Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 04 #3
13%

04 #3

Sorcor ya lo tenía preparado. Él siempre lo tenía todo preparado.

Levantó en alto el pergamino y lo desenrolló como si fuera a leerlo, pero Kennit sabía que en realidad había memorizado sus posesiones.

Aquel hombre no podría leer ni siquiera su propio nombre, pero si le preguntabas qué parte debería recibir cada hombre de cuarenta fardos de seda, te daría la respuesta en un instante.

Los hombres murmuraban impresionados a medida que se iba desgranando el total.

Los lenones y las fulanas que se habían congregado en el muelle a la espera de su tripulación los llamaban con voces y silbidos; alguna de las furcias anunciaba ya ofertas a cambio de sus ganancias.

Los hombres se revolvían como brutos encadenados, con los ojos saltando de Sorcor y su pergamino a todos los placeres que los aguardaban en el puerto y las carreteras cubiertas de barro.

Cuando Sorcor concluyó, tuvo que rugir pidiendo silencio en dos ocasiones antes de que pudiera hablar Kennit.

Cuando lo hizo, la voz del capitán era deliberadamente suave:

—Los que quieran llevarse un adelanto del total que nos proporcionen nuestras mercancías pueden hacer cola frente a mi camarote para verme de uno en uno. Los demás pueden reunirse con Sorcor.

Dio media vuelta y bajó a su camarote. Había descubierto que era mejor que Sorcor se ocupara de los otros.

Tendrían que aceptar la opinión del primer oficial sobre lo que valía un fardo de seda en términos de dos quintos de un barril de brandy o media medida de cindin.

Ya que no tenían la paciencia de esperar a recibir su parte en forma de monedas, tendrían que aceptar el equivalente que Sorcor considerara justo.

Hasta la fecha, no había oído ninguna protesta acerca del reparto del botín por parte del primer oficial.

O bien, como Kennit, no cuestionaban su honestidad para con sus compañeros, o bien no se atrevían a exponer sus quejas ante la puerta del capitán.

Cualquiera de las dos opciones le complacía.

La columna de hombres que vinieron a recibir un adelanto sobre su parte del botín fue decepcionantemente corta.

Kennit le dio cinco selders a cada uno. Era, estimaba, suficiente para procurarse mujeres, bebida y comida por una noche, y una cama decente en una posada, si decidían no regresar al barco para dormir.

En cuanto tuvieron su dinero, desembarcaron.

Kennit salió a la cubierta a tiempo de ver cómo saltaba el último hombre al abarrotado muelle.

Le recordó el lanzamiento de carne sanguinolenta a las aguas infestadas de tiburones.

Los ocupantes del muelle se abalanzaron y arracimaron en torno al último marinero, con las mujeres profiriendo sus tarifas mientras los chulos gritaban por encima de sus cabezas que un mozo acaudalado como él podía permitirse algo mejor, se podía permitir una mujer en la cama toda la noche, sí, y al lado una botella de ron encima de la mesa.

Con menos determinación, los aprendices pregonaban pan fresco, dulces y fruta madura.

El joven pirata sonreía, disfrutando de su avidez.

Parecía haber olvidado que, en cuanto hubieran tomado la última moneda de su bolsillo, les costaría lo mismo dejarlo tirado en cualquier zanja o callejuela.

Kennit se apartó del bullicio y el ruido.

Sorcor ya había terminado el reparto. Estaba de pie en la cubierta elevada junto a la barandilla, contemplando la ciudad.

Kennit frunció el ceño. El primer oficial debía de haber sabido con antelación qué hombres querían su parte en forma de bienes, y ya había calculado lo que les daría.

Entonces su frente se alisó. Era más eficaz así, y esa era siempre la costumbre de Sorcor.

Kennit le ofreció una bolsa cargada de monedas y el oficial la aceptó sin decir palabra.

Transcurrido un momento, giró los hombros y se dio la vuelta para mirar a su capitán.

—Bueno, Sorcor. ¿Me acompañas a cambiar el cargamento por oro?

Sorcor, azorado, dio un paso de lado.

—Si al capitán no le importa, antes me gustaría tener un poco de tiempo para mí.

Kennit disimuló su decepción.

—A mí me da igual —mintió. Luego dijo con voz queda—: Tengo la intención de despedir a esos hombres que siempre insisten en cobrar en especies. Cuanto más tenga para vender en bloque, mejor precio obtendré. ¿Qué te parece?

Sorcor tragó saliva. A continuación se aclaró la garganta.

—Están en su derecho, señor. Pueden tomar su parte en especies si lo prefieren.

Así se ha hecho siempre en Mentecacia. —Se interrumpió para rascarse una mejilla cubierta de cicatrices.

