Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 04 #7
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Se dirigió al salón de Ivro. No supo que ese era su destino hasta encontrarse frente a la puerta. El interior estaba oscuro. Era mucho más tarde de lo que pensaba. Dio patadas a la puerta hasta que primero el hijo de Ivro y luego este le gritaron que parara.

—Soy Kennit —anunció a la oscuridad—, quiero otro tatuaje.

Se encendió una luz débil dentro de la casa. Transcurrido un momento, Ivro abrió la puerta de golpe.

—¿Por qué debería perder el tiempo? —preguntó furioso el pequeño artesano—.

Llévate tu pedido a otra parte, a algún memo con agujas y ceniza al que no le importe un cuerno su trabajo.

Así, cuando pidas que te lo quemen al día siguiente, no destruirás nada de valor —escupió, errando las botas de Kennit por muy poco—. Soy un artista, no una puta.

Kennit se descubrió agarrando al hombre por el pescuezo, de puntillas, mientras lo zarandeaba.

—¡Te pagué, maldito seas! —se oyó gritar—. Te pagué e hice con ello lo que me dio la gana. ¿Entendido?

Recuperó el control con la misma brusquedad con la que lo había perdido. Respirando con dificultad, dejó que el artista volviera a posar los pies en el suelo.

—Entendido —gruñó con más suavidad. Vio odio en los ojos del hombre, pero también miedo.

Lo haría. Lo haría a cambio del pesado oro que tintineaba en la bolsa que le enseñó Kennit.

Artistas y putas, el oro los compraba siempre.

Un artista no era más que una puta de elevados honorarios—.

Venga, pasa —lo invitó Ivro con voz mortalmente baja.

Con un escalofrío, Kennit supo que el hombrecillo se aseguraría de mezclar dolor con su arte.

Pero su faceta de artista estaba lo bastante pronunciada como para que Kennit supiera que el tatuaje sería todo lo perfecto que Ivro fuera capaz de concebir.

Dolor y perfección. Era el único camino a la redención que conocía.

Y si alguna vez había necesitado enmendar su suerte, era esta noche.

Kennit siguió al hombre al interior de su salón, y se desabrochó la camisa mientras Ivro encendía un manojo de velas tras otro.

Dobló pulcramente su camisa y se sentó en el taburete bajo con la camisa y la chaqueta encima del regazo.

Dolor y perfección. Sintió una tremenda anticipación de liberación mientras Ivro deambulaba por la estancia, colocando velas encima de las mesas y reuniendo su instrumental.

—¿Dónde y qué? —preguntó el tatuador. Su voz era tan cruel como la de Kennit cuando hablaba con una puta.

—Nuca —dijo Kennit con suavidad—. Otro.

—¿Otro qué? —preguntó Ivro, dubitativo. Ya estaba acercando una mesa. Diminutos frascos de tintas brillantes se alineaban en precisas columnas. Colocó un taburete más alto detrás del de Kennit y se sentó.

—Otro —repitió Kennit—. Como los de la Isla de los Otros. Ya sabes a qué me refiero.

—Ya —dijo Ivro con aspereza—. Esos tatuajes dan mala suerte.

Estaré encantado de grabártelo en la piel, hijo de perra.

—Las yemas de sus dedos se pasearon por la piel de Kennit, tanteando.

En Jamaillia, uno podía acuchillar la cara de un hombre para dejar su marca.

Aunque el esclavo consiguiera la libertad más adelante, incumpliría la ley si borraba las marcas de su servidumbre.

Pero en las Islas Piratas, ese mismo hombre podía plasmar la imagen que quisiera en cualquier parte de su cuerpo.

Algunos esclavos antiguos, como Sorcor, optaban por una cicatriz de quemadura.

Otros encargaban a artistas como Ivro que remodelaran sus tatuajes de esclavos en nuevos símbolos de su libertad.

Los dedos de Ivro palparon las dos cicatrices que adornaban ya la espalda de Kennit—.

¿Por qué hiciste que te los quemaran? Esos tatuajes me llevaron horas, y pagaste bien por ellos.

¿No te gustaban? —Luego—: Echa la cabeza hacia delante. Tu sombra no me deja ver bien.

—Me gustaban —musitó Kennit. Sintió el primer aguijonazo de la aguja en su piel tirante. Se le puso la carne de gallina en los brazos y sintió hormiguear el dolor en su cuero cabelludo. En voz más baja, añadió para sí—: Las quemaduras me gustaban todavía más.

—Estás loco —comentó Ivro, pero su voz sonaba distraída. Kennit ya no era nada para él, ni hombre, ni enemigo. Tan solo un lienzo para su apasionada obra. La diminuta aguja penetró, una y otra vez. Su piel tembló de dolor. Oyó que Ivro expelía un diminuto suspiro de satisfacción.

Era la única manera, pensó para sí. La única manera de purgar la mala suerte.

Ir a la Isla de los Otros había sido una decisión desafortunada y ahora tenía que rendir cuentas por ello.

Mil punzadas de la aguja, y la punzante novedad del tatuaje por un día.

Después, la purificadora agonía del hierro al rojo para reducir el error a cenizas y hacer como si nunca hubiera ocurrido.

Para mantener firme su buena suerte, se dijo Kennit mientras convertía las manos en puños.

A su espalda, Ivro tarareaba para sí, disfrutando de su trabajo y su venganza.