03 #5
—¿Sabes lo que es para una mujer, Davad, llevar algo dentro durante nueve meses sin saber si será el hijo y heredero por el que habéis estado rezando, o un monstruo deforme que su marido deberá estrangular con sus propias manos?
¿O algo a medio camino? Sin duda sabrás cómo es para un hombre.
Que yo recuerde, tu Dorill se quedó embarazada tres veces, pero solo tuvisteis dos hijos.
—Y la talasemia se los llevó a ambos —admitió Davad con voz entrecortada.
De pronto ocultó el rostro entre las manos y Ronica lo lamentó, se arrepintió de todo lo que había dicho, y sintió pena por este patético cascarón humano que no tenía esposa que le dijera que volviera a atarse la túnica y riñera al sastre por aquellos pantalones mal cortados.
Lo lamentó por todos ellos, nacidos en el Mitonar para morir en el Mitonar, y para proseguir en el ínterin con el pacto colmado de maldiciones que habían hecho sus ancestros.
Quizá la peor parte de ese pacto fuera que todos y cada uno de ellos había aprendido a amar el Mitonar y las verdes colinas y valles que lo rodeaban.
Exuberante como una selva, la tierra fértil y negra en la mano, agua cristalina en los arroyos, y caza abundante en los bosques, les ofrecía riquezas inimaginables para los desaliñados inmigrantes castigados por el mar que habían tenido el valor de ser los primeros en anclar en el puerto del Mitonar.
Al final, el verdadero contrato se había firmado no con el sátrapa que reclamaba oficialmente estas orillas, sino con la tierra misma.
La belleza y la fertilidad se compensaban con enfermedad y muerte.
Y algo más, admitió para sí. Había algo en el hecho de llamarse mercader del Mitonar, en el hecho no solo de arrostrar todos los misterios que bajaban por el río Pluvia, sino en reclamarlos para sí.
Los primeros mercaderes habían intentado establecer su asentamiento en la desembocadura del río Pluvia.
Habían construido sus hogares en la linde del río, empleando las raíces de los árboles como cimientos para sus cabañas y tendiendo puentes de una casa a otra.
Las crecidas y las bajadas del río habían discurrido bajo sus suelos, y las feroces tormentas habían acunado sus casas arbóreas por la noche.
A veces, la tierra misma se sacudía y temblaba, y entonces el río podía correr, lechoso y letal, durante un día o un mes.
Durante dos años, los colonos habían morado allí, a pesar de los insectos, las fiebres y el rápido río que devoraba todo lo que caía en sus aguas.
Pero no habían sido esas penurias, sino el misterio lo que había terminado expulsándolos.
Al pequeño grupo de mercaderes lo habían empujado hacia el sur la muerte, la enfermedad y los extraños pánicos que podían aquejar a una mujer mientras amasaba el pan, las furias de autodestrucción que podían abatirse sobre un hombre mientras recogía leña y hacer que se arrojara al río.
De las trescientas siete casas que habían formado los mercaderes originales, sesenta y dos familias habían sobrevivido a los primeros tres años.
Incluso ahora, desde el Mitonar a la desembocadura del Pluvia se extendía un rastro de ciudades abandonadas que señalaba el rumbo de sus intentos por asentarse.
Por fin, aquí en el Mitonar, a orillas de Bahía Comercio, había encontrado una distancia tolerable del río Pluvia y todo lo que bajaba por él.
De esas familias que habían elegido quedarse y poblar el río Pluvia cuanto menos se dijera, mejor.
Los mercaderes del Pluvia eran familia y una parte necesaria de todo cuanto era el Mitonar. Eso lo reconocía. Pero en fin.
—¿Davad? —Pasó un brazo por encima de Ephron para tocar con amabilidad el brazo de su viejo amigo—. Lo siento. He hablado con dureza de cosas que vale más no mencionar.
—No pasa nada —mintió él entre sus manos.
Levantó un rostro palidecido para mirarla a los ojos—.
Lo que los mercaderes no comentamos entre nosotros está en boca de estos recién llegados.
¿No te has fijado en qué pocos traen sus esposas e hijas?
No vienen aquí para quedarse. Comprarán la tierra, sí, y se sentarán en el Consejo y exprimirán sus riquezas al Mitonar, pero entremedias navegarán de regreso a Jamaillia.
Allí es donde se casarán y tendrán a sus esposas, donde nacerán sus hijos, allí irán a pasar los años de su vejez y enviarán aquí uno o dos hijos para ocuparse de los negocios.
—Resopló con desdén—. Los Inmigrantes de las Tres Naves, ellos se merecen mi admiración.
Llegaron aquí y, cuando les dijimos el precio que iba a costarles este santuario, se quedaron a pesar de todo.
Pero esta oleada de recién llegados viene esperando solo recoger los frutos que hemos regado con nuestra propia sangre.
—El sátrapa es tan culpable como ellos —convino Ronica—.
Ha incumplido la palabra que nos diera Esclepius, su antepasado.
