Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 04 #2
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Cuando se hizo con el mando de la nave, sus compañeros de tripulación proclamaban su lealtad entusiasmados.

Eligió a Sorcor con cuidado, y poco menos que cortejó al hombre para hacer de él su leal subordinado.

Cuando hubieron conseguido el mando, Sorcor y él llevaron el velero a aguas abiertas, lejos de tierra.

Allí seleccionaron la tripulación igual que descarta un jugador sobre la mesa los naipes menos útiles.

Al ser los únicos que sabían leer una carta de navegación o trazar un rumbo, estaban casi inmunizados contra el amotinamiento, aunque Kennit nunca permitió que la severidad de Sorcor cruzara la línea que la separaba del abuso.

Kennit pensaba que la mayoría de la gente estaba contenta bajo una mano firme.

Si esa mano proporcionaba, además, limpieza, y la seguridad de conocer el puesto de cada uno, tanto mejor.

Los que podían convertirse en buenos marineros lo hicieron.

Navegaron hasta que se acabaron las galletas de a bordo y las estrellas que conocían Sorcor y él.

Cuando llevaron la Marietta a un puerto tan lejano que ni siquiera Sorcor conocía el idioma, el barco tenía el aspecto de un primoroso velero mercante, y una tripulación que acataba las miradas de su capitán y su segundo de a bordo.

Allí gastó Kennit los pagos de la tripulación, largo tiempo guardados, para remodelar su nave lo mejor que pudo.

Cuando la Marietta abandonó aquella orilla, fue para acometer un mes de la piratería más precisa que habían conocido jamás los pequeños puertos de esa costa.

Volvió a Mentecacia cargada de productos exóticos y monedas de extraño cuño.

Los marineros que regresaron con él eran más ricos que nunca, y leales como perros.

En un solo viaje, Kennit había conseguido barco, reputación y fortuna.

Pero al pisar los muelles de Mentecacia, creyendo haber satisfecho la ambición de su vida, el regocijo que le producían sus logros se despegó de él igual que la piel muerta de una quemadura.

Vio a sus hombres pavoneándose por el puerto, vestidos con sedas como si fueran señores, con sus hatos cargados de monedas, marfil y joyas curiosamente talladas.

Supo entonces que no eran más que simples marineros, y que las fauces de Mentecacia devorarían su botín en cuestión de horas.

Y, de pronto, las cubiertas impolutas y las velas pulcramente cosidas y la reluciente pintura de la Marietta le parecieron un triunfo tan vano y fugaz como la riqueza de sus hombres.

Eludió la compañía de Sorcor y prefirió pasarse la semana en el puerto, bebiendo en la penumbra de su camarote.

Nunca había esperado sentirse tan descorazonado ante el éxito. Se sentía estafado.

Tardó meses en recuperarse. Atravesó esa temporada inmerso en un torvo entumecimiento, abrumado por la desesperación que se había adueñado de él.

Una parte distante de él reconoció entonces lo bien que había elegido a su segundo de a bordo.

Sorcor continuó como si no pasara nada, y ni una sola vez preguntó por el estado de ánimo del capitán.

Si la tripulación presintió que ocurría algo extraño, no dio muestras de ello.

Kennit predicaba la filosofía de que, en una nave bien gobernada, el capitán nunca tiene por qué dirigirse a la tripulación, solo debería anunciar sus deseos al segundo de a bordo y confiar en que este los llevara a cabo.

Esa costumbre le vino bien en aquellos días aciagos.

No volvió a sentirse dueño de sí mismo hasta la mañana en que Sorcor llamó a su puerta para anunciar que habían avistado un jugoso velero mercante y preguntar si el capitán deseaba perseguirlo.

No solo lo habían perseguido, sino que lo aferraron y abordaron, procurándose así un buen cargamento de vino y perfumes.

Kennit dejó a Sorcor a cargo de la cubierta de la Marietta mientras él mismo conducía a sus hombres al velero mercante.

Hasta ese momento, había considerado la batalla y la matanza como uno de los sucios aspectos del oficio que había elegido.

Por primera vez, aquel día su corazón se inflamó con la furia del combate.

Una y otra vez descargó su rabia y su frustración, hasta que para su sorpresa descubrió que no quedaba nadie para enfrentarse a él.

Dio la espalda al último cuerpo que había caído a sus pies para encontrar a sus hombres reunidos en círculos sobre la cubierta, contemplándolo con una especie de fascinación.

No escuchó ni un solo comentario susurrado, pero la combinación de horror y admiración en sus ojos hablaba por sí sola.

Pensaba que se había ganado a su tripulación a base de disciplina, pero ese fue el día en que le entregaron sus corazones.

