Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 05
15%

05

El Mitonar

Diecisiete días. Althea se asomó a la diminuta portilla de su camarote y vio cómo se aproximaba el Mitonar.

Los palos desnudos de carabelas y carracas forestaban los muelles que se alineaban en la plácida bahía.

Entre las naves ancladas y la orilla se afanaban embarcaciones de menor tamaño. Estaba en casa.

Había pasado diecisiete días encerrada en esta cámara, saliendo solo lo imprescindible, y eso durante las guardias en que Kyle estaba dormido.

Los primeros días habían sido de furia abrasadora y ocasionales lágrimas mientras clamaba contra esta injusticia.

Infantilmente, había jurado soportar la restricción que se le había impuesto solo para poder quejarse de ella ante su padre al final del viaje.

—¡Mira lo que me has hecho hacer! —dijo para sí, y sonrió de forma casi imperceptible.

Era lo que solía gritar cuando era pequeña y discutía con Keffria.

La ruptura medio deliberada de un plato o un jarrón, la caída de un caldero de agua, el desgarro de un vestido: «¡Mira lo que me has hecho hacer!

». Keffria se lo había chillado a una enervante hermana pequeña tantas veces como se lo había gritado Althea a una opresora hermana mayor.

Ese había sido solo el principio de su retraimiento.

Por etapas se había vuelto taciturna o furiosa, pensando en todo lo que diría si Kyle osaba plantarse en su puerta, ya fuera para asegurarse de que lo estaba obedeciendo o para anunciar que retiraba su castigo.

Mientras aguardaba esa ocasión, releyó todos sus libros y pergaminos, e incluso extendió la seda y consideró la posibilidad de empezar el vestido ella misma.

Pero su talento con la aguja era más adecuado para la lona que para la seda, y el tejido era demasiado delicado como para arriesgarse a estropear el trabajo.

Remendó, en cambio, todas sus ropas de faena.

Pero incluso esa tarea tocó a su fin, y había descubierto que odiaba las vacías horas ociosas que se extendían ante ella.

Una noche, irritada por los confines de su pequeño catre, había tirado la colcha al suelo y se había tendido encima mientras leía por enésima vez el Diario de un mercader de Deldom. Allí se quedó dormida. Y soñó.

De pequeña, a menudo se echaba siestas en las cubiertas de la Vivacia o pasaba las noches tumbada en el suelo de los aposentos de su padre leyendo sus libros.

Dormitar siempre le traía vívidos sueños y fantasías semioníricas.

Al hacerse mayor, su padre le echó en cara esa conducta y procuró que tuviera trabajo de sobra y nada de tiempo para dormir en la cubierta.

Al recordar sus antiguos sueños, los atribuía a la viva imaginación de una niña.

Pero esa noche, en el suelo de su propio camarote, el color y el detalle de los sueños de su infancia volvieron a ella.

El sueño era demasiado vívido como para considerarlo un producto de su mente.

Soñó con su bisabuela, una mujer que no había llegado a conocer, pero en su sueño conocía a Talley tan bien como a sí misma.

Talley Vestrit se paseaba por las cubiertas con paso vivo, gritando órdenes a los marineros que trastabillaban en medio de un laberinto de velas, cabos y maderas astilladas en el seno de una fuerte tormenta.

En un instante, veloz como un recuerdo, Althea supo lo que había ocurrido.

El mar embravecido se había cobrado el palo y al primer oficial, y la capitana Vestrit se había unido a la tripulación para intentar restaurar el orden y la cordura con sus confiados aullidos.

No se parecía en nada a su retrato; aquí no había ninguna mujer dócilmente sentada en su silla, vestida con negra lana y blancos encajes, con un marido de expresión austera de pie a su lado.

Althea siempre había sabido que su bisabuela había encargado la construcción de la Vivacia .

En ese sueño, sin embargo, no era solo la mujer que había acudido a los prestamistas y los constructores de buques; era una mujer que amaba el mar y los barcos, y que había determinado con valentía el rumbo de los descendientes de su familia con su decisión de poseer una nao rediviva.

Oh, vivir en aquella época, cuando una mujer podía esgrimir semejante autoridad…

El sueño fue breve, con la imagen que imprime en la vista el destello de un relámpago, pero cuando despertó con la mejilla y las palmas pegadas a la cubierta de madera, no tuvo ninguna duda sobre su visión.

Eran demasiados los detalles que se habían impreso en ella tan deprisa.

En su sueño, la Vivacia lucía un aparejo de proa a popa, o lo que quedaba de uno tras la furia de la tormenta.

Althea nunca la había visto así equipada.

Comprendió de inmediato las ventajas de ese aparejo y, mientras duró el sueño, compartió la fe de su bisabuela en él.

