Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 05 #4
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Había abandonado la habitación y había recorrido medio pasillo cuando oyó lo que le había dicho a su padre.

¿Qué había querido decir con esa promesa?

¡Que se ocuparía de que muriera en la nao rediviva que durante tanto tiempo había comandado!

Era una curiosa definición de «salir bien».

Entonces, con inquebrantable certeza, supo que cuando llegara su hora, si conseguía morir en la cubierta de la Vivacia , todo saldría bien también para ella.

Se frotó la cara, sintiéndose como si acabara de despertar.

Tenía las mejillas húmedas. Estaba llorando.

No había tiempo para eso ahora mismo. No había tiempo para los sentimientos, para las lágrimas.

Al cruzar corriendo la puerta para salir a la cegadora luz del sol, a punto estuvo de estrellarse contra un tumulto de personas allí congregadas.

Pestañeó y el grupo de pronto adquirió la forma de su madre, Kyle, Keffria y los niños.

La miraron en silencio. Por un instante, les devolvió una mirada sobrecogida. Luego:

—Tengo que ir a preparar el barco —les dijo a todos—. Dadme una hora. Luego bajad a papá.

Kyle frunció el ceño con expresión sombría e hizo ademán de hablar, pero antes de que tuviera ocasión, su madre asintió y respondió con voz monótona:

—Hazlo. —Le costó pronunciar aquella palabra, y Althea la vio esforzarse por deshacer el nudo de dolor que le cerraba la garganta—. Date prisa —consiguió decir finalmente; Althea asintió.

Empezó a cruzar a pie el camino de entrada. En el tiempo que tardaría un corredor en bajar a la ciudad y enviar una calesa a buscarla, podría llegar casi a la nave.

—¡Por lo menos que la acompañe un criado! —oyó exclamar airadamente a Kyle a su espalda, y en voz más baja su madre repuso:

—No. Que se vaya, dejad que se vaya. Ya no hay tiempo para preocuparse por las apariencias. Lo sé. Ayudadme a preparar una camilla para él.

Cuando Althea llegó a los muelles, tenía el vestido empapado de sudor.

Maldijo el destino que condenaba a las mujeres a soportar aquel atuendo.

Un instante después estaba dando las gracias al mismo Sa contra el que antes despotricaba, pues se había abierto un espacio en los Muelles de Aduanas y estaban colocando la Vivacia en su sitio.

Aguardó con impaciencia, antes de remangarse las faldas y saltar del muelle a sus cubiertas mientras amarraban el barco.

Gantry, el primer oficial de Kyle, estaba en la cubierta de proa, con las manos en las caderas.

Se sobresaltó al verla. Había pasado recientemente por algún tipo de reyerta.

Tenía un lado de la cara hinchado y ya algo amoratado.

Descartó esa preocupación de su mente; era labor del primer oficial mantener a la tripulación a raya, y el primer día de regreso al puerto podía ser complicado.

La libertad estaba muy cerca, y la orilla y los marineros de cubierta no siempre hacían buena pareja.

Pero las arrugas de su frente parecían obedecer a su presencia.

—Ama Althea, ¿qué haces aquí?

En otras circunstancias, se habría permitido el lujo de ofenderse por su tono de voz. Pero ahora se limitó a responder:

—Mi padre se está muriendo. He venido a preparar la nave para recibirlo.

Gantry no parecía menos hostil, pero había deferencia en su voz cuando preguntó:

—¿Cuáles son sus deseos?

Althea se llevó las manos a las sienes. Cuando murió su abuelo, ¿qué habían hecho? Hacía mucho tiempo, pero se esperaba de ella que supiera estas cosas. Inspiró hondo para serenarse y se acuclilló para apoyar una mano en la cubierta. Vivacia . Tan próxima a despertar.

—Tenemos que levantar un pabellón en la cubierta. Aquí. Bastará con lonas, y montadlo de modo que lo refresque la brisa.

—¿Por qué no instalarlo en su camarote? —quiso saber Gantry.

—No es así como se hace —dijo secamente Althea—. Es preciso que esté aquí afuera, sobre la cubierta, sin nada que se interponga entre el barco y él. Debe haber sitio para que toda la familia sea testigo. Monta unos bancos con tablas para los que velen al moribundo.

—Tengo un barco que descargar —soltó Gantry—. Parte de la carga es perecedera. Hay que bajarla. ¿Cómo va a hacer eso mi tripulación y montar este pabellón y trabajar con la cubierta llena de gente? —le preguntó, a la vista de todos los hombres. Había algo de desafío en su tono.

Althea se lo quedó mirando, preguntándose qué mosca había picado para que se pusiera a discutir con ella justo ahora.

¿Es que no se daba cuenta de lo importante que era esto?

No, seguramente no. Estaba ahí por recomendación de Kyle; no sabía nada del avivamiento de una nao rediviva.

