04 #4
En la calle había caído una noche de verano.
La batahola procedente de las tabernas había aumentado, en tanto el estruendo de los insectos y las ranas de los pantanos circundantes y la marisma salobre proporcionaban la música de fondo.
El descenso de las temperaturas pareció liberar un nuevo regimiento de olores para asaltar el olfato de Kennit.
El untuoso barro de las calles se adhería ruidosamente a sus botas mientras caminaba.
Se mantuvo en el centro de la calle, lejos de las oscuras bocas de los callejones y los depredadores que allí acechaban.
La mayoría de ellos estaban lo bastante desesperados como para atacar a cualquiera que se pusiera a su alcance.
Como si acabara de recordar una cita olvidada, entonces se le ocurrió que se moría de hambre y de sed. Y de cansancio. Y de tristeza.
La marea de su cólera se había retirado, dejándolo varado en la extenuación y la desdicha.
Desesperado, intentó descubrir quién era el culpable de su situación.
No le agradó concluir que la culpa, como siempre, era suya.
No había nadie más a quien culpar, nadie más a quien castigar.
Daba igual cuánto frotara las manchas de su culpabilidad, estas siempre terminaban por reaparecer.
Sus pies lo habían llevado al prostíbulo de Bettel.
La luz se filtraba por los postigos de las ventanas bajas.
En el interior sonaba débilmente la música y el agudo soprano de una mujer que cantaba.
Había tal vez una decena de edificios en toda Mentecacia que tenían más de un piso de altura.
El local de Bettel era uno de ellos. Pintura blanca, diminutos balcones y tejas rojas; era como si alguien hubiera tomado un burdel chalazo y lo hubiera soltado en el fango de Mentecacia.
Los tiestos con flores en los escalones pugnaban por perfumar el aire mientras dos lámparas de cobre y bronce brillaban tentadoras flanqueando la puerta verde y dorada.
Los dos matones de guardia lo saludaron con una sonrisa torcida.
De improviso los odió, tan grandes y estúpidos, ganándose la vida solo con sus músculos.
Pensaban que con eso bastaría siempre; él sabía lo que cabía esperar.
Le dieron ganas de agarrarlos por el pescuezo y estrellarles aquellos rostros sonrientes, sentir cómo impactaban sus cráneos y se partían, hueso contra hueso.
Le dieron ganas de sentir cómo se aplastaban sus tráqueas bajo sus dedos, oír cómo escapaba el último silbido de su respiración de sus gargantas trituradas.
Kennit esbozó una lenta sonrisa. Los dos matones se le quedaron mirando, antes de que sus sonrisas se convirtieran en sendas muecas de incomodidad. Al final le abrieron paso, encogiéndose casi mientras se apartaban de la puerta para hacerle sitio.
Las puertas del prostíbulo se cerraron tras él, aislándolo del fango y la peste de Mentecacia.
Llegó a un vestíbulo alfombrado, bañado por una apagada luz amarilla.
El familiar perfume de Bettel flotaba en el aire, y también el vaporoso aroma del cindin quemado.
El canto y el suave tamborileo que lo acompañaba sonaban más alto aquí.
Un criado se presentó ante él y señaló sus botas embarradas.
A una discreta seña con la cabeza de Kennit, saltó como un resorte con su cepillo para limpiar la mayor parte del barro de sus botas y a continuación las frotó con un trapo.
Acto seguido, vertió agua fresca en una palangana y se la ofreció a Kennit.
Este tomó el paño que colgaba del brazo del joven y se quitó el sudor y el polvo de la jornada de la cara y las manos.
El muchacho miró a Kennit sin decir nada cuando hubo acabado, y el capitán pirata le dio una palmadita en la coronilla afeitada.
El joven sonrió y cruzó la estancia corriendo para abrirle una segunda puerta.
Cuando la puerta blanca se abrió despacio, el canto sonó con más fuerza.
Había una mujer rubia sentada en el suelo con las piernas cruzadas, acompañándose de tres pequeños tambores mientras entonaba una cancioncilla sobre su valiente amor perdido en el mar.
Kennit le dedicó apenas un vistazo. Ella y sus sentimentales arrullos no eran lo que había venido a buscar aquí.
Antes de que pudiera pensar en impacientarse, Bettel se había levantado de su mullido trono para colgarse suavemente de su brazo.
—¡Kennit! —exclamó con dulce desaprobación—.
¡Por fin apareces, bribón! ¡La Marietta amarró hace horas!
¿Por qué has tardado tanto en venir? —Este mes se había alheñado los negros cabellos y su perfume flotaba a su alrededor tan pesado como sus joyas.
Sus senos embestían contra su vestido como el mar embravecido amenazando con anegar las regalas de un bote.
