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Ronica había sabido que no era solo su fortuna lo que dejaba Ephron en sus manos, sino también su reputación.
Había jurado ser digna de esa confianza.
Durante más de treinta años, sus posesiones habían prosperado.
Había habido malas cosechas, plagas, heladas tempranas y tardías con las que lidiar, pero una buena recogida de fruta siempre había compensado la escasez de trigo, o las ovejas habían salido adelante cuando se malograban los cultivos.
De no haber tenido que hacer frente a la considerable deuda contraída al construir la Vivacia , se habrían enriquecido.
Así las cosas, habían vivido holgadamente, y algunos años incluso más que eso.
No en los últimos cinco años. En ese tiempo habían pasado de la excedencia a lo pudiente, y de ahí a lo que Ronica consideraba apretado.
El dinero se iba casi tan deprisa como llegaba, y ella siempre parecía estar pidiendo a algún acreedor que esperara otro día u otra semana hasta que pudiera pagarlo.
Una y otra vez había solicitado el consejo de Ephron.
Este se había desentendido, diciéndole que vendiera lo que no les beneficiaba para conservar lo que sí.
Pero ese era el problema. La mayoría de las granjas y huertas estaban produciendo más que nunca.
Sin embargo, había que competir con la fruta y los cereales recogidos por esclavos de Chalaza, y la condenada Guerra de las Velas Rojas estaba destruyendo el comercio con el norte, igual que los malditos piratas en el sur.
Los cargamentos enviados nunca llegaban a su destino, y los beneficios esperados no regresaban.
Temía constantemente por la seguridad de su marido y su hija siempre en el mar, pero Ephron parecía clasificar a los piratas con el mal tiempo; eran solo otro de los peligros a los que tenía que hacer frente un buen capitán de navío.
Podía volver a casa de sus viajes y referirle inquietantes historias en las que huía de barcos siniestros, pero todos sus relatos tenían un final feliz.
Ningún velero pirata podía soñar con ser más veloz que una nao rediviva.
Cuando Ronica había intentando decirle hasta qué punto perjudicaban la guerra y los piratas al resto de la fortuna familiar, Ephron se reía de buena gana y respondía que la Vivacia y él se esforzarían todavía más por enderezar las cosas.
Por aquel entonces, no sentía el menor interés por sus libros de cuentas ni por escuchar las desalentadoras noticias de los demás comerciantes y mercaderes.
Ronica recordó con frustración que había parecido incapaz de ver nada más que sus viajes se saldaban con éxito, que los árboles seguían dando sus frutos y que el trigo se espigaba en sus sembrados, como siempre.
Emprendía una precipitada excursión a cualquiera de sus haciendas, echaba un somero vistazo a las cuentas y regresaba a la mar con Althea, dejando que Ronica se las compusiera como pudiera.
Solo una vez había tenido el valor de sugerirle que quizá debieran retomar el comercio del río Pluvia.
Tenían los derechos, y los contactos, y la nao rediviva.
En tiempos de su abuela y su padre, esa había sido su principal fuente de mercancías.
Pero, desde los días de la talasemia, Ephron se negaba a navegar el Pluvia.
No había ninguna prueba concreta de que la enfermedad proviniera de los Territorios Pluviales.
Además, ¿quién podía saber dónde se había originado una enfermedad?
No tenía sentido culparse y privarse de la parte más lucrativa de su negocio.
Pero Ephron tan solo negó con la cabeza y le hizo prometer que jamás volvería a sugerir algo así.
No tenía nada en contra de los mercaderes del Pluvia, y no negaba que sus mercancías eran exóticas y hermosas.
Pero se le había metido en la cabeza que uno no podía traficar con magia, ni siquiera tangencialmente, sin pagar un precio por ello.
Prefería, le había dicho, ser pobre que correr ese riesgo.
Al principio ella había tenido que dejar marchar los manzanos y, con ellos, la diminuta bodega que había sido su orgullo.
También los viñedos se habían vendido, y eso había sido difícil para ella.
Los había adquirido cuando Ephron y ella estaban recién casados, su primera empresa arriesgada, y verlos prosperar la había llenado de gozo.
Aun así, hubiera sido estúpida al rechazar el precio que le habían ofrecido por ellos.
Había bastado para mantener sus demás posesiones a flote durante un año entero.
Y así continuaron las cosas. Cuando la guerra y los piratas echaron la soga al cuello del Mitonar, tuvo que renunciar a un negocio tras otro para mantener los demás a flote.
Se avergonzaba de ello. Había sido Carrock antes que Vestrit, y los Carrock se preciaban de ser una de las originales familias mercaderes del Mitonar.
