05 #3
Las pocas veces que su mirada se cruzó con la de Kyle, la expresión de este la sorprendió.
En su primer encuentro, parecía casi horrorizado.
Un segundo vistazo le mostró su semblante pensativo, pero la última vez que lo vio observándola fue la más sobrecogedora, pues él asintió y sonrió con calidez, alentador.
Era la misma expresión que hubiera dedicado a su hija Malta si esta hubiera aprendido bien sus lecciones.
Althea soslayó su mirada con rostro inexpresivo, y contempló las plácidas aguas de Bahía Comercio.
La pequeña lancha de remos tocó un muelle con el morro.
Althea se dejó ayudar a subir al muelle como si fuera una inválida; tal era el incordio de las faldas, los chales y los sombreros que entorpecían la vista.
Llegó al muelle, y por un instante Grig la irritó aferrándose a ella más tiempo del imprescindible.
Se zafó de su brazo y lo miró de soslayo, esperando encontrar picardía en sus ojos.
Vio preocupación, en cambio, y esta se pronunció un momento después cuando una oleada de vértigo hizo que se agarrara a su brazo.
—Tengo que acostumbrarme a pisar tierra firme —se disculpó, y volvió a separarse de él.
Kyle había anunciado su llegada y les aguardaba una calesa abierta. El escuálido muchacho que la conducía les cedió el asiento en sombra.
—¿No hay bolsas? —grajeó.
Althea meneó la cabeza.
—No hay bolsas, conductor. Llévanos a la casa de Vestrit. Está en el Círculo de Mercaderes.
El joven medio desnudo asintió y le tendió una mano mientras ella se encaramaba al pescante. Cuando Kyle se hubo sentado a su lado, el muchacho saltó ágilmente al lomo de la jaca y chasqueó la lengua. Los cascos empapados repicaron sobre las tablas del muelle.
Althea mantuvo la mirada fija al frente mientras la calesa cambiaba los muelles por las calles adoquinadas del Mitonar, y se abstuvo de entablar conversación.
Bastante tenía con sentarse al lado de Kyle.
No pensaba molestarse en charlar con él.
El bullicio de los transeúntes y las carretas, el clamor de los regateos, los olores de los restaurantes a pie de calle y las tiendas de té se le antojaban distantes.
Cuando su padre y ella desembarcaban, lo normal era que su madre estuviera esperándolos.
Salían de los muelles a pie, con su madre desgranando el informe de lo acontecido desde la última vez que zarparon.
Lo más probable era que se detuvieran en alguna tienda de té para comprar bollos dulces recién horneados y té frío antes de reanudar el paseo a casa. Althea suspiró.
—¿Althea? ¿Estás bien? —se entrometió Kyle.
—Todo lo bien que cabría esperar, gracias —repuso ella, envarada.
Kyle jugueteó con los dedos y carraspeó como si se dispusiera a añadir algo.
La salvó el muchacho al detener la yegua justo delante de su casa.
Estaba junto a la calesa, ofreciéndole la mano, antes de que Kyle pudiera pestañear siquiera.
Althea le sonrió mientras bajaba y él imitó su gesto.
Un momento después, la puerta de la casa se abría de golpe y Keffria salía a la calle corriendo y gritando:
—Oh, Kyle, Kyle, cuánto me alegra que estés en casa. ¡Es todo espantoso! —Selden y Malta pisaban los talones a su madre mientras esta se abalanzaba sobre su marido para abrazarlo. Otro muchacho los seguía azorado. Parecía familiar; probablemente algún primo de visita o algo así.
—Yo también me alegro de verte, Keffria —musitó con sarcasmo Althea, y se encaminó hacia la puerta.
Dentro de la mansión imperaban el frío y las sombras.
Althea se quedó quieta un momento, permitiendo agradecida que sus ojos se acostumbraran.
Una mujer que no reconoció apareció con una palangana de agua perfumada y una toalla y empezó a ofrecerle la bienvenida a la casa. Althea la despidió con un gesto.
—No, gracias. Soy Althea, vivo aquí. ¿Dónde está mi padre? ¿En su salón?
Le pareció ver un destello de lástima en los ojos de la mujer.
—Hace varios días desde que se sintió lo bastante bien como para disfrutar de esa sala, ama Althea. Está en su dormitorio y su madre está con él.
Los zapatos de Althea repicaron sobre las baldosas del suelo mientras corría por el pasillo. Antes de llegar a la puerta, su madre apareció en la entrada, con la frente arrugada de preocupación.
—¿Qué sucede? —quiso saber, y luego, al reconocer a Althea, exclamó aliviada—: ¡Oh, has vuelto! ¿Y Kyle?
—Fuera. ¿Padre está enfermo todavía? Han pasado meses, pensé que ya se habría…
—Tu padre se muere, Althea —dijo su madre.
Mientras Althea retrocedía ante el mazazo de su franqueza, reparó en la opacidad de los ojos de su madre.
Había líneas en su rostro que antes no estaban, una pesadez en sus labios y una curva en sus hombros que no recordaba.
Mientras su corazón se detenía por la conmoción, comprendió que las palabras de su madre no eran crueles, sino desesperadas.
