Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 04
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Mentecacia

Kennit humedeció su pañuelo en aceite de limón y se atusó la barba y el bigote.

Se miró en el espejo con marco de oro que había encima de su palangana.

El aceite daba un lustre añadido a su vello facial, pero no era ese el efecto que buscaba.

La fragancia del aceite seguía sin bastar para mantener el hedor de Mentecacia lejos de su nariz.

Visitar Mentecacia, reflexionó, era como fondear en el tufo almizcleño del sobaco de un esclavo.

Salió de su camarote hasta la cubierta. En el exterior, el aire era tan agobiante y húmedo como en el interior, y la peste, más poderosa.

Contempló con desagrado las cercanas orillas de Mentecacia.

Este santuario pirata había sido bien escogido.

Para encontrarlo, no solo había que conocer el camino, sino ser un capitán consumado para remontar el curso de agua tierra adentro.

El límpido río que conducía a esta laguna no parecía ni más ni menos prometedor que la otra decena que serpenteaba entre las múltiples islas de la Orilla Cambiante hasta el mar, pero este tenía un canal profundo aunque estrecho por el que podía navegar un velero, y una plácida laguna resguardada aún de las tormentas más salvajes donde fondear.

En su día, sin duda, había sido un lugar hermoso.

Ahora sobresalían mohosos embarcaderos y pilotes de cada pedazo de tierra firme.

La exuberante vegetación que cubría y colgaba de las orillas del río había quedado reducida a fango desnudo.

No había caudal de agua ni soplo de brisa suficientes para dispersar los residuos y el humo de las hacinadas cabañas y chozas y almacenes de la ciudad pirata.

Con el tiempo vendrían las lluvias de invierno para enjuagar brevemente la ciudad y la laguna, pero en un tórrido día de verano, el puerto lacustre de Mentecacia poseía todo el encanto de un orinal sin vaciar.

Permanecer aquí anclado más de unos días seguidos invitaba al musgo y la putrefacción a instalarse en el casco de cualquier nave; beber el agua de cualquier pozo, menos unos pocos selectos, aquejaba a cualquiera de cámaras…

y, si no tenía suerte, también de fiebres.

Pero mientras Kennit contemplaba la cubierta de su barco, vio que su tripulación trabajaba bien y voluntariosa.

Aún aquellos que gobernaban los botes que arrastraban la Marietta a puerto tiraban con todas sus fuerzas, pues para sus narices este hedor era la dulce fragancia del hogar y la paga.

Por tradición, su tesoro se sacaría a cubierta en cuanto estuviera amarrada la Marietta .

En cuestión de horas, estarían hasta las orejas de putas y cerveza.

El segundo de a bordo se situó respetuosamente a su lado mientras él se apoyaba en la barandilla.

—Sorcor, ¿ves ese risco de ahí? La torre que se levantara ahí tendría una buena vista del río, y una o dos catapultas bajo ella podrían defenderla de cualquier barco que descubriera nuestro canal.

Mentecacia no solo podría estar prevenida contra cualquier ataque, sino que se podría defender. ¿Qué te parece?

Sorcor se mordió el labio, pero por lo demás se contuvo. Cada vez que atracaban aquí, Kennit le presentaba la misma propuesta. El veterano segundo de a bordo siempre respondía lo mismo:

—Si hubiera piedra suficiente en esa ciénaga, se podría construir una torre y subir rocas que lanzar luego.

Supongo que se podría conseguir, señor. Pero ¿quién costearía el proyecto y quién lo supervisaría?

Mentecacia sería incapaz de dejar de discutir el tiempo necesario para construir y abastecer semejante defensa.

—Si Mentecacia tuviera un regente lo bastante fuerte, se podría lograr. Sería solo una de las muchas cosas que podrían lograrse.

Sorcor lanzó una cauta mirada de soslayo a su capitán. Estos derroteros eran nuevos en su discusión.

—Mentecacia es una ciudad de hombres libres. No tenemos regente.

—Cierto —convino Kennit. Tentativamente, añadió—: Y por eso nos gobierna la codicia de los mercaderes y los lenones.

Mira a tu alrededor. Arriesgamos la vida por nuestras ganancias, todos y cada uno de nosotros.

Pero cuando levamos anclas de nuevo, ¿dónde está nuestro oro?

No en nuestros bolsillos. ¿Y qué ha conseguido uno a cambio?

Nada salvo un dolor de cabeza, eso si no ha tenido la mala suerte de pillar ladillas en algún prostíbulo.

Cuanto más tiene uno para gastar en Mentecacia, caramba, más cuesta la cerveza o el pan o las mujeres.

Pero tienes razón. Lo que necesita Mentecacia no es un regente, sino un líder.

Alguien capaz de incitar a los hombres a ser dueños de sí mismos, que pueda abrirles los ojos para que vean todo lo que podrían tener.

Kennit dejó que su mirada regresara a los hombres que inclinaban la espalda sobre los remos mientras los botes de la nave remolcaban la Marietta hasta el puerto.

