequeño y dejó a Wintrow allí plantado.