Resultaba vertiginoso despertar y descubrirse siendo Althea tras haber estado tan inmersa en Talley.

Horas después, todavía podía cerrar los ojos y recordar la noche de la tormenta, el verdadero recuerdo de Talley mezclado con el de ella como un naipe extraño en un mazo.

Se lo había transmitido la Vivacia ; no podía ser de otro modo.

Aquella noche, se había propuesto dormir en la cubierta de su camarote.

Las tablas aceitadas y enceradas no eran muy cómodas, pero se tendió sin interponer mantas ni colchones entre su cuerpo y ellas.

La Vivacia recompensó su confianza. Althea había pasado una tarde con su abuelo mientras este navegaba con cuidado por uno de los canales más angostos de las Islas del Perfume.

Vio por encima de su hombro las rocas que sobresalían, fue testigo de cómo botaba una barca para que los hombres los remolcaran más deprisa por un lugar accesible solo durante determinada marea.

Era su secreto, y había desembocado en el monopolio de la familia Vestrit sobre cierta savia que se secaba en gotas de deliciosa fragancia.

Nadie había remontado ese canal para comerciar con las aldeas del lugar desde la muerte de su abuelo.

Como todos los capitanes, se llevó a la tumba más de lo que tuvo ocasión de transmitir a sus descendientes.

No había dibujado ningún mapa. Pero esos conocimientos no se habían perdido, sino que estaban guardados en la Vivacia , y despertarían con ella cuando se avivara.

Althea ya tenía el convencimiento de que podría conducir la nave por ese canal, tal era el grado de detalle con que le había transmitido sus secretos.

Una noche tras otra, se tendía en la cubierta de madera y soñaba con su barco.

Incluso de día yacía ahí, con la mejilla pegada a las tablas, cavilando sobre su futuro.

Se sensibilizó a la Vivacia , desde el estremecimiento de su cuerpo de madera cuando afrontaba un brusco cambio de rumbo, a los plácidos sonidos que hacía la madera cuando el viento la empujaba en una dirección firme.

Las voces de los marineros y el ligero tronar de sus pies sobre las cubiertas eran algo más significativo que los gritos de las gaviotas que se posaban en ella.

En ocasiones así, le parecía a Althea que se convertía en la nave, sin ser más consciente de los hombrecillos que se encaramaban a sus palos que una gran ballena blanca de los percebes adheridos a ella.

El barco era mucho más que las personas que lo gobernaban.

Althea no tenía palabras humanas para expresar las sutiles diferencias que percibía ahora en el viento y las corrientes.

Había placer ante el trabajo de un buen timonel y enfado ante el que se pasaba el tiempo haciendo pequeñas correcciones innecesarias, pero eso era superficial comparado con lo que había entre el barco y el agua.

Este concepto de que la vida de una embarcación pudiera ser mayor que lo que ocurría entre ella y su capitán supuso toda una revelación para Althea.

En un puñado de noches, su idea de lo que era un barco experimentó un viraje radical.

En vez de un confinamiento involuntario en sus aposentos, los días que pasó encerrada en su camarote se convirtieron en una experiencia plena en todos los sentidos.

Recordaba bien un día en que al abrir la puerta se había encontrado la mañana resplandeciente y no la tarde atenuada que esperaba.

El cocinero había tenido la osadía de agarrarla por el hombro y zarandearla cuando se dejó sumergir en el ensueño durante una de sus visitas a los fogones en busca de comida.

Luego la había molestado un golpeteo incesante en su puerta.

Cuando la abrió, no se había topado en el umbral con Kyle, sino con Brashen.

Parecía incómodo por tener que preguntarle, pero aun así quiso saber si todo iba bien.

—Claro. Estoy bien —respondió ella, e intentó cerrarle la puerta en las narices.

Brashen la mantuvo entreabierta estirando un brazo.

—No lo parece. El cocinero me ha dicho que parecías haber perdido más de cinco kilos, y creo que estaba en lo cierto. Althea, no sé qué te habrá pasado con el capitán Kyle, pero la salud de la tripulación sigue siendo parte de mi deber.

Althea miró su ceño fruncido y su mirada preocupada y no vio más que una interrupción.

—Yo no formo parte de la tripulación —se oyó decir—. Eso es lo que me ha pasado con el capitán Kyle. Y la salud de una simple pasajera no es de tu incumbencia. Déjame en paz. —Empujó la puerta.

—Entonces, la salud de la hija de Ephron Vestrit es de mi incumbencia.

Me atrevo a llamarlo amigo además de capitán.

Althea, mírate. Hace días que no te cepillas el pelo, por lo que veo.

Y varios hombres han dicho que, cuando te ven en cubierta, te paseas como un fantasma con la mirada tan vacía como el espacio entre las estrellas.