No contribuía a aliviar sus temores ver cómo se tambaleaban las demás familias ante la avalancha de jóvenes comerciantes que se trasladaban al Mitonar, comprando antiguas haciendas y cambiando la forma en que siempre se habían hecho las cosas.
Habían traído el comercio de esclavos al Mitonar, al principio como mercancía camino de los Estados de Chalaza, pero últimamente parecía que el flujo de esclavos que pasaban por el Mitonar fuera mayor que cualquier otro negocio.
Aunque los esclavos ya no pasaban de largo.
Cada vez se trabajaban con ellos más sembrados y huertos.
Oh, los hacendados afirmaban que se trataba de sirvientes forzosos, pero todo el mundo sabía que esos «sirvientes» se enviaban con frecuencia a Chalaza para ser vendidos como esclavos si no demostraban voluntad para trabajar.
Más de uno y más de dos lucían tatuajes de esclavos en la cara.
Era otra costumbre chalaza que parecía haber cobrado adeptos en Jamaillia y que ahora comenzaba a aceptarse también en el Mitonar.
Eran estos «nuevos mercaderes», pensó con amargura Ronica.
Quizá llegaran al Mitonar procedentes de la ciudad de Jamaillia, pero el equipaje que traían consigo parecía importado de Chalaza.
En apariencia, seguía yendo contra la ley del Mitonar mantener esclavos salvo como mercancía temporal, pero eso no parecía inquietar a los nuevos mercaderes.
Unos cuantos sobornos en la oficina de aduanas y los agentes del tesoro del sátrapa se volvían de lo más crédulos, dispuestos a creer que aquellas personas con la cara tatuada y cargadas de grilletes eran sirvientes forzosos, nada de esclavos.
Los esclavos no conseguirían nada denunciando su verdadera situación.
El Consejo de Antiguos Mercaderes se había quejado en vano.
Ahora, incluso algunas de las viejas familias habían empezado a burlar la ley sobre la esclavitud.
Mercaderes como Davad Restart, pensó con acritud.
Supuso que Davad debía de obrar así para mantenerse a flote en estos tiempos tan duros.
¿No se lo había dicho él mismo con otras palabras el mes pasado, cuando ella se lamentó del estado de sus campos de trigo?
Davad le había sugerido poco menos que atajara los costes empleando esclavos para trabajar la tierra.
Había llegado a apuntar incluso que podría disponerlo todo para ella, a cambio de una pequeña fracción de los beneficios.
A Ronica no le gustaba pensar en lo tentadora que le había parecido esa oferta.
Estaba anotando la última y desalentadora entrada en sus libros de cuentas cuando el susurro de las faldas de Rache se entrometió en su atención.
Levantó los ojos hacia la sirvienta. Qué harta estaba Ronica de la mezcla de rabia y pesar que veía siempre en el semblante de Rache.
Era como si la mujer esperara que ella hiciera algo por arreglar su vida.
¿Es que no se daba cuenta de que Ronica tenía problemas de sobra con su marido moribundo y sus precarias finanzas?
Ronica sabía que Davad había obrado de buena fe al enviarle a Rache para que la ayudara, pero a veces deseaba que aquella mujer se esfumara.
No había ninguna manera refinada de librarse de ella, sin embargo, y daba igual lo irritada que estuviera Ronica con ella, nunca tendría el valor de devolvérsela a Davad.
Ephron siempre había desaprobado la esclavitud.
Ronica pensaba que era algo que la mayoría de los esclavos se había buscado, pero de alguna forma le parecía irrespetuoso para con Ephron condenar a esta mujer a la esclavitud cuando había ayudado a cuidar de él mientras agonizaba. Por poca que hubiera sido esa ayuda.
—¿Sí? —preguntó con brusquedad al ver que Rache se limitaba a quedarse allí plantada.
—Ha venido a verla Davad, señora —musitó Rache.
—El mercader Restart, querrás decir —la corrigió Ronica.
Rache asintió a modo de silencioso asentimiento. Ronica apretó los dientes y lo dio por imposible.
—Lo veré en el salón —instruyó a Rache, y luego siguió los tristes ojos de la muchacha hasta Davad, que ya estaba en la puerta.
Como siempre, estaba impecablemente vestido y, como siempre, su atuendo era algo inadecuado.
Las mallas le quedaban un poco holgadas en las rodillas, y el jubón con bordados que llevaba estaba anudado con la fuerza suficiente como para estropear sus líneas: convertía su modesta barriga en una panza abultada.
Se había aceitado el pelo oscuro en bucles, pero casi todo el rizo se había perdido y pendía en grasientos tirabuzones.
Aunque conservara los rizos, era un estilo más adecuado para un hombre mucho más joven.