03 #2
Por fin había estado en casa para la floración de su árbol de boda.
Cuando subieron las temperaturas del año, el árbol había echado brotes.
Hubo algunas semanas en que, si Ephron no se sentía mejor, al menos no empeoraba.
Ella se sentaba en su salón y cosía o se ocupaba de las cuentas mientras él tallaba o tejía esteras de cuerda para usarlas como tapetes.
Habían hablado del futuro y él había expresado su preocupación por su barco y su hija.
Las únicas ocasiones en que habían discutido había sido acerca de Althea.
Pero no había nada de nuevo en eso. Llevaban discutiendo sobre ella desde que nació.
Ephron nunca había podido admitir que mimaba a su niña pequeña.
La talasemia se había llevado a sus varones, uno a uno, durante el infernal año de la enfermedad.
Incluso ahora, casi veinte años después, Ronica sentía revolverse la congoja en su pecho al pensar en ello.
Tres hijos, tres pequeños brillantes, muertos en menos de una semana.
Keffria escapó con vida a duras penas. Ronica había pensado que acabaría con la cordura de los dos ver su árbol familiar despojado de cada flor masculina.
Ephron, en cambio, había volcado toda su atención y sus esperanzas en el bebé que se resguardaba en su vientre.
Más considerado que durante sus otros embarazos, había llegado a amarrar el barco dos semanas de más para asegurarse de estar en casa cuando naciera la criatura.
Cuando el bebé resultó ser una niña, Ronica había esperado que Ephron se sintiera contrariado.
Este, por el contrario, había colmado de atenciones a su hija pequeña, como si de algún modo su voluntad pudiera convertirla en varón.
Había alentado su rebeldía y su obstinación hasta conseguir que Ronica se desesperara con ella.
Ephron siempre había rechazado que se tratara de otra cosa que un carácter fuerte.
No le negaba nada, y el día que Althea exigió acompañarlo en su siguiente viaje, Ephron se lo había consentido.
Había sido un viaje corto, y Ronica había salido a recibir el barco en los muelles, convencida de que daría la bienvenida a una niña harta de las duras condiciones de a bordo.
Vio en cambio una mona salvaje encaramada a las jarcias, con el negro cabello cortado a cepillo, descalza y con los brazos desnudos.
A partir de entonces, había navegado con su padre. Y ahora navegaba sin él.
También eso les había acarreado discusiones.
Ronica había precisado de todas sus palabras y su dolor para convencer a Ephron de que debería permanecer una temporada en casa.
Había asumido que, naturalmente, Althea también se quedaría en tierra.
¿Qué tenía que hacer a bordo de un barco sin su padre?
Cuando compartió sus ideas con Ephron, este se había quedado de piedra.
—¿Que la nao rediviva de nuestra familia zarpe sin nadie de nuestra sangre a bordo? ¿Sabes la mala suerte que estarías tentando, mujer?
—La Vivacia todavía no se ha avivado. Seguro que basta con Kyle, emparentado con nosotros por el matrimonio.
¡Hace casi quince años que se casó con Keffria!
Deja que Althea pase una temporada en casa.
Le vendría bien a su cabello y su piel, y tendría ocasión de que la vieran en la ciudad.
Está en edad casadera, Ephron, o al menos de que la cortejen.
Pero, para que alguien la corteje, primero tendrá que verla.
Solo aparece una o dos veces al año, un Baile de Primavera este año, una Fiesta de la Cosecha el siguiente.
La gente casi no la reconoce por la calle.
Y cuando los jóvenes de las familias mercaderes se fijan en ella, va vestida con pantalones y chaqueta, con el pelo recogido en una coleta a la espalda y la piel del color del cuero curtido.
Mala manera de presentarla si queremos que encuentre un buen partido.
—¿Un buen partido? ¿No será mejor que se case feliz, como hicimos nosotros?
Fíjate en Keffria y en Kyle. ¿Recuerdas cómo corrieron las habladurías por toda la ciudad cuando permití que un presuntuoso capitán de navío con sangre chalaza empezara a cortejar a la mayor de mis hijas?
Pero yo sabía que era un hombre, y ella sabía lo que anidaba en su corazón, y han sido felices.
Fíjate en sus hijos, sanos como gaviotas.
No, Ronica, si hay que amarrar a Althea con una correa y emperifollarla y cubrirla de polvos para que alguien se fije en ella, el que se fije no será el hombre que yo querría para ella.
Que llame la atención de un hombre que la admire por su brío y su fuerza.
Tiempo tendrá de sentar la cabeza y convertirse en señora, madre y esposa.
