02 #6
Se sintió tentada de subir a la cubierta, tan solo para desafiar la orden que le había dado Kyle.
¿Qué podía hacer? ¿Ordenar a un marinero de cubierta que la llevara de vuelta a su camarote?
No había un solo marinero a bordo de esta nave que se atreviera a ponerle la mano encima, y no solo porque fuera Althea Vestrit.
A la mayoría les gustaba y les caía bien, y eso era algo que había conseguido por méritos propios, no gracias a su apellido.
Por mucho que dijera Kyle, ella conocía este barco mejor que cualquiera de los hombres que lo tripulaban ahora.
Lo conocía como solo puede conocerlo una niña que se ha criado a bordo de un barco; conocía lugares en las bodegas donde ningún adulto podría meterse, había trepado por los palos y se había columpiado de las jarcias como otros niños suben a los árboles.
Aunque no montara guardia con regularidad, conocía el trabajo de cada marinero que había a bordo y sabía cómo hacerlo.
No podía ayustar como el mejor de sus aparejadores, pero sí hacer un ayuste fuerte y limpio, y cortar y coser el velamen tan bien como cualquier marinero de cubierta.
Había adivinado que esta era la intención de su padre al traerla a bordo; que conociera la nao y el trabajo de cada marinero que la tripulaba.
Kyle quizá la despreciara por ser una simple hija de la familia, pero ella no albergaba ningún temor a que su padre la tuviera en menos consideración que a los tres hijos que la talasemia había robado a la familia.
No era la sustituta de ningún hijo; estaba destinada a ser la heredera de Ephron Vestrit.
Sabía que podía desobedecer la orden de Kyle sin que le ocurriera nada.
Pero lo más probable era que él la pagara con los hombres, castigándolos cuando no corrieran a cumplir su orden de encerrarla en el camarote.
No pensaba dejar que les ocurriera eso. Esta era su disputa con Kyle; ella misma la zanjaría.
Porque, a pesar de lo que él había dicho, Althea no pensaba solo en sí misma.
La Vivacia se merecía una buena tripulación y, salvo por Kyle, su padre había escogido bien a los hombres.
La paga era buena, por encima de la media, con lo que se aseguraba marineros capaces y voluntariosos.
Althea no quería darle a Kyle ninguna excusa para que despidiera a ninguno.
Volvió a sentir una punzada de culpabilidad por haber contribuido a que ese fuera el destino que le aguardaba a Brashen.
Intentó apartarlo de su cabeza, pero se negaba a salir.
En su mente estaba ante ella, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándola desde su mayor altura como hacía tan a menudo.
Los labios tensos por la desaprobación que sentía por ella, los ojos castaños reducidos a rendijas; hasta lo hirsuto de su barba delataba su enfado.
Quizá fuera un buen marinero de cubierta y un prometedor segundo de a bordo, pero aquel hombre tenía un problema de actitud.
Había arrastrado por el fango el buen nombre de los Trell, aunque no había perdido sus modales aristocráticos.
Althea respetaba que se hubiera labrado el camino desde las cubiertas a su puesto de segundo patrón; aun así, le resultaba irritante que se condujera y hablara como si el mando fuera su derecho de nacimiento.
Puede que así hubiera sido en su día, pero cuando lo tiró todo por la borda debería haber descartado su altanería junto con el nombre.
Rodó del catre para aterrizar ágilmente en la cubierta.
Cruzó el suelo hasta su caja de mar y abrió la tapa de golpe.
Ahí había cosas que podrían barrer todos estos pensamientos tan desagradables de su mente.
Las bagatelas que había traído para Selden y Malta ahora la fastidiaban un poco.
Había gastado sus buenos dineros en estos regalos para sus sobrinos.
Por encariñada que estuviera con ambos chiquillos, en ese instante solo podía verlos como hijos de Kyle y peligrosos sustitutos.
Dejó a un lado la muñeca elaboradamente vestida que había escogido para Malta, y puso con ella la peonza de vivos colores de Selden.
Debajo estaban los rollos de seda procedentes de Colmillo.
El gris plateado era para su madre, el malva para Keffria.
Bajo ellos estaba el rollo de verde que había elegido para sí.
Lo acarició con el dorso de la mano. Un tejido adorable, líquido.
Sacó el encaje de color crema que había escogido como adorno.
En cuanto llegara al Mitonar, planeaba llevarlo a la Calle de los Sastres.
Encargaría a la ama Violeta que le cosiera un vestido para el Baile de Verano.
Sus servicios eran caros, pero una seda tan fina se merecía una costurera capaz.