Le había dado la noticia enseguida, como si así pudiera ahorrarle el dolor de descubrirlo por sí sola.
—Oh, madre —murmuró, y se acercó a ella, pero su madre agitó las manos rechazándola. Althea se detuvo de inmediato. Ronica Vestrit nunca había sido dada a los abrazos emocionados y las lágrimas sobre los hombros. Quizá el pesar le doblara la espalda, pero no la había derrotado.
—Ve a ver a tu padre —le dijo a Althea—.
Pregunta por ti casi a cada hora. Debo hablar con Kyle.
Hay cosas por hacer, y me temo que no nos sobra el tiempo.
Entra con él, venga. Vamos. —Le dio dos rápidas palmadas en el brazo y pasó junto a ella.
Althea oyó el tabaleo de sus zapatos y el roce de sus faldas mientras cruzaba el pasillo.
Miró de reojo una vez tras ella y abrió la puerta del dormitorio de su padre.
No estaba familiarizada con ese cuarto. Cuando era pequeña, tenía prohibida la entrada.
Cuando su padre volvía a casa después de sus viajes, su madre y él pasaban allí el tiempo juntos, y a Althea le amargaban las mañanas en que no se le permitía interrumpir su descanso.
Cuando se hizo lo bastante mayor como para comprender por qué valoraban sus padres el tiempo que pasaban a solas durante las breves visitas de Ephron, se alejó del cuarto a propósito.
Aun así, recordaba la habitación como una cámara espaciosa y luminosa de altas ventanas, decorada con muebles exóticos y telas conseguidas en muchos viajes.
Las paredes blancas mostraban abanicos de plumas y máscaras de nácar, tapices de cuentas y paisajes de cobre batido.
El cabecero de la cama era de teca tallada, y en invierno el grueso colchón siempre estaba cubierto de edredones de plumas y mantas de piel.
Durante los veranos había jarrones de flores junto al lecho y frescas sábanas de algodón perfumadas con rosas.
La puerta se abrió a la penumbra. El aceite de rosas había sido sustituido por la densa acritud de la enfermedad y el intenso olor de las medicinas.
Las ventanas estaban cerradas, corridas las cortinas contra el esplendor del día.
Althea entró insegura en la sala mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad.
—¿Papá? —preguntó dubitativa en dirección al silencioso bulto de la cama. No hubo respuesta.
Se acercó a la ventana y apartó las pesadas cortinas de encajes para permitir la entrada de la oblicua luz del atardecer.
Una esquina de luz cayó sobre la cama, iluminando una exangüe mano amarilla que descansaba sobre las colchas.
Le recordó a la enjuta zarpa agarrotada de un pájaro muerto.
Cruzó la estancia hasta la silla que había junto al lecho y ocupó el que sabía que era el lugar de su madre.
Pese al amor que sentía por su padre, experimentó un desagrado momentáneo al tomar esa mano inerte en la suya.
Los músculos y las callosidades habían huido de aquellos dedos.
Se inclinó hacia delante para mirarlo a la cara.
—¿Papá? —volvió a preguntar.
Ya estaba muerto. O eso le pareció tras ese primer vistazo a su rostro. Escuchó entonces el chirrido de una inspiración.
—Althea —exhaló él con la voz cascada por las flemas.
Sus párpados legañosos se obligaron a abrirse.
La penetrante mirada negra se había esfumado.
Estos ojos estaban hundidos e inyectados en sangre, con el blanco amarillento.
Tardó un momento en encontrarla. La contempló y Althea intentó por todos los medios suavizar el horror de su cara.
—Papá, estoy en casa —le dijo con fingido alborozo, como si eso pudiera suponer alguna diferencia para él. La mano de Ephron tembló débilmente en la suya y sus ojos se volvieron a cerrar.
—Me muero —dijo con rabia y desesperación.
—Oh, papá, no, te pondrás mejor, te…
—Silencio. —No fue más que un susurro, pero la orden provino tanto de su capitán como de su padre—. Solo importa una cosa. Llévame a la Vivacia . Tengo que morir en su cubierta. Debo hacerlo.
—Lo sé —dijo ella. El dolor que acababa de empezar a desplegarse en su corazón se sofocó. No había tiempo para él, no justo ahora—. Prepararé las cosas.
—Ahora mismo —la advirtió él. Su susurro sonaba borboteante, asfixiado. Una oleada de desolación cubrió a Althea, pero enderezó los hombros.
—No te fallaré —le prometió. La mano de su padre tembló de nuevo y se zafó de la suya—. Iré de inmediato.
Mientras se incorporaba, Ephron se atragantó antes de conseguir exhalar:
—¡Althea! —Se quedó paralizada en el sitio. Su padre pugnó por tomar aire y por fin logró boquear—: Keffria y sus hijos. No son como tú. —Tomó otro aliento apresurado—. Tenía que ocuparme de ellos. Tenía que hacerlo. —Intentó encontrar más aire con el que hablar, pero no lo consiguió.
—Claro que sí. Te has ocupado bien de todos nosotros. No pienses en eso. Todo va a salir bien. Te lo prometo.