02 #8
—Y ahora no. —Mingsley se rio con sorna—.
¿Cómo podía creer nadie que semejante trato duraría para siempre?
Los sátrapas son humanos. Y al sátrapa Cosgo el contenido de sus arcas le parece demasiado poco para las placenteras costumbres que adquirió mientras esperaba que muriera su padre.
Las hierbas de placer chalazas no son baratas, y una vez que se adquiere el hábito, en fin, las hierbas más suaves no tienen comparación.
Así que nos vendió, a mis amigos y a mí, nuevos derechos sobre el comercio y las tierras del Mitonar y las Orillas Malditas.
Y hemos venido y todos nos habéis dado un recibimiento muy pobre.
Os comportáis como si fuéramos a quitaros el pan de la boca, cuando todo el mundo sabe que los negocios generan más negocios.
Caramba, míranos. Este barco lleva treinta años pudriéndose aquí, o eso dices, sin reportar beneficios a sus propietarios ni a nadie.
Pero si yo lo compro, el dueño obtendrá un buen precio, no dudo que tú mismo te llevarás una generosa comisión, y yo tendré una cantidad de este misterioso tronconjuro.
—Hizo una pausa y Dechado percibió el silencio que su compañero dejó que creciera.
Transcurrido un momento, Mingsley prosiguió, descontento—: Pero admito que me siento decepcionado.
Pensaba que habías dicho que la nave estaba avivada.
Pensé que nos hablaría. Se te olvidó mencionar que la habían saqueado. ¿Estará muerta?
—El Dechado solo habla cuando le place. No dudo que ha oído hasta la última de nuestras palabras.
—Hmf. ¿Es eso cierto, barco? ¿Has oído hasta la última de nuestras palabras?
Dechado no vio ningún motivo para responder. Al cabo, oyó que el joven ensayaba una expresión de disgusto. Sus pasos iniciaron una lenta vuelta a la nave mientras su compañero, más lento y pesado, lo seguía.
Mingsley habló de nuevo un rato después:
—Bueno, amigo, me temo que esto rebaja mucho lo que voy a ofrecer por el barco.
La primera estimación que te presenté se basaba en el hecho de que podría cortar el mascarón de proa de la nave, llevarlo a Jamaillia y vender la madera avivada por una suma cuantiosa.
O que, lo más probable, terminaría «regalándoselo» al sátrapa a cambio de mayores derechos sobre las tierras.
Pero así las cosas…, tronconjuro o no, es una talla espantosa.
¿Qué mosca habría picado al que se le ocurrió destrozar la cara de esa manera?
Me pregunto si habrá algún artesano que sepa darle un aspecto más agradable.
—A lo mejor —concedió nervioso su compañero—.
No sé si sería muy buena idea. Pensé que te interesaba el Dechado tal cual, no como fuente de tronconjuro.
Pero acuérdate, como ya te he advertido, que todavía no he presentado a los Ludoventura la idea de desprenderse de él.
No quería abordarlos sin saber si te interesaba.
—Venga, Davad, no me tomes por ingenuo. ¿Qué es «él» aparte de un amasijo de tablas varado en la playa? Lo más seguro es que sus propietarios estén encantados de deshacerse de él. Si este barco sirviera para navegar, no estaría abandonado aquí.
—Bueno. —Una larga pausa—. Creo que ni siquiera los Ludoventura se sentirán inclinados a venderlo si van a reducirlo a astillas.
—Una bocanada de aire—. Mingsley, te prevengo, no lo hagas.
Comprar el barco y repararlo es una cosa.
Tú hablas de algo muy distinto. Ninguno de los antiguos mercaderes querrá tratar contigo si haces algo así. En cuanto a mí, estaría arruinado.
—En ese caso deberás guardar discreción a ese respecto cuando expongas mi oferta.
Como discreto he sido yo a la hora de comprar esta mole.
—Mingsley sonaba condescendiente—. Sé que los mercaderes del Mitonar tienen muchas supersticiones extrañas.
Y no es mi intención burlarme de ellas. Si aceptan mi oferta, reflotaré el barco y me lo llevaré de aquí antes de desmantelarlo.
Ojos que no ven, corazón que no siente, dice el refrán. ¿Satisfecho?
—Supongo que no me queda más remedio —musitó abatido el hombre—. Supongo que no me queda más remedio.
—Oh, no seas tan pesimista. Venga. Volvamos a la ciudad, te invito a cenar.
En el local de Souska. Ahí tienes una oferta generosa, tendrás que admitirlo, porque conozco los precios de ese sitio y te he visto comer.
—El joven se rio, complacido con su propia broma.
El veterano no se unió a él—. Y esta noche llamas a la familia Ludoventura y les presentas «discretamente» mi oferta.
Redundará en beneficio de todos. Dinero para los Ludoventura, una comisión para ti, un generoso suministro de preciada madera para mis promotores.
Dime dónde ves tú la mala suerte en todo eso, Davad.
—No puedo —musitó el mayor—. Pero temo que tú vayas a verla con tus propios ojos. Hable o no, esta nave está avivada y tiene conciencia propia. Intenta cortarlo en pedazos y verás cómo no sigue callado mucho tiempo.
El joven se rio de buena gana.
—Todo esto lo haces para picar mi curiosidad, Davad. Te conozco. Vamos. Regresemos a la ciudad. Y a Souska. A algunos de mis promotores les gustaría mucho conocerte.
—¡Prometiste que serías discreto! —objetó el veterano.
—Oh, y lo he sido, te lo aseguro. Pero no esperarás que esos hombres me adelanten el dinero fiándose solo de mi palabra. Quieren saber qué están comprando y a quién. Pero son gente discreta, hasta el último de ellos, te lo prometo.
Dechado escuchó mucho tiempo los pasos que se alejaban. Al cabo, los pequeños sonidos de los hombres fueron engullidos por los sonidos más insistentes de las olas y los gritos de las gaviotas.
—Reducido a astillas. — Dechado intentó articular la frase en voz alta—. Bueno, no parece agradable. Por otra parte, al menos sería más interesante que yacer aquí. Y es posible que me mate. Es posible.
La perspectiva le agradaba. Dejó que sus pensamientos derivaran de nuevo, coqueteando con esta nueva idea. No tenía otra cosa en que ocupar su mente.