Kennit sabía que había meditado sus palabras antes de hablar cuando continuó—: Son buenos hombres, señor.

Buenos marineros, leales compañeros, y ni uno solo se hace el remolón a la hora de tomar la aguja o empuñar la espada.

Pero no se convirtieron en piratas para vivir según las normas de nadie, da igual qué ventajas pudiera reportarnos eso.

—Con dificultad miró a Kennit a los ojos y añadió—: Nadie se hace pirata porque quiera que lo gobierne otro.

—Su certidumbre aumentó al apostillar—: E intentar reemplazarlos nos costaría un precio de mil demonios.

Son hombres expertos, no los desperdicios de un burdel cualquiera.

La clase de hombre que obtendría, si fuera por ahí pidiendo hombres que dejaran que usted vendiera su botín por ellos, no tendría agallas para actuar por su cuenta.

Serían de los que se rezagarían mientras usted limpia la cubierta de otro barco, para cruzar solo cuando la victoria fuera segura.

—Sorcor meneó la cabeza, más para sí que para su capitán—.

Usted se ha ganado a estos hombres, señor.

Lo seguirán. Pero cometería una imprudencia intentando obligarlos a que le cedan su voluntad.

Toda esta charla sobre reyes y líderes los pone nerviosos.

Uno no le puede pedir a nadie que se juegue la vida por él…

—Sorcor dejó la frase inconclusa y miró a Kennit de soslayo, como si acabara de recordar con quién estaba hablando.

Una furia glacial hirvió dentro de Kennit.

—Sin duda es así, Sorcor. Procura organizar la guardia a bordo, pues no volveré esta noche. Te dejo al mando.

Sin más palabra, Kennit dio media vuelta y se fue.

No miró por encima del hombro para ver la expresión de su primer oficial.

Básicamente lo había confinado en el barco para toda la noche, pues el acuerdo entre ellos era que siempre habría uno durmiendo a bordo cuando el otro estuviera en el puerto.

Bueno, que murmurara. Sorcor acababa de mutilar todos los sueños que llevaba meses acariciando.

Mientras cruzaba la cubierta a zancadas, Kennit se preguntó con amargura cómo podía ser tan necio como para soñar con nada.

Esto era todo lo que llegaría a ser; el capitán de un barco lleno de gandules que no veían nada más allá de sus miembros.

Saltó de la cubierta al muelle. La muchedumbre de vendedores se lanzó sobre él de inmediato, pero un simple fruncimiento de ceño los hizo retroceder.

Por lo menos se había forjado un nombre en Mentecacia.

Ese pensamiento no hizo sino alimentar su contrariedad.

Se apartaron para abrirle paso. Un nombre en Mentecacia.

Diablos, eso valía tanto como contemplarse en un charco de orines.

Así que era el capitán de un barco. ¿Hasta cuándo?

Hasta que los canallas que estaban a su servicio dejaran de creer en su puño y su espada.

Dentro de diez años llegaría alguien más corpulento, más rápido o más artero, y entonces Kennit podría aspirar a ser uno de los pordioseros de rostro ceniciento que acechaban en las callejuelas robando a los borrachos y se presentaban ante las tabernas para mendigar las sobras.

La rabia crecía en su interior como un veneno en su sangre.

Sabía que lo más prudente sería encontrar un lugar donde estar solo hasta que se le pasara el mal humor, pero el inesperado odio que sentía por sí mismo y por su mundo era tal que no le importaba qué era prudente y qué no.

Detestaba el pegajoso barro negro de las calles y las callejuelas, despreciaba las lavazas que sorteaba, le repugnaban el hedor y el ruido de Mentecacia.

Deseaba poder vengarse de su mundo y de su propia estupidez destruyéndolo todo.

Sabía que no era el momento de hacer negocios.

Le daba igual. Los agentes de Mentecacia añadían un porcentaje tan elevado para ellos mismos que apenas merecía la pena tratar con ellos.

Les había ido mucho mejor cuando vendieron sus bienes en Chalaza.

Estos buitres se estaban quedando con casi todos los trofeos que habían conseguido entre Chalaza y este sitio.

En su obcecación dejó escapar la seda por la mitad de lo que valía, pero cuando el mercader intentó obtener una ganga parecida con el brandy y el cindin, desató la fría ira de Kennit y terminó pagando más de lo que valían para evitar que se llevara el cargamento entero a otra parte.

El trato se cerró con un cabeceo, pues Kennit desdeñó incluso estrechar la mano del hombre.

El oro se pagaría mañana cuando el agente enviara sus estibadores a descargar la mercancía.

Kennit salió del establecimiento del mercader sin cruzar otra palabra.