05 #2
Parecía preocupado. Más le valía. Las cosas más insignificantes podían acabar con la paciencia de una tripulación que llevaba mucho tiempo a las órdenes de un capitán demasiado estricto.
Un alma en pena deambulando por las cubiertas podría desembocar en cualquier cosa.
Aun así, ella no podía hacer nada al respecto.
—Los marineros y sus supersticiones —se burló, pero no pudo encontrar demasiada fuerza que imprimir a su voz—. Déjalo, Brashen. Estoy bien. —Volvió a empujar la puerta y esta vez Brashen permitió que se la cerrara en la cara.
Althea apostaría que Kyle no sabía nada de esa visita.
Se había tumbado de nuevo en el suelo y, cerrando los ojos, se sumergió en su comunión con la nave.
Sintió a Brashen demorándose frente a la puerta otro momento y luego percibió su brusca retirada, de vuelta a sus quehaceres.
A esas alturas ya se había olvidado de él y consideraba, en cambio, el agua que volaba bajo su quilla mientras el viento puro la impulsaba como una flecha.
Días después, la Vivacia saboreó las aguas de su hogar, reconoció la corriente que la empujaba con suavidad hacia Bahía Comercio y agradeció las aguas mansas de la misma bahía.
Cuando Kyle ordenó botar dos lanchas para ayudar a fondear la Vivacia , Althea se sintió despertar. Se levantó para mirar por la ventana.
—En casa —se dijo, y—: Padre.
Sintió una oleada de anticipación por parte de la misma Vivacia a modo de respuesta.
Dio la espalda a la portilla y abrió su caja de mar.
En el fondo estaban sus ropas de puerto, prendas «adecuadas» para vestir en el trayecto de los muelles a su casa.
Era una concesión que su padre y ella habían hecho a su madre años atrás.
Cuando el capitán Vestrit se paseaba por la ciudad, siempre iba impecable con unos pantalones azules y un abrigo encima de la gruesa camisa blanca, cargada de encajes.
Era apropiado. Era un antiguo mercader y un capitán de renombre.
A Althea no le hubiera importado lucir el mismo atavío, pero su madre insistía en que daba igual cómo vistiera a bordo, en el puerto y en la ciudad debía llevar faldas.
Al menos eso la distinguía de la servidumbre.
Su madre siempre añadía que, al fijarse en su piel, su pelo y sus manos, nadie pensaría que era una dama, y menos la hija de una familia de antiguos mercaderes.
Pero no habían sido las reprimendas de su madre, sino un consejo de su padre lo que la había convencido de que claudicara: «No avergüences a tu barco», le había dicho. Era cuanto necesitaba.
De modo que, en medio del bullicio de la tripulación que estaba echando el ancla y asegurando la Vivacia para su estancia en el puerto, Althea tomó agua caliente de la perola de los fogones y se bañó en su camarote.
Se puso sus ropas de puerto: enaguas y faldas, blusa y chaleco y chal de encaje y una ridícula caperuza con cintas con la que constreñir su cabello.
Lo remataba todo un sombrero de paja fastidiosamente adornado con plumas.
Fue cuando se ponía la faja del vestido y se ataba los cordones del chaleco cuando comprendió que Brashen tenía razón.
Sus ropas colgaban de ella como los harapos de un espantapájaros.
El espejo le mostró sus oscuras ojeras y unas mejillas chupadas.
El gris paloma de su atuendo y el dobladillo azul celeste acentuaban su aspecto de enferma.
Hasta sus manos habían perdido carne, con los huesos de la muñeca y los dedos marcándose.
Curioso, pero no se preocupó. No había sido distinto, se dijo, del ayuno y el aislamiento que podía practicar uno para buscar la guía de Sa.
Solo que, en vez de Sa, había sido el espíritu de la nave lo que la había poseído.
Había valido la pena. Casi daba gracias a Kyle por haberlo propiciado. Casi.
Salió a la cubierta, parpadeando ante la brillante luz de la tarde que rebotaba en las plácidas aguas.
Alzó la mirada y recorrió las paredes de la cuenca del puerto.
El Mitonar se extendía a lo largo de la orilla como las mercancías de vivos colores en su plaza.
El olor a tierra impregnó a Althea. Los Muelles de Aduanas eran un hervidero de actividad, como siempre.
Los barcos que entraban en el Mitonar siempre debían dar parte allí antes de nada, para que los inspectores del sátrapa pudieran examinar y gravar las nuevas mercancías al tiempo que se descargaban.
La Vivacia tendría que aguardar su turno; parecía que el Dorado estuviera casi listo para zarpar.
Ocuparían esa dársena, entonces, en cuanto estuviera despejada.
Sus ojos buscaron instintivamente su hogar; podía ver una esquina de las paredes blancas de la casa; el resto quedaba oculto por los árboles de sombra.
Frunció el ceño ante los cambios que vio en las colinas circundantes, pero luego los descartó.
La tierra y la ciudad tenían poco que ver con ella.
