03 #7
Dio media vuelta y se alejó de ella a buen paso, por el paseo de piedra blanca hasta donde lo aguardaba su caballo ensillado.
Ronica se quedó mirando mientras montaba con torpeza a lomos del bruto.
Davad levantó una mano a modo de despedida y ella lo imitó.
Lo vio alejarse por el camino de entrada.
Luego levantó la vista para contemplar el Mitonar.
Por vez primera desde que Ephron enfermara, contempló de verdad la ciudad.
Había cambiado. Su hogar, como tantos hogares de los antiguos mercaderes, coronaba una suave colina sobre la cuenca del puerto.
Entre los árboles de abajo atisbaba las calles empedradas y los edificios de piedra blanca del Mitonar, y detrás de ellos, el azul de Bahía Comercio.
No veía el Gran Mercado desde aquí, pero confiaba en su bullicio con la misma fe que depositaba en la salida del sol.
Sus amplias calles pavimentadas imitaban la delicada herradura de la bahía.
Abierto y amplio era el Gran Mercado, diseñado con tanta minuciosidad como la hacienda de cualquier noble.
Los grupos de árboles daban sombra a pequeños jardines cuyas mesas y sillas invitaban al cliente fatigado a relajarse antes de levantarse y reanudar sus compras.
Ciento veinte tiendas de altas ventanas y amplias puertas recibían enseres de cerca y de lejos.
Los días soleados como hoy, los toldos de vivos colores cubrirían las aceras para atraer a los transeúntes más cerca de las puertas de los mercaderes con su sombra.
Ronica sonrió para sí. Su madre y su abuela siempre le habían dicho, orgullosas, que el Mitonar no parecía una ciudad arrancada al monte en esta costa fría y remota, sino que tenía el aspecto de cualquier otra población decente bajo el domino del sátrapa.
Las calles eran rectas y limpias, relegados los menudillos y las lavazas a los callejones y los desagües que había detrás de los comercios.
Incluso esas zonas se limpiaban con regularidad.
Cuando uno salía del Gran Mercado y se alejaba de los Emporios Menores, la ciudad seguía presentando una fachada pulcra y civilizada.
Las casas de piedra blanca resplandecían a la luz del sol.
Los naranjos y los limoneros contribuían a perfumar el aire con su fragancia, aunque crecieran en macetas y hubiera que resguardarlos todos los inviernos.
El Mitonar era la gema de las Orillas Malditas, la joya más lejana de las ciudades del sátrapa, pero aun así una de las más brillantes. O eso le habían dicho siempre a Ronica.
Pensó con amargura que ahora nunca sabría si su madre y su abuela le habían dicho la verdad.
Ephron le había prometido una vez que algún día peregrinarían a la ciudad santa de Jamaillia para visitar los bosquecillos de Sa y ver el rutilante palacio del sátrapa.
Otro sueño reducido a polvo. Apartó su mente de tales pensamientos y volvió a contemplar el Mitonar.
Allí todo presentaba el mismo aspecto de siempre; unos cuantos barcos más fondeados en el puerto, unas cuantas personas más corriendo por las calles, pero eso era de esperar.
El Mitonar estaba creciendo, como llevaba creciendo toda su vida.
Fue al alzar la mirada para escudriñar las colinas circundantes cuando comprendió cuánto habían cambiado las cosas.
La Montaña del Herrero, donde los robles siempre se habían erguido altos y verdes, mostraba ahora un calvero.
Lo contempló con una suerte de temor reverencial.
Había oído que uno de los recién llegados había reclamado aquella tierra y estaba empleando esclavos para talarla.
Pero nunca antes había visto una colina tan deforestada.
El calor del día martilleaba implacable sobre la montaña desnuda; el verdor que quedaba parecía agostado y sin fuerza.
La Montaña del Herrero era el cambio más espectacular, pero en ningún caso el único.
Hacia el este, alguien había despejado una parcela en una ladera y estaba construyendo una casa.
No, se corrigió, una mansión. No era solo el tamaño del edificio lo que le sobresaltó, sino el número de obreros empleados en su construcción.
Copaban la obra como hormigas bañadas de blanco al calor del sol de mediodía.
Ante sus ojos, el armazón de madera de una pared fue izado y asegurado en su sitio.
Hacia poniente, una carretera nueva trazaba una línea recta como una flecha en dirección a las colinas.
Solo podía atisbar segmentos entre los árboles, pero era amplia y bien transitada.
La preocupación se adueñó de ella. Quizá Davad tuviera más razón de lo que ella sospechaba.
Quizá los cambios que habían llegado al Mitonar fueran más significativos que un mero aumento de la población.
Y si tenía razón en ese sentido, puede que también la tuviera al decir que la única manera de sobrevivir a esta oleada de nuevos mercaderes pasaba por imitarlos.
Dio la espalda al Mitonar y a sus inquietantes pensamientos. Ahora no tenía tiempo para pensar en este tipo de cosas. Necesitaba todas sus energías para sobrellevar sus desastres y miedos particulares. El Mitonar tendría que apañárselas por su cuenta.