Se nos juró que no concedería más tierras a ningún recién llegado, a no ser que nuestro Consejo lo aprobara.
Los Inmigrantes de las Tres Naves llegaron con las manos vacías, pero dispuestos a deslomarse, y se han convertido en parte de nosotros.
Pero esta última oleada llega enarbolando sus concesiones de tierras y reclamando sus leffers sin importarles quién o qué sufra en el proceso.
Felco Treeves reclamó sus terrenos en las laderas sobre el valle de cerveza del mercader Drur, y soltó ganado para que pastara allí.
Ahora los manantiales de Drur, que fluían tan limpios, son amarillos como los meados de vaca, y su cerveza es intragable.
Y cuando llegó Trudo Fells, reclamó para sí el bosque que se había dejado intacto para procurar leña y roble para los muebles, y…
—Ya lo sé, lo sé todo —la interrumpió Davad con cansancio—.
Ronica, rumiar estos pensamientos no te reportará nada más que amargura.
Y no sirve de nada fingir que las cosas volverán a ser como antes.
No es verdad. Esta es la primera oleada de cambios.
Podemos dejarnos llevar por la ola o ser aplastados por ella.
¿Crees que el sátrapa no venderá más concesiones de tierras cuando se vea cómo prosperan estos recién llegados?
Vendrán más. La única forma de tratar con ellos es adaptarse a ellos.
Aprender de ellos, si no queda otra…, e imitar sus costumbres cuando sea necesario.
—Ya. —La voz de Ephron fue como el sonido de un gozne roñoso al girar—.
Podemos aprender a gozar tanto de la esclavitud que nos dé igual cuando nuestros nietos se conviertan en esclavos porque el montante de las deudas de un mes es demasiado alto.
Y en cuanto a las serpientes marinas que los barcos de esclavos atraen a nuestras aguas, alimentándolas por el camino con los cuerpos que arrojan por la borda, en fin, podemos darles la bienvenida a Bahía Comercio y dejar de preocuparnos por el osario.
Era un largo discurso para un hombre enfermo. Se detuvo para respirar. Al primer indicio de actividad, Ronica se había puesto de pie para traer la leche de amapola. Quitó el tapón a la pesada botella marrón, pero Ephron negó con la cabeza despacio.
—Todavía no —le dijo. Se quedó respirando un momento antes de repetir—: Todavía no. —Volvió su mirada hacia legañosa Davad, cuya ruda desolación ante la debilidad de Ephron estaba escrita con letras de molde en su cara. Ephron soltó una tos débil.
Davad inclinó el rostro en un intento por sonreír.
—Me alegra verte despierto, Ephron. Espero que nuestra conversación no te haya molestado.
Por uno o dos momentos, Ephron se limitó a mirarlo. Luego, con la indiferente brusquedad de los muy enfermos, lo ignoró. Su mirada vidriosa se fijó en su mujer.
—¿Noticias de la Vivacia ? —preguntó. Hizo la pregunta igual que pediría comida un hambriento.
Ronica negó con la cabeza a regañadientes mientras soltaba la leche de amapola.
—Pero ya no debería tardar mucho. El monasterio nos ha informado que Wintrow ya está de camino hacia aquí. —Ofreció estas palabras con ilusión, pero Ephron giró la cabeza despacio contra la almohada.
—¿Qué va a hacer? ¿Poner gesto solemne y mendigar una ofrenda para su monasterio antes de irse?
Di por perdido a ese chico cuando su madre lo sacrificó a Sa.
—Ephron cerró los ojos y resolló un momento.
No abrió los ojos antes de hablar de nuevo—: Maldito Kyle.
Debería haber vuelto hace semanas…, a menos que se la haya llevado al fondo, y también a Althea.
Sabía que debería haber dejado el barco en manos de Brashen.
Kyle es un buen capitán, pero se necesita sangre de mercader para comprender las costumbres de una nao rediviva.
Ronica sintió cómo afloraba el color a sus mejillas. Le avergonzaba que su marido hablara así de su yerno en presencia de Davad.
—¿Tienes hambre, Ephron? ¿O sed? —preguntó para cambiar de tema.
—Ni lo uno ni lo otro. —Tosió—. Me estoy muriendo.
Y me gustaría que mi condenada nave estuviera aquí para perecer en su cubierta y avivarla, para que toda mi maldita vida no haya sido en vano.
No es tanto pedir, ¿no? ¿Que el sueño que nací para cumplir culminara como siempre he planeado?
—Dio una bocanada entrecortada—. La amapola, Ronica. Amapola, enseguida.
Ronica midió el jarabe con una cuchara. La acercó a la boca de Ephron y él se lo tragó sin protestar.
Después tomó aire y señaló su jarra de agua.
Bebió de la taza a sorbitos, para después tenderse contra sus almohadas con un resuello.
Las líneas de su frente comenzaron a suavizarse, sus labios se aflojaron.
Sus ojos derivaron hacia Davad, pero no habló para él.