No se dirigieron a él con confianza ni lo miraron siquiera con afecto.

Pero, cuando volvieron a Mentecacia para beber e ir de juerga, alardeaban de su férrea disciplina a bordo que los señalaba como hombres tenaces, y de su ferocidad con la espada que los señalaba como un barco a temer.

A partir de ese momento, esperaron que su capitán comandara sus incursiones.

La primera vez que los contuvo y aceptó la rendición de una nave por parte de su capitán, la tripulación se había mostrado un tanto decepcionada, hasta que compartió con ellos una paga mayor obtenida gracias al rescate pedido por el barco y su carga.

Entonces se arreglaron las cosas; la satisfacción de la codicia podía arreglar casi cualquier cosa con una tripulación pirata.

En años sucesivos, afianzó su pequeño imperio.

En Chalaza buscó tanto mercaderes en los puertos más sórdidos, que comprarían cualquier cargamento inusual sin hacer preguntas, como pequeños nobles chalazos que no tenían escrúpulos a la hora de actuar como intermediarios en el rescate de naves, cargas y tripulaciones.

Se obtenía mucho más de ellos por los cargamentos pirateados que en Mentecacia o Puerto Cráneo.

En los últimos meses había empezado a soñar con que estos señoritos chalazos podrían ayudarle a obtener el reconocimiento de las Islas Piratas como dominio legítimo, cuando hubiera convencido a sus habitantes de que lo aceptaran como regente.

Volvió a hacer recuento de lo que tenía que ofrecer a ambas partes.

Para los piratas, legitimidad, sin que pendiera sobre ellos la sombra de una soga.

Tráfico abierto con otros puertos. Tras unificar las Islas Piratas y sus ciudades, podrían actuar conjuntamente para poner fin a las incursiones de los tratantes de esclavos que asolaban las poblaciones.

Le preocupó que eso no fuera suficiente para ellos, pero dejó esa idea de lado.

Para los mercaderes de Chalaza y los comercios del Mitonar, las ventajas eran evidentes.

Seguridad para transitar el Paso Interior costa arriba hasta el Mitonar, Chalaza y las tierras más alejadas.

No sería gratis, desde luego. Nada podía ser gratis.

Pero sería seguro. El fantasma de una sonrisa le rozó los labios. Ese cambio les gustaría.

Lo sacó de su ensimismamiento la explosión de actividad cuando la tripulación comenzó a tirar y a anudar cabos.

Los hombres se aplicaban a la tarea con tesón, colocando los pesados pontones de cáñamo que evitarían que la Marietta se rozara contra el muelle.

Kennit permaneció callado y distante, escuchando cómo ladraba Sorcor las órdenes necesarias.

A su alrededor, la nave estaba quedando limpia y segura.

No se movió ni habló hasta que todos los hombres estuvieron reunidos en el combés bajo él, aguardando impacientes el reparto del botín.

Cuando Sorcor subió a la cubierta para situarse a su lado, Kennit le dedicó un breve asentimiento con la cabeza y se volvió hacia sus hombres.

—Les haré la misma oferta que ya les he hecho las tres últimas veces que atracamos.

Quienes así lo decidan pueden tomar la parte que les corresponde y quedarse con lo que les reporte su venta o su tráfico.

Los que tengan paciencia y buen juicio pueden cobrar un adelanto de su parte y dejar que el primer oficial y yo saquemos un mayor partido a la carga.

Quienes elijan esta opción podrán volver al barco pasado mañana para recoger la parte restante de esos beneficios.

—Recorrió con la mirada los rostros de sus hombres.

Algunos lo miraron a los ojos y otros miraron a sus compañeros de reojo.

Todos arrastraban los pies, nerviosos como chiquillos.

La ciudad, el ron y las mujeres los esperaban.

Carraspeó—. Los que han tenido la paciencia de permitirme vender su carga por ellos podrán decirles que el dinero que recibieron superaba el que hubieran podido conseguir por su cuenta.

Un tratante de vino pagará más por todo nuestro cargamento de brandy del que conseguirán por una sola barrica negociando con un posadero.

Los fardos de seda, vendidos en lote a un mercader, reportarán mucho más de lo que pueden sacarle a una furcia por un solo rollo.

Hizo una pausa. Bajo él, los hombres se mostraban inquietos e impacientes.

Kennit apretó las mandíbulas. Una y otra vez, les había demostrado a todos que de esta manera se obtenían más beneficios.

Lo sabían, cualquiera de ellos lo reconocería, pero en cuanto amarraban en el muelle los abandonaba el sentido común.

Se permitió un breve suspiro de exasperación antes de volverse hacia Sorcor.

—El total de nuestras ganancias, primer oficial Sorcor.