Su impaciencia y su preocupación por la salud de su padre se mezclaban con una extraña renuencia a abandonar la Vivacia .
Todavía no habían botado la lancha del capitán; por tradición, debería ir a la orilla en ella.
No le entusiasmaba la idea de volver a ver a Kyle, y menos de compartir un paseo en barca con él.
Pero tampoco le parecía una incomodidad tan significativa como lo habría sido un par de semanas atrás.
Ahora sabía que él jamás podría separarla de la Vivacia .
Estaba ligada a la nave; el barco no toleraría navegar sin ella.
Kyle era un incordio en su vida, pero sus amenazas habían dejado de tener peso.
Cuando hubiera hablado con su padre, este comprendería lo que había ocurrido.
Se enfadaría con ella por lo que le había dicho a Kyle sobre sus motivos para casarse con Keffria.
Al recordar ahora sus palabras, Althea torció el gesto.
Su padre se enfadaría con ella y se lo tendría bien merecido.
Pero lo conocía demasiado bien como para temer que fuera a separarla ahora de la Vivacia .
Se descubrió en la cubierta de proa, con medio cuerpo colgando fuera del bauprés para contemplar el mascarón. Los ojos tallados seguían cerrados, pero no importaba. Althea había compartido sus sueños.
—No te caigas.
—Pierde cuidado —le respondió a Brashen sin darse la vuelta.
—Lo haría, por lo general. Pero, con lo pálida que estás, temía que te marearas y cayeras de cabeza por la borda.
—No. —Ni siquiera lo había mirado de soslayo. Deseaba que se fuera.
Cuando habló de nuevo, la voz de Brashen había adoptado un tono formal:
—Ama Althea, ¿tiene equipaje que desee bajar a la orilla?
—Solo el cofre que hay detrás de la puerta de mi camarote. —Contenía la seda y los pequeños regalos para su familia. Se había ocupado de embalarlo todo hacía días.
Brashen carraspeó azorado. No se marchó. Althea se volvió hacia él, irritada.
—¿Qué?
—El capitán me ha ordenado que la ayude en todo lo necesario para despejar el, uh, camarote de oficiales de sus posesiones.
—Brashen estaba muy erguido y sus ojos miraban por encima de los hombros de Althea.
Por primera vez en meses, lo vio de verdad.
¿Cuánto le había costado descender de primer oficial a marinero, tan solo para permanecer a bordo de este barco?
Ella había sufrido la afilada lengua de Kyle una sola vez; había perdido la cuenta de las veces que él o su primer oficial habían dado algo que hacer a Brashen.
Pero aquí seguía, comunicando una orden desagradable de cuyo acierto dudaba y haciendo todo lo posible por darla como un verdadero oficial de navío.
Habló más para sí que para él cuando dijo:
—Sin duda, habrá gozado mucho asignándote esta tarea.
Brashen no respondió. Los músculos de su mandíbula se tensaron un ápice, pero se mordió la lengua. Incluso ahora se resistía a criticar las órdenes de su capitán. No tenía remedio.
—Solo el cofre, Brashen.
Este tomó aire como si acabara de tragarse un ancla.
—Ama Althea, se me ha ordenado desalojar sus pertenencias de ese camarote.
Althea apartó la mirada. De pronto, las ínfulas de Kyle la agotaban. Que creyera que se había salido con la suya por ahora; su padre pronto se encargaría de enmendar las cosas.
—Entonces cumple con tu deber, Brashen. No te guardaré rencor por ello.
Brashen se quedó paralizado.
—¿No quiere ocuparse usted misma? —Estaba tan conmocionado que ni siquiera añadió «ama Althea».
La joven le dedicó el fantasma de una sonrisa.
—Te he visto colocar la mercancía. Apuesto que harás un buen trabajo.
Por un momento más, él se demoró junto a ella como si esperara su indulto. Althea lo ignoró. Transcurrido un instante, oyó cómo se giraba y se alejaba por la cubierta con paso ligero. Volvió a contemplar la faz de la Vivacia . Asió la barandilla con fuerza y juró a la nave que jamás la abandonaría.
—La lancha ya está esperándola, ama Althea.
El tono de voz del hombre implicaba que ya le había hablado, posiblemente, más de una vez. Se enderezó y descartó sus sueños a regañadientes.
—Voy —dijo sin ánimo, y lo siguió.
Llegó a la ciudad montada en la lancha, de cara a Kyle pero sentada tan lejos de él como le era posible.
Nadie habló con ella. Salvo para impartir las órdenes necesarias, nadie decía nada.
Varias veces captó inquietas miradas de soslayo de parte de los remeros.
Grig, siempre tan atrevido, se aventuró a guiñarle un ojo y sonreírle.
Althea intentó sonreír a su vez, pero era como si no lograra recordar cómo hacerlo.
Una poderosa quietud parecía haberla atenazado nada más abandonar el barco; una suerte de espera del alma, pendiente de ver qué ocurría a continuación.