Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 04 #6
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—Me importa un bledo lo que te complacería o dejaría de complacer —espetó Kennit.

Tendió los brazos hacia atrás para quitarle las manos de sus hombros.

El fuego le había caldeado la piel. Se levantó de la silla y se encaró con ella.

Le pasó una mano por la piel desnuda, fascinado con el tacto de aquella carne templada por el fuego.

Volvió a excitarse. Pero, cuando posó los ojos en su cara, le sorprendió encontrar lágrimas en sus mejillas.

Intolerable—. Vuelve a la cama —ordenó asqueado, y ella así lo hizo, tan obediente como siempre.

Kennit se quedó de cara al fuego, rememorando la piel tersa bajo sus dedos y deseando utilizarla de nuevo, pero desolado ante el recuerdo de su rostro empañado y sus ojos llorosos.

Este no era el motivo por el que pagaba una fulana.

Si pagaba una puta era para evitarse todo esto.

Maldita sea, había pagado. No miró hacia la cama para ordenar de improviso—: Tiéndete. Bocabajo.

La oyó moverse sobre las sábanas. Se acerco a ella deprisa cruzando el cuarto en penumbra. La montó así, bocabajo como un muchacho, pero la tomó como a una mujer. Que no dijera nadie, ni siquiera una puta, que Kennit no conocía la diferencia entre ambos.

Sabía que no estaba siendo demasiado brusco, pero aun así ella lloraba, incluso después de apartarse de ella.

En cierto modo, los hipidos casi inaudibles de la mujer a su lado le turbaban.

La inquietud que le producían se combinaba con su anterior vergüenza y desprecio por sí mismo.

¿Qué mosca le había picado? Pagaba por ella, ¿no?

¿Qué derecho tenía a esperar algo más que eso de él?

Era, al fin y al cabo, solo una puta. Ese era el trato.

Se incorporó de repente y empezó a ponerse la ropa. Al cabo, el llanto cesó. Etta se giró bruscamente sobre las sábanas.

—Por favor —susurró con voz ronca—. Por favor, no te vayas. Lo siento si te he disgustado. Me quedaré quieta. Lo prometo.

La desolación de su voz chocaba con la que habitaba en el corazón de Kennit, acero contra acero. Debería matarla. Debería matarla sin más en vez de consentir que le hablara de ese modo. En cambio, metió la mano en el bolsillo de su abrigo.

—Toma, esto es para ti —dijo, buscando alguna moneda que darle.

El dinero les recordaría a ambos por qué estaban juntos en esta habitación.

Pero el azar lo había traicionado, pues su bolsillo estaba vacío.

Había abandonado el barco con demasiada precipitación.

Tendría que regresar a la Marietta para tomar el dinero con que pagar a Bettel.

Todo aquello era bochornoso. Sabía que la puta lo estaba mirando, expectante.

¿Qué podía ser más humillante que estar plantado sin un penique ante la prostituta que uno acababa de usar?

Pero allí, en el último resquicio de su bolsillo palpó algo, algo diminuto que se clavó bajo su uña.

Lo desprendió enfadado, una espina o un guijarro extraviado, y sacó en cambio el pequeño pendiente engarzado que había cogido de la oreja del gatito azul.

El rubí destelló ante sus ojos. Nunca le habían hecho gracia los rubíes. A Etta le gustaría.

—Ten —dijo, poniéndoselo en la mano. Añadió—: No te vayas del cuarto. Quédatelo hasta mañana por la noche. Volveré.

Abandonó el cuarto antes de que ella pudiera hacer nada.

Le irritaba la sospecha de que Bettel exigiría el rescate de un rey por mantener ocupada la habitación y la chica toda una noche y un día.

Bueno, que pidiera lo que quisiera, él sabía lo que le iba a pagar.

Y eso le impediría tener que admitir frente a Bettel que había venido sin dinero para pagarle esta noche. Se evitaría al menos ese bochorno.

Bajó las escaleras al galope y cruzó la puerta.

—Quiero que el cuarto y la chica se queden como están —informó a Bettel sobre la marcha.

Cualquier otro día, casi hubiera disfrutado con la expresión de consternación que afloró al rostro de la mujer.

Ya estaba en la calle cuando sintió el golpeteo de su monedero contra la cadera.

Lo tenía en el bolsillo izquierdo. Ridículo.

Nunca lo guardaba ahí. Pensó en volver y pagar a Bettel de inmediato, pero descartó la idea.

Solo conseguiría quedar como un cretino si regresaba ahora diciendo que había cambiado de opinión. Cretino. La palabra ardía en su mente.

Alargó la zancada para intentar escapar de sus propios pensamientos. En estos momentos le hacían falta el aire fresco y la acción. Mientras recorría la calle enfangada, una voz diminuta habló a la altura de su muñeca:

—Seguramente ese era el único tesoro sacado alguna vez de la Isla de los Otros, y tú vas y se lo das a una golfa.

—¿Y qué? —preguntó, acercando la carita a sus ojos para mirarla.

—Que es posible que tengas tanto suerte como sabiduría. —El diminuto semblante le sonrió—. Es posible.

—¿Qué quieres decir con eso?

Pero el amuleto de tronconjuro no volvió a abrir la boca esa noche, ni siquiera cuando golpeó el índice contra su cara. Los rasgos tallados permanecieron tan impasibles y duros como la roca.