Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 02 #5
7%

02 #5

El abuelo había sido el siguiente en hacerse cargo de la nao.

Althea lo recordaba vagamente. Había sido un verdadero toro de hombre, siempre con la voz cargada del rugido del mar aunque estuviera en casa.

Había fallecido hacía catorce años, en la cubierta de la Vivacia .

Contaba sesenta y dos años, cuando Althea no era más que una niña de cuatro.

Pero ella había estado junto a su litera con el resto de la familia Vestrit y había sido testigo de su muerte, y ya entonces sintió el tenue escalofrío que sacudió la Vivacia en el momento de expirar.

Había sabido que ese temblor era tanto de pesar como de bienvenida; la Vivacia echaría de menos a su valiente capitán, pero acogía el fluir de su ánima a sus tablas.

La muerte del hombre acercaba la vida de la nave a su despertar.

Y ahora solo faltaba la muerte de su padre para completar el avivamiento.

Como siempre, Althea sintió un torrente de emociones enfrentadas al considerarlo.

La idea de perder a su padre la colmaba de espanto y horror.

Su desaparición la devastaría. Y si fallecía antes de que ella alcanzara la mayoría de edad, y la autoridad sobre ella recaía en su hermana y en Kyle…

Se apresuró a apartar esa idea de su cabeza, golpeando los nudillos contra la madera de la Vivacia para ahuyentar la mala suerte de pensar en esa desgracia.

Pero no podía negar hasta qué punto anticipaba el avivamiento de la Vivacia .

¿Cuántas horas había pasado, tendida en el bauprés todo lo cerca que podía del mascarón de proa mientras surcaban los mares, y contemplado los párpados de madera tallada que cubrían los ojos de la Vivacia ?

No era de madera y pintura como el mascarón de proa de un barco corriente.

Era de tronconjuro. Estaba pintada por ahora, sí, pero en el momento en que la muerte de Ephron Vestrit lo alcanzara en sus cubiertas, los bucles pintados de su poblada melena no serían dorados, sino de oro rizado, y sus pronunciados pómulos perderían el carmín de la pintura y refulgirían rosados, con vida propia.

Tendría los ojos verdes. Althea lo sabía.

Claro, todo el mundo decía que nadie podía saber de qué color serían los ojos de una nao rediviva hasta que esos ojos se abrieran por las muertes de tres generaciones.

Pero Althea lo sabía. La Vivacia tendría los ojos tan verdes como la lechuga de mar.

Al pensar ahora en cómo sería cuando se abrieran esos grandes ojos esmeraldas, no pudo reprimir una sonrisa.

La sonrisa se le borró al recordar las palabras de Kyle.

Saltaba a la vista lo que se proponía. Bajarla del barco y subir a uno de sus hijos a bordo.

Y cuando muriera su padre, Kyle intentaría conservar el mando de la Vivacia , dejaría a su hijo a bordo como Vestrit ofrendado a la nave para mantenerla contenta.

Tenía que ser una amenaza vacía. Ninguno de los dos muchachos daba la talla; uno era demasiado joven y el otro estaba consagrado al sacerdocio.

Althea no