En su relajada postura no había nada que le indicara a Sorcor que este no era sino un discurso bien ensayado.

Kennit estimaba a su segundo de a bordo.

No solo era un buen marinero, sino un hombre inteligente pese a su limitada educación.

Si conseguía persuadirlo con sus palabras, quizá los demás comenzaran a escuchar a su vez.

Se aventuró a mirar a Sorcor a la cara. La bronceada frente del segundo de a bordo estaba surcada de arrugas que tiraban de la reluciente cicatriz que era el resto de su tatuaje de esclavo. Cuando habló, fue tras pensárselo mucho:

—Aquí somos hombres libres. No siempre fue así.

Más de la mitad de los que han venido aquí era esclavos o iban a serlo.

Muchos lucen todavía un tatuaje o una cicatriz donde antes hubo un tatuaje de esclavo.

Y los demás, bueno, los demás tendrían que enfrentarse a la soga o al palo de los azotes, o puede que a ambos si regresaran a sus lugares de origen.

Hace unas noches, nos hablaste de un rey de los piratas.

No eres el primero que lo menciona y, al parecer, cuantos más mercaderes llegan aquí, más hablan de ideas parecidas.

Alcaldes y consejos y reyes y guardias. Pero ya tuvimos bastante de eso allí de donde venimos, y para la mayoría de nosotros, ese es el motivo de que prefiramos estar aquí.

Ninguno queremos que nadie nos diga lo que podemos hacer o dejar de hacer.

De eso ya tenemos a bordo. Con su permiso, señor.

—No me ofendo, Sorcor. Pero podrías considerar que la anarquía no es sino un tipo desorganizado de opresión.

—Kennit observó el rostro de Sorcor. El momento de asombro le indicó que había escogido mal las palabras.

Desde luego, tendría que practicar más sus dotes de persuasión.

Sonrió con afabilidad—. Al menos eso dirían algunos.

Yo tengo más fe en mis camaradas y un mayor aprecio por las palabras más llanas.

¿Qué nos ofrece ahora Mentecacia? Bueno, una sucesión de matones.

¿Recuerdas cuando Podee y su banda iban por ahí partiendo crismas y birlando bolsas?

Se sobreentendía casi que, si un marinero no bajaba a la orilla con sus compañeros de tripulación, antes de medianoche acabaría vapuleado y atracado.

Y aunque estuviera acompañado, lo más que podía esperar era una pelea con la banda de Podee.

Si las compañías de tres naves no se hubieran enfrentado juntas a Podee y sus hombres, todavía sería así.

En estos momentos, hay al menos tres tabernas donde aquel que entre en una cámara en penumbra probablemente reciba un palo detrás de la oreja antes que la señorita por la que había pagado.

Pero nadie hace nada. Si te dan una paliza y te roban, allá tú.

—Kennit miró de reojo a Sorcor. El segundo de a bordo tenía el ceño fruncido, pero asentía para sí.

Con curiosa excitación, Kennit comprendió que el timonel estaba prestando tanta atención a sus palabras como al rumbo de la nave.

En cualquier otra ocasión, Kennit lo habría amonestado.

Ahora se lo tomó como un pequeño triunfo.

Pero Sorcor se dio cuenta a la vez que su capitán.

—¡Eh, tú, cuidado! ¡Tienes que mantener el barco firme, no espiar a tus superiores!

Sorcor saltó sobre el hombre con una expresión que amenazaba con un puñetazo.

El marinero torció el gesto para aceptarlo, pero no se encogió ni abandonó su puesto.

Kennit dejó a Sorcor regañándolo por ser un idiota holgazán y reanudó su paseo.

Bajo sus botas, la cubierta estaba todo lo blanca que podían dejarla la arena y la piedra.

Allí donde posaba la mirada encontraba precisión y laboriosidad.

Hasta el último hombre estaba entregado a su tarea, y cada pieza de equipo que no se iba a emplear de inmediato estaba pulcramente recogida.

Kennit asintió para sí. No había sido ese el caso la primera vez que subió a bordo de la Marietta cinco años atrás.

Por aquel entonces, esta había sido la bañera más puerca de toda la flota pirata.

Y el capitán que le dio la bienvenida a bordo con una maldición y un puñetazo mal apuntado había sido tan indistinguible de su mugrienta y canallesca tripulación como cualquier perro en una manada callejera.

Pero ese era el motivo de que Kennit hubiera escogido embarcarse en la Marietta .

Sus líneas eran adorables bajo la escoria acumulada durante años de abandono y las velas mal remendadas de sus vergas.

Y el capitán estaba listo para ser derrocado.

Cualquier capitán de navío que no tuviera siquiera el liderazgo suficiente para dejar que su segundo de a bordo repartiera los insultos y las amenazas en su lugar era un hombre cuyo reinado tocaba a su fin.

Kennit tardó diecisiete meses en derrocar al capitán, y otros cuatro en ver saltar por la borda también a su primer oficial.