Pasó por alto su regañina. Sabía que la atención estaba destinada a halagarlo, y ese conocimiento hacía que toda la rutina de Bettel resultara irritante.
Claro que se acordaba de él. Le pagaba para que lo recordara.
Miró de refilón por encima de la cabeza de la mujer, escudriñando el elegante mobiliario de la sala y el puñado de fuertes hombres y mujeres que remoloneaban en las sillas acolchadas y los divanes.
Dos de las mujeres le sonrieron. Eran nuevas.
Ninguna de las otras lo miró a los ojos.
Volvió a concentrarse en Bettel e interrumpió su torrente de cumplidos:
—No veo a Etta.
Bettel hizo un mohín de desaprobación.
—Bueno, ¿crees que eres el único que la prefiere? No podía esperarte eternamente. Si llegas tarde, maese Kennit, debes…
—Ve a buscarla y mándala a la cámara de arriba.
Espera. Que se bañe antes, mientras ceno algo.
Envíame una buena comida, con pan fresco.
Nada de pescado ni cerdo. El resto lo dejo en tus manos.
Y el vino, Bettel. Tengo paladar. No me des las uvas descompuestas que me serviste la última vez si no quieres que esta casa me pierda como cliente.
—Maese Kennit, ¿crees que puedo llamar sin más a la puerta de una habitación y decirle a un cliente que reclaman a Etta en otra parte? ¿Crees que tu dinero vale más que el de cualquier otro? Si llegas tarde, tendrás que elegir…
No le prestó atención, sino que subió la escalera curva que había en la esquina de la habitación.
Se detuvo por un momento en la primera planta.
Los sonidos le recordaban a una pared llena de ratas.
Soltó un resoplido de desagrado. Abrió una puerta que daba a una escalerilla en penumbra y subió otro tramo de escaleras.
Aquí, bajo los aleros, había una cámara que no compartía sus paredes con ninguna otra.
Tenía una ventana que daba a la laguna. La costumbre lo hizo cruzar hasta esa atalaya.
La Marietta se mecía junto a los muelles, con una lámpara solitaria alumbrando su cubierta. Todo estaba en orden allí.
Volvió al cuarto cuando un criado llamaba a la puerta.
—Adelante —refunfuñó. El hombre que entró estaba hecho un desastre.
Las cicatrices de más de una pelea poblaban su amplio semblante, pero se movió con gracia mientras encendía el fuego en la pequeña chimenea de la otra punta del cuarto.
Encendió asimismo dos manojos de velas para Kennit.
Su cálida luz hizo que reparara en lo oscura que se había vuelto la noche de verano en la calle.
Se apartó de la ventana y se sentó frente a la chimenea en una silla con cojín.
La noche no necesitaba más calor añadido, pero algo en él anhelaba la dulce fragancia de la madera resinosa y la danzarina luz de las llamas.
Un segundo golpe anunció la llegada de otros dos criados.
Uno dejó una bandeja de comida sobre un níveo mantel en una mesita mientras el otro le ofrecía un cuenco y un jarro de agua humeante, perfumada con lavanda.
Eso al menos recordaba Bettel de sus gustos, pensó, y se sintió halagado a su pesar.
Volvió a lavarse la cara y las manos, e indicó a los criados que salieran de la habitación antes de disponerse a dar cuenta de su cena.
No hacía falta que la comida fuera demasiado buena para salir ganando en comparación con las raciones de a bordo, pero este plato era excelente.
La carne era tierna y estaba sazonada con una sabrosa salsa oscura, el pan caliente estaba recién salido del horno y la compota de fruta con especias que acompañaba la comida suponía un agradable contrapunto a la carne.
El vino no era excepcional, pero resultaba más que adecuado.
Kennit se tomó su tiempo con la comida. Rara vez se permitía placeres físicos salvo cuando estaba resentido.
En esas ocasiones saboreaba los pequeños esfuerzos por complacerse.
Los entretenimientos que se permitía ahora le recordaban en cierto modo a los mimos que le prodigaba su madre cuando estaba enfermo.
Bufó con desdén ante aquella idea y la dejó de lado junto con su plato.
Se sirvió un segundo vaso de vino, proyectó las botas hacia el fuego y se reclinó en su silla.
Contempló las llamas y no pensó en nada.
Una llamada a la puerta presagió el postre.
—Adelante —dijo distraídamente. El fugaz consuelo de la cena se había disipado, y el pozo de depresión que se abría ahora ante él era insondable. Todo aquello era inútil. Inútil y temporal.
—Te he traído pastel de manzana caliente y crema fresca dulce —dijo Etta en voz baja.
Giró solo la cabeza para mirarla.
—Qué bien —respondió con monotonía.