Althea quería un vestido que resaltara su largo talle y sus sinuosas caderas, y que atrajera, quizá, a una pareja de baile más masculina que el hermano pequeño de Brashen.
No demasiado ceñido en la cintura, decidió; las danzas del Baile de Verano eran moviditas y no quería que le faltara el aliento.
Faldas amplias que se movieran al complejo son de las danzas, decidió, pero no tanto como para entorpecerla.
El encaje beige enmarcaría su modesto escote y puede que lo hiciera parecer más generoso.
Este año llevaría el pelo recogido en lo alto, y utilizaría sus horquillas de plata para sujetarlo.
Tenía el cabello tan basto como su padre, pero lo compensaba de sobra con su color y abundancia.
Quizá su madre le permitiera lucir por fin las cuentas de plata que le había dejado su abuela.
Oficialmente eran de Althea, pero su madre parecía renuente a perder la custodia sobre ellas, y a menudo blandía su rareza y su valor como motivos por los que no deberían llevarse encima así como así.
Combinarían con los pendientes de plata que había adquirido en Bergantina.
Se levantó, sacudió la seda y la abrazó contra su pecho.
El espejo del cuarto era pequeño. No podía ver más que su rostro bronceado asomando por encima de la seda verde echada sobre su hombro.
Alisó la seda, solo para que sus ásperas manos se trabaran en ella.
Meneó la cabeza. Tendría que frotarse con piedra pómez a diario cuando estuviera en casa para eliminar las callosidades.
Le encantaba trabajar en la Vivacia y sentir cómo respondía la nave a los denuedos de la tripulación, pero eso le pasaba factura a su piel y sus manos, por no mencionar la colección de cardenales que eran sus piernas.
Era la segunda mayor objeción que ponía su madre al hecho de que ella saliera a navegar con su padre: que echaba por tierra su aspecto en los actos sociales.
Su principal objeción era que Althea debería estar en casa compartiendo las tareas que conllevaba el gobierno de la hacienda y de las tierras.
Se le encogió el corazón al preguntarse si su madre no estaría a punto de salirse con la suya.
Dejó que la seda se escurriera entre sus dedos y levantó los brazos para tocar las pesadas vigas que sostenían las cubiertas de la Vivacia .
—Oh, nao, no pueden separarnos ahora. No después de tantos años, no cuando tu avivamiento está tan próximo.
Nadie tiene derecho a privarnos de eso. —Susurraba las palabras a sabiendas de que no necesitaba articularlas.
Así de estrecho era el lazo que la unía a la nave.
Hubiera jurado que sintió un escalofrío de respuesta procedente de la Vivacia —.
El lazo que hay entre nosotras también era algo que quería mi padre; por eso me trajo a bordo cuando era tan pequeña, para que pudiéramos llegar a adultas conociéndonos.
Una segunda sacudida diminuta de las vigas del barco, tan tenue que otra persona no la habría percibido.
Pero Althea conocía demasiado bien a la Vivacia como para dejarse engañar.
Cerró los ojos y se vertió en la nave, con todos sus temores y rabias y anhelos.
Y a cambio sintió la suave agitación del espíritu todavía latente de la Vivacia , consolándola.
En años venideros, tras el despertar de la Vivacia , ella sería con quien preferiría hablar el barco; sería su mano sobre el timón a la que con más presteza respondería la Vivacia .
Althea sabía que el velero se enfrentaría gustoso al viento por ella, que campearía mares adversos con todo su corazón.
Juntas rastrearían puertos comerciales y mercancías que ni siquiera los mercaderes del Mitonar podrían igualar, maravillas inimaginables aún para las gentes de los Territorios Pluviales.
Y a su muerte, sería su propio hijo quien heredera el timón, no uno de la camada de Kyle.
Esto se prometió a ella misma y a la nave.
Althea se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y se agachó para recoger la seda del suelo.
Estaba sesteando en la arena. Sesteando.
Esa era la palabra que habían empleado siempre los humanos, pero él nunca había opinado que lo que hacía estuviera relacionado con el sueño en que se solazaban ellos.
En su opinión, una nao rediviva no podía dormir.
No. Incluso esa escapatoria le estaba negada.
Podía ir, en cambio, a otro rincón de su mente y sumergirse a tal profundidad en ese momento pasado que el mortal aburrimiento del presente se retirara.
Había un lugar de su pasado que acostumbraba visitar con ese propósito.
No estaba del todo seguro de qué era lo que rememoraba.
Desde que le arrebataron sus cuadernos de bitácora, su memoria había empezado a diluirse y disiparse.
Ahora había en ella crecientes lagunas, lugares donde no podía conectar los hechos de un año con los de otro.
A veces pensaba que quizá debiera sentirse agradecido por ello.