Casi como si su padre estuviera junto a ella, oyó cómo su boca articulaba la orden familiar que había dado siempre a Brashen en tiempos difíciles. Enderezó la espalda.

—Apáñatelas —le soltó. Miró en derredor.

Los marineros habían interrumpido sus quehaceres para asistir a la conversación.

En algunos rostros vio simpatía y comprensión, en otros tan solo la avidez con que asisten los hombres a un duelo de voluntades.

Imprimió un gruñido a su voz—: Si no puedes ocuparte de esto, pon a Brashen al mando.

Para él no será ningún reto. —Hizo ademán de girarse, antes de encararse de nuevo con Gantry—.

De hecho, esa es la mejor solución. Encarga a Brashen los preparativos para la llegada del capitán Vestrit.

Es su primer oficial, es lo justo. Tú ocúpate de descargar las mercancías de tu capitán.

—A bordo solo puede haber un capitán —observó Gantry. Apartó la mirada como si no se dirigiera a ella, pero Althea decidió responder de todos modos:

—Eso es cierto, marinero. Y cuando el capitán Vestrit está a bordo, solo hay un capitán.

Dudo que encuentres muchos hombres a bordo que lo pongan en duda.

—Apartó la mirada de él para dirigirla hacia el carpintero del navío.

Por mucho que despreciara a ese hombre, su lealtad para con su padre siempre había sido absoluta.

Sus ojos se cruzaron y lo llamó—: Ayuda a Brashen en todo lo que requiera.

Date prisa. Mi padre llegará enseguida. Si esta es la última vez que pone el pie a bordo, me gustaría que viera la Vivacia en orden y a la tripulación ocupada.

Este simple ruego era todo cuanto necesitaba.

Una súbita comprensión se adueñó del semblante del marinero, y la mirada que dirigió al resto de la tripulación propagó deprisa la noticia.

Esto era real, esto era urgente. El hombre a cuyas órdenes habían servido, algunos durante más de dos décadas, venía a morir.

A menudo había alardeado de que la suya era la mejor tripulación que había zarpado nunca del Mitonar; Sa sabía que la paga que recibían era mayor de la que obtendrían en cualquier otro velero.

—Buscaré a Brashen —le aseguró el carpintero, y se alejó con paso decidido.

Gantry tomó aliento como si quisiera llamarlo.

En vez de eso, se interrumpió por un instante y empezó a ladrar órdenes para que se continuara descargando la nave.

Se giró lo suficiente como para no tener a Althea a la vista.

La habían despedido. Althea sufrió un reflejo de ira antes de recordar que no tenía tiempo para su mezquina insolencia.

Su padre se moría. Acudió al velero para encargar un corte de lona limpia.

Cuando volvió a la cubierta, Brashen estaba allí hablando con el carpintero del navío.

Indicaba los aparejos con gestos mientras discutían cómo colgar las lonas.

Cuando se giró para mirarla de soslayo, Althea vio un chichón sobre su ojo izquierdo.

De modo que el primer oficial había tenido su reyerta con él.

Bueno, fuera lo que fuese, se había resuelto por los cauces habituales.

Le quedaba poco por hacer, salvo observar.

Había puesto a Brashen a cargo de la situación y él había aceptado.

Una cosa había aprendido de su padre: cuando se pone un hombre al mando de algo, no se puede estar encima de él mientras lo hace.

Tampoco quería que Gantry refunfuñara que estaba en medio.

A falta de otro lugar al que retirarse con dignidad, buscó su camarote.

Estaba desocupado, salvo por la pintura de la Vivacia .

Al ver las estanterías vacías, sintió que se le encogía el corazón.

Todas sus pertenencias estaban bien recogidas y apiladas en varias cajas abiertas y ordenadas en el cuarto.

Sobre la cubierta había tablas, clavos y un martillo.

Así que esto era lo que había dejado de hacer Brashen.

Se sentó en el colchón de terliz de su catre y contempló las cajas.

La industriosa criatura que habitaba en su interior quería ponerse en cuclillas y clavar las tablas en su sitio.

El desafío la instaba a desembalar sus cosas y volver a ponerlas en su correspondiente lugar.

Estaba atrapada entre estas dos aguas, y por un momento no hizo nada.

Entonces, con sobrecogedora rapidez, el dolor se apoderó de ella.

Sus sollozos no lograban salir a la superficie, ni siquiera podía tomar aire por culpa del nudo que tenía en la garganta.

Su necesidad de llorar era una presión tremenda que la estrangulaba.

Se quedó sentada en su catre, boquiabierta y sin resuello.

Cuando consiguió introducir aire en los pulmones, solo pudo hipar.

Las lágrimas caían por sus mejillas, y no tenía pañuelo, nada salvo su manga o sus faldas, y ¿qué tipo de persona insensible era la que podía pensar en pañuelos en un momento así?

Escondió la cabeza entre las manos y, por fin, se permitió llorar.