Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 02 #7
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De modo que, mientras sesteaba al sol, lo que decidió recordar fue saciedad y calor.

El suave raspar de la arena bajo su casco se traducía en una elusiva sensación similar que se resistía a ser conjurada en su mente.

No se esforzó demasiado. Bastaba con aferrarse a un antiguo recuerdo de saciedad, satisfacción y calor.

Las voces de los hombres lo despojaron de eso.

—¿Es esto? ¿Esto lleva aquí desde hace…, cuánto has dicho?

Treinta años. —Un acento sazonaba las palabras.

Jamaillio, pensó Dechado . Y de la capital, de la misma ciudad de Jamaillia.

Los de las provincias del sur se comían las consonantes finales.

De esto se acordaba sin conocer la fuente del conocimiento.

—Esto es —respondió otra voz. La segunda voz era mayor.

—Esto no lleva treinta años aquí —afirmó la voz más joven—. Un barco varado y dejado en la playa durante treinta años estaría apolillado y cubierto de percebes.

—A menos que esté hecho de tronconjuro —respondió la voz más veterana—.

Las naos redivivas no se pudren, Mingsley.

No resultan apetitosas para los percebes y las polillas.

Ese es solo uno de los motivos por el que estos barcos son tan caros y codiciados.

Aguantan generaciones, y su casco requiere menos mantenimiento que las embarcaciones normales.

En la mar, se cuidan ellos solos. Avisan al timonel sin ven algún peligro en su camino.

Algunos de ellos casi navegan por sí mismos.

¿Qué otra embarcación puede advertirte de que se ha desplazado la carga o de que la has sobrecargado?

¡Contemplar un barco de tronconjuro en el mar es algo maravilloso! ¿Qué otra embarcación…?

—Vale. Vuelve a explicarme por qué vararon y abandonaron a este. —La voz más joven sonaba escéptica. Mingsley no confiaba en su veterano guía, eso era indudable.

Dechado casi pudo oír el encogimiento de hombros del mayor.

—Ya sabes lo supersticiosos que son los marineros. Este barco tiene fama de traer mala suerte. Muy mala suerte. Será mejor que te lo diga, porque si no lo hago yo lo hará algún otro. Ha matado a muchos hombres, sí, el Dechado . Incluidos el propietario y su hijo.

—Um. —Mingsley rumió aquellas palabras—.

Bueno, si lo compro, no estaría comprando un barco.

Tampoco esperaría pagar el precio de un barco.

Con franqueza, lo que me interesa es la madera.

He oído un montón de cosas extrañas sobre ella, y no solo que las naos redivivas despiertan y luego se mueven y hablan.

Eso lo he visto en el puerto. No es que reciban con los brazos abiertos a los recién llegados como yo en la pared norte, donde están amarradas las naos redivivas.

Pero las he visto moverse y las he oído hablar.

A mi parecer, si uno consigue que un mascarón de proa haga eso, podría conseguirlo con una talla más pequeña de la misma madera.

¿Sabes cuánto pagarían por algo como eso en la ciudad de Jamaillia?

¿Por una talla capaz de moverse y hablar?

—Ni idea —refunfuñó el veterano.

El joven se rio y resopló con sarcasmo.

—¡Pues claro que no! Ni siquiera se te había pasado por la cabeza, ¿verdad? Venga, hombre, sé sincero conmigo. ¿Por qué no se ha hecho esto antes?

—No lo sé. —El mayor habló demasiado rápido como para resultar plausible.

—Ya —replicó Mingsley, escéptico—. Con la de años que lleva el Mitonar en las Orillas Malditas y a nadie se le ha ocurrido comercializar el tronconjuro más que para los residentes del Mitonar.

Y solo para hacer barcos. ¿Dónde está el truco?

¿Tiene que ser así de grande para poder avivarse?

¿Tiene que pasar un tiempo determinado sumergido en agua salada? ¿Qué?

—Es solo… que no se ha hecho nunca. El Mitonar es un lugar extraño, Mingsley.

Tenemos nuestras tradiciones, nuestras costumbres, nuestras supersticiones.

Cuando nuestros antepasados abandonaron Jamaillia hace tantos años y llegaron para colonizar las Orillas Malditas, bueno…

, muchos vinieron porque no les quedaba otra opción.

Algunos eran criminales, algunos habían avergonzado o arruinado el nombre de sus familias, algunos estaban enfrentados al mismo sátrapa.

Era casi un exilio. Se les dijo que, si sobrevivían, cada familia podría reclamar doscientos leffers de tierra y se le concedería la amnistía por su pasado.

También nos prometió que gozaríamos de libertad y del monopolio comercial sobre cualquier mercancía que consideráramos apropiada.

A cambio de esta gracia del sátrapa, le cedían el cincuenta por ciento de sus beneficios a modo de impuesto. Durante años, este trato funcionó bien.