Dudo que ese tipo de monotonía sea de su agrado.
Así que dejemos que la niña viva su vida ahora que todavía tiene una.
—Pronunciado este discurso, Ephron se había reclinado en sus cojines, jadeando.
Y Ronica, como él estaba tan enfermo, se había tragado la ira que le inspiraba que despreciara así la vida que ella había llevado, y había arrinconado los celos que le producían la libertad y la despreocupación de su hija.
Tampoco había mencionado que, por cómo iban los negocios de la familia, podría ser una necesidad que Althea encontrara un buen partido.
Con amargura, Ronica pensó ahora en que, si domaban a la muchacha, quizá pudieran casarla con uno de sus acreedores, a ser posible con uno lo bastante generoso como para perdonar la deuda de la familia a modo de regalo de boda.
Meneó la cabeza despacio. No. A su sutil manera, Ephron había llevado la discusión hasta su posición más débil.
Ella se había casado con Ephron porque estaba enamorada de él, del mismo modo que había sucumbido Keffria a los rubios encantos de Kyle.
Y pese a todo a lo que se enfrentaba la familia, esperaba que, cuando Althea se casara, lo hiciera con alguien a quien amara.
Contempló con añoranza y ternura al hombre que todavía amaba.
La luz de la tarde que entraba por la ventana hacía que Ephron frunciera el ceño mientras dormía.
Ronica se levantó sin hacer ruido para correr una cortina.
Ya no disfrutaba del paisaje. En el pasado le producía sumo placer asomarse a esa ventana y ver el robusto tronco y las ramas de su árbol de boda.
Ahora se erguía austero y deshojado en medio del jardín de verano, desnudo como un esqueleto.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras tapaba la vista con la cortina.
Ephron tenía tantas ganas de ver su árbol en flor…
Pero esa primavera la roya que siempre había perdonado al árbol se había ensañado con él.
Las flores se marchitaron y cayeron húmedamente al suelo.
Ni una sola se abrió para ellos, y el olor de los pétalos podridos recordaba a hierbas fúnebres.
Ninguno de los dos comentó que le parecía un mal augurio.
Ninguno de los dos era gente religiosa. Pero poco después Ephron había empezado a toser de nuevo.
Débiles toses de pajarillo que no redundaban en nada, hasta el día en que se limpió la boca y la nariz, y arrugó la frente ante las trazas escarlatas de sangre en el pañuelo.
Había sido el verano más largo de toda su vida.
Los días de calor eran un tormento para él.
Había declarado que respirar el aire cargado de humedad era como respirar su propia sangre, para expectorar a continuación cuajarones fibrosos como si quisiera subrayar sus palabras.
La carne había huido de su cuerpo, y le faltaban el apetito y la voluntad para alimentarse.
Aun así, no hablaban de su muerte. Flotaba sobre toda la casa, más opresiva que el húmedo aire de verano; Ronica no pensaba dotarla de más sustancia mencionándola.
Se movió sin hacer ruido para tomar con cuidado una mesita y acercarla a su silla junto a la cama.
Volvió a dejar en ella sus libros de cuentas, tinta y pluma, y un puñado de recibos por cumplimentar.
Dobló la espalda sobre su trabajo con el ceño fruncido.
Las entradas que hizo con su letra pequeña y precisa no hicieron nada por levantarle el ánimo.
De algún modo resultaba aún más deprimente ahora que sabía que Ephron insistiría en revisar el libro cuando se despertara.
Durante años no había mostrado casi ningún interés en el gobierno de las granjas, los huertos y sus demás posesiones.
«Lo dejo todo en tus competentes manos, querida —respondía siempre que ella intentaba hacerle partícipe de sus preocupaciones—. Yo me ocuparé del barco y veré que rinda mientras yo viva. A ti te confío el resto».
El que su marido depositara en ella esa confianza había sido embriagador y aterrador a un tiempo.
No era tan inusual que las esposas administraran los dineros que traían consigo en forma de dote, y muchas mujeres con el tiempo acababan administrando bastante más que eso, pero cuando Ephron Vestrit delegó la dirección de casi todas sus posesiones a su joven esposa, el Mitonar se había escandalizado.
Las mujeres ya no tenían por costumbre tomar por el mango la sartén de las finanzas; volver a esa situación tenía cierto regusto a su antigua vida de pioneros.
Los mercaderes del Mitonar siempre se habían destacado por su afán innovador, pero conforme prosperaban, había convertido en señal de riqueza mantener a las mujeres al margen de esas tareas.
Ahora, confiar la fortuna de un mercader a su mujer se consideraba plebeyo y absurdo.