Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 03 #4
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En alguna parte, Ronica encontró el aplomo necesario para devolverle la sonrisa mientras soltaba su pluma y cerraba su libro de cuentas.

Esperaba que la tinta estuviera seca. Hizo ademán de levantarse, pero Davad le indicó que se quedara como estaba.

Otro pequeño gesto por su parte sacó a Rache corriendo del cuarto mientras Davad se acercaba a la cama de Ephron.

—¿Cómo está? —preguntó, suavizando su voz profunda.

—Ya lo ves —repuso Ronica en voz baja. Dejó de lado la irritación que le producía que Davad tuviera la presunción de entrar en la habitación donde languidecía su esposo.

Dejó, asimismo, de lado el azoramiento que le producía que la hubiera encontrado haciendo cuentas, con tinta en el dorso de la mano y la frente arrugada de tanto mirar los apretados números.

La intención de Davad era buena, sin duda.

Cómo había conseguido crecer en el seno de una de las familias mercaderes más antiguas del Mitonar y seguir teniendo una idea tan vaga de los buenos modales nunca sabría explicárselo.

Sin esperar invitación, Davad tomó una silla para sentarse al otro lado de la cama de Ephron.

Ronica torció el gesto cuando la arrastró por el suelo, pero Ephron no se meneó.

Cuando el corpulento mercader se hubo acomodado, señaló sus libros de cuentas.

—¿Y cómo están esos? —preguntó con toda familiaridad.

—Ni mejor ni peor que los de cualquier mercader hoy en día, estoy segura —se zafó de su intromisión—.

La guerra, la plaga y los piratas nos preocupan a todos.

Lo único que podemos hacer es perseverar y aguardar días mejores.

¿Y qué tal te va a ti, Davad? —Intentó recordarle sus modales.

El aludido apoyó significativamente una mano extendida en la barriga.

—Me ha ido mejor. Vengo de la mesa de Fullerjon; su cocinero tiene una mano espantosa para las especias, y a Fullerjon le falta la lengua necesaria para decirlo. —Se recolocó en su silla y exhaló un martirizado suspiro—. Pero uno debe ser educado y comer lo que le ofrezcan, supongo.

Ronica contuvo su irritación. Señaló la puerta.

—Podríamos conversar en la terraza. Un vaso de suero de manteca te ayudaría a hacer la digestión. —Hizo ademán de levantarse, pero Davad no se inmutó.

—No, no, aunque te lo agradezco. Será una visita muy breve. A un vaso de vino no te diría que no, eso sí. Ephron y tú siempre habéis tenido los sótanos mejor surtidos de la ciudad.

—No quiero molestar a Ephron —dijo sin ambages Ronica.

—Oh, tendré cuidado de hablar en voz baja. Aunque, si te soy sincero, preferiría exponerle mi oferta a él en vez de a su esposa. ¿Crees que despertará pronto?

—No. —Ronica oyó la acritud en su voz y carraspeó suavemente, como si se debiera a que tenía la garganta seca—.

Pero, si quieres presentarme los términos de esa oferta que traes, me ocuparé de comentárselo a Ephron en cuanto despierte.

—Fingió haber olvidado su solicitud de vino.

Era mezquino, pero había aprendido a extraer pequeñas satisfacciones de donde podía.

—Sin duda, sin duda. Todo el Mitonar sabe que su monedero está en tus manos. Y también su confianza, desde luego —asintió con jovialidad, como si acabara de hacerle un cumplido.

—¿La oferta? —insistió Ronica.

—De Fullerjon, por supuesto. Me parece que esa era su única intención cuando me invitó a compartir su mesa este mediodía, si te lo puedes creer.

El muy advenedizo parece pensar que no tengo otra cosa mejor que hacer que servirle de recadero entre las mejores familias de la ciudad.

Si no creyera que Ephron y tú podríais beneficiaros de la oferta en estos momentos, se lo habría dicho.

Tal y como están las cosas, no quise alienarlo, ya sabes.

No es más que un mercachifle codicioso, pero…

—Se encogió de hombros—. Sin ellos casi no hay quien haga negocios en el Mitonar hoy en día.

—¿Y su oferta era? —lo apremió Ronica.

—Ah, sí. Sus tierras bajas. Quiere comprarlas. —Espió la bandeja de galletitas y frutas que había dejado Ronica junto a la cama de Ephron y cogió una galleta.

Ronica se quedó estupefacta.

—Son parte de las tierras originales de la familia Vestrit. El sátrapa Esclepius en persona concedió esas tierras.

—Ah, en fin, tú y yo sabemos lo importantes que son esas cosas, pero los recién llegados como Fullerjon… —empezó Davad en tono conciliador.

—La concesión de esas tierras fue lo que hizo de los Vestrit una familia de mercaderes.

Formaban parte del acuerdo del sátrapa con los mercaderes.

Doscientos leffers de tierra buena para cualquier familia que estuviera dispuesta a ir al norte y asentarse en las Orillas Malditas, a afrontar los peligros de vivir cerca del río Pluvia.

Por aquel entonces, pocos se atrevieron.

Todo el mundo sabe que el misterio baja por el Pluvia tan deprisa como sus aguas.

Esas tierras bajas y una porción del monopolio en el transporte de mercancías por el río Pluvia son lo que hace de los Vestrit una familia mercader.

¿En serio crees que alguna familia de mercaderes querría vender sus concesiones? —Ahora estaba enfadada.

—No hace falta que me des lecciones de historia, Ronica Vestrit —le reprochó Davad. Cogió otra galleta—. ¿Debo recordarte que mi familia llegó aquí en la misma expedición? Los Restart son tan mercaderes como los Vestrit. Sé lo que significan esas tierras.

—Entonces, ¿cómo puedes traer siquiera una oferta así a esta casa? —inquirió acalorada Ronica.

—Porque medio Mitonar sabe lo desesperadas que se han puesto las cosas para vosotros.

Mira, mujer. No tienes el capital necesario para contratar trabajadores que se ocupen de esas tierras como es debido.

Fullerjon sí. Y comprándolas aumentaría sus terrenos hasta el punto en que podría optar a solicitar un asiento en el Consejo del Mitonar.

Entre tú y yo, creo que al final eso es lo único que ambiciona.

No hace falta que sean vuestras tierras bajas, aunque eso es lo que le gustaría.

Ofrécele otra cosa; seguro que te lo compra.

—Davad se recolocó con expresión insatisfecha—.

Véndele los trigales. De todos modos, no puedes cultivarlos en condiciones.

—Y él tendrá su asiento en el Consejo del Mitonar.

Para votar a favor de traer esclavos al Mitonar.

Y trabajar las tierras que le haya vendido con mano de obra esclava y vender el trigo que obtenga a un precio con el que yo no podría competir.

Ni tú, ya puestos, ni ningún mercader honrado.

Davad Restart, usa la cabeza. Esta oferta me pide que traicione no solo a la familia Vestrit, sino a todos nosotros.

Ya tenemos bastantes mercachifles codiciosos en el Consejo del Mitonar.

No seré yo la que entregue sus tierras y un asiento en el consejo a otro advenedizo rezagado.

Davad hizo ademán de decir algo antes de controlarse. Recogió sus manitas sobre el regazo.

—Va a pasar, Ronica. —La mujer percibió auténtico pesar en su voz—.

La era de los antiguos mercaderes toca a su fin.

Las guerras y los piratas nos han perjudicado demasiado.

Y ahora que las guerras se acaban, han llegado estos mercaderes, abalanzándose sobre nosotros como las moscas sobre un conejo muerto.

Nos dejarán secos. Necesitamos su dinero para recuperarnos, de modo que nos obligan a vender barato lo que nos ha costado sangre e hijos.

—Se le quebró la voz. Ronica recordó de repente que el año de la talasemia se había cobrado a sus hijos además de convertirlo en viudo.

No había vuelto a casarse—. Va a pasar, Ronica —repitió—.

Y los que sobrevivamos seremos los que hayamos aprendido a adaptarnos.

Cuando nuestras familias se asentaron en el Mitonar, la pobreza y el hambre las hacían muy adaptables.

Hemos perdido esa cualidad. Nos hemos convertido en aquello de lo que huimos.

Gordos y tradicionalistas, y desesperados por aferrarnos a nuestros monopolios.

El único motivo por el que despreciamos a los nuevos mercaderes que han empezado a llegar es que nos recuerdan demasiado a nosotros mismos.

O más bien a nuestros tatarabuelos, y las historias que hemos oído sobre ellos.

Ronica casi se sintió inclinada a darle la razón. Luego sintió una oleada de rabia.

—¡No se parecen en nada a los mercaderes originales!

¡Ellos eran lobos, estos son pájaros carroñeros que se alimentan de ojos!

Cuando el primer Carrock pisó esta orilla, lo arriesgó todo.

Vendió cuanto tenía para conseguir montar en su barco, y prometió al sátrapa la mitad de todo lo que pudiera obtener en los veinte años siguientes.

¿Y por qué? Por una concesión de tierra y la garantía de una participación en el monopolio.

¿Qué tierra? Pues cualquier parcela que pudiera reclamar para sí.

¿Qué monopolio? Bueno, sobre cualquier mercancía que descubriera y mereciera la pena comercializarse.

¿Y dónde estaba este maravilloso negocio que le ofrecían?

En una extensión de costa que durante años se había llamado las Orillas Malditas, un lugar sobre el que ni siquiera los dioses proclamaban su dominio.

¿Y qué encontraron aquí? Enfermedades desconocidas, misterios que volvían locos a los hombres de la noche a la mañana y la condena de que la mitad de nuestros hijos naciera sin ser humanos del todo.

Davad palideció y agitó las manos con gesto conciliador. Pero Ronica estaba desbocada.