03
Ephron Vestrit
Ephron Vestrit se moría. Ronica miró el extenuado semblante de su marido y grabó el pensamiento en su mente. Ephron Vestrit se moría. Sintió una oleada de rabia, seguida de otra de enfado. ¿Cómo podía hacerle esto? ¿Cómo podía morirse ahora y dejarla para que se ocupara de todo ella sola?
En algún lugar bajo el oleaje de esas emociones superficiales sabía que la fría y profunda corriente de su pesar pugnaba por arrastrarla y ahogarla.
Luchó desesperadamente por liberarse, luchó por seguir sintiendo solo la ira y la irritación.
«Luego —se dijo—. Luego, cuando haya pasado por esto y haya hecho todas las cosas que tengo que hacer, entonces me pararé a sentir. Luego».
Por ahora frunció los labios con exasperación.
Mojó un paño en el agua templada y perfumada con bálsamo, y enjugó con delicadeza primero el rostro de Ephron y después sus manos inertes.
El hombre se agitó ligeramente ante sus atenciones, pero no despertó.
Ronica no esperaba que lo hiciera. Hoy ya le había suministrado el jarabe de amapola dos veces para intentar mantener a raya el dolor.
Quizá, por el momento, el dolor no tuviera poder sobre él. Eso esperaba.
Volvió a limpiarle la barba con delicadeza.
Esa torpe de Rache había dejado que volviera a derramarse el caldo encima.
Era como si no le importara hacer las cosas como era debido.
Ronica pensó que debería devolvérsela sin más a Davad Restart; detestaba la idea, pues la mujer era joven e inteligente.
Sin duda no se merecía acabar de esclava.
Davad había traído la mujer a su casa un buen día, sin más.
Ronica había dado por sentado que sería un pariente o una invitada de Davad, pues cuando no estaba con la mirada pesarosa perdida en la nada, su gentil dicción y sus modales indicaban que era de buena cuna.
Se sorprendió cuando Davad le ofreció a la mujer como criada, sin rodeos, alegando que no se atrevía a tenerla bajo su propio techo.
Nunca quiso explicar el porqué de estas declaraciones, y Rache se negaba a hablar de ello.
Ronica supuso que, si enviaba a Rache de nuevo con Davad, este se limitaría a encogerse de hombros y la mandaría a Chalaza para venderla como esclava.
Mientras permaneciera en el Mitonar, sería oficialmente una sirvienta a la fuerza.
Todavía tendría una posibilidad de rehacer su vida si se animara a intentarlo.
En cambio, Rache se negaba a adaptarse a su nuevo estatus.
Acataba las órdenes que se le daban, pero sin nada de gracia ni buena disposición.
De hecho, conforme transcurrían las semanas, a Ronica le parecía que Rache se tomaba sus tareas cada vez con más dejadez.
Ayer le había pedido que se hiciera cargo de Selden durante el día, y la mujer parecía haberse quedado consternada.
Su nieto solo contaba siete años, pero aquella mujer dejaba traslucir una extraña aversión hacia él.
Había sacudido la cabeza, con ferocidad y sin pronunciar palabra, con la mirada baja, hasta que Ronica la mandó a la cocina.
Quizá estuviera intentando ver hasta dónde llegaba la paciencia de su nueva ama antes de que Ronica ordenara su castigo.
Bueno, descubriría que Ronica Vestrit no era la clase de mujer que ordenaba azotar a sus criados ni reducir sus raciones.
Si Rache era incapaz de aceptar vivir con comodidad en una casa bien amueblada con tareas llevaderas y una ama comprensiva, en fin, tendría que volver con Davad, subir al estrado y ver qué le deparaba el destino.
Así estaban las cosas. Lástima, pues la mujer era prometedora.
Lástima, también, que pese a la amabilidad de Davad al ofrecerle los servicios de Rache, el viejo mercader estuviera peligrosamente cerca de convertirse en tratante de esclavos.
Nunca se hubiera imaginado que vería a uno de los antiguos linajes implicado en tan despreciable actividad.
Ronica meneó la cabeza y se olvidó de Rache y Davad.
Tenía cosas más importantes en que pensar aparte del mal carácter de Rache y el coqueteo de Davad con profesiones semilegales.
Al fin y al cabo, Ephron se moría.
La certeza le dio una nueva punzada. Era como tener una espina en el pie y no poder encontrarla ni sacarla. Ese pequeño puñal de certidumbre se clavaba en ella a cada paso.
Ephron se moría. Su valiente y fuerte esposo, su arrojado y apuesto joven capitán de navío, el fuerte padre de sus hijos, el compañero de su cuerpo era de repente esta carne desplomada que sudaba, gemía e hipaba como un niño.
Cuando se casaron, ni con ambas manos podía abarcar el musculoso brazo derecho del novio.
Ahora ese brazo no era más que un palo envuelto en carne flácida.
Contempló su cara. Había perdido su pátina de viento y mar; era casi del mismo color que las sábanas en que yacía.
Su pelo era más negro que nunca, pero el lustre lo había abandonado, dejándolo apagado cuando no estaba empapado de sudor.
No. Era difícil encontrar algún indicio del Ephron al que había conocido y amado durante treinta y seis años.
Dejó a un lado la palangana y el paño. Sabía que debería dejarlo dormir.
Era lo único que podía hacer por él. Mantenerlo limpio, sedarlo contra el dolor y dejarlo dormir.
Pensó con amargura en todos los planes que habían hecho juntos, conspirando hasta el alba tumbados en su gran cama, con las sofocantes mantas echadas a un lado y las ventanas abiertas a la fresca brisa nocturna.
—Cuando las niñas sean mayores —le había prometido él—, cuando se casen y sienten la cabeza, cuando tengan su propia vida, retomaremos nuestra vida, muchacha.
Tengo la intención de llevarte conmigo a las Islas del Perfume.
¿Te gustaría? ¿Doce meses de limpio aire salobre y nada que hacer salvo ser la mujer del capitán?
Y luego, cuando estemos allí, bueno, no nos daremos prisa por cargar el barco.
Iremos juntos a las Montañas Verdes. Conozco allí a un cacique que me ha invitado a menudo a visitar su aldea.
Podríamos montar en esos burritos tan cómicos que tienen allí, al filo mismo del cielo, y…
—Preferiría quedarme en casa contigo —respondía ella siempre—.
Preferiría tenerte aquí conmigo un año entero, tenerte a mi lado para ver pasar las estaciones conmigo.
Podríamos ir a nuestras tierras en las montañas por primavera; nunca lo has visto, cuando los árboles se cubren de flores rojas y naranjas, sin una sola hoja.
Y por una vez, solo una, me gustaría que soportaras conmigo la recogida del mafe.
Levantarse cada mañana antes de que amanezca, despertar a los trabajadores, llevarlos a recoger los granos maduros antes de que el sol los toque y los marchite.
Llevamos casados treinta y seis años y ni una sola vez has tenido que ayudarme con eso.
Ahora que lo pienso, en todos estos años de matrimonio, nunca has estado en casa para ver florecer nuestro árbol de boda.
Nunca has visto cómo se hinchan y se abren las yemas rosas, tan llenas de fragancia.
—Oh, habrá tiempo de sobra para eso. Ya habrá tiempo para flores y huertas cuando las niñas sean mayores y todas las deudas estén pagadas.
—Y cuando lo estén, te tendré un año entero, todo para mí —lo había amenazado ella. A lo que él prometía:
—Un año entero. Seguro que acabas harta de mí antes de que termine. Me rogarás que vuelva a la mar y te deje dormir en paz por las noches.
Ronica escondió el rostro entre las manos.
Lo había tenido en casa un año entero; dioses del tormento, pero qué manera de concederle su deseo.
Había tenido un otoño de él tosiendo e irritable, febril y con los ojos enrojecidos, tendido en la cama todo el día y contemplando el mar desde la ventana cada vez que tenía fuerzas para sentarse.
—Más le vale estar cuidando de ellas —rezongaba cada vez que el cielo lucía una nube oscura, y Ronica sabía que sus pensamientos estaban siempre con Althea y la Vivacia .
Cómo se había resistido a ceder el barco a Kyle.
Había querido dárselo a Brashen, un muchacho sin experiencia.
Ronica había tardado semanas de discusiones con él en hacerle ver cómo quedaría eso ante los ojos de la ciudad.
Kyle era su propio yerno y se había fogueado como capitán en otras tres naves.
Si hubiera pasado por encima de él para dejar a Brashen al mando de la Vivacia , habría supuesto una bofetada para el marido de su hija, por no hablar de la familia de este.
Aunque los Haven no fueran mercaderes, seguían siendo una de las familias más antiguas del Mitonar.
Y a juzgar por el rumbo que estaba tomado últimamente la fortuna de los Vestrit, no podían permitirse el lujo de ofender a nadie.
De modo que el otoño anterior lo había persuadido para confiar su preciada Vivacia a Kyle y tomarse un descanso para volver a fortalecer sus pulmones.
Para cuando el invierno hubo ennegrecido sus cielos y blanqueado las calles, había dejado de toser.
Ronica pensó que estaba mejorando, salvo por el hecho de que parecía incapaz de hacer nada.
Al principio, si caminaba de una punta a otra de la casa, se quedaba sin aliento.
Pronto se le entrecortaba la respiración entre el dormitorio y el salón.
Al llegar la primavera, no podía cubrir esa distancia si ella no le daba el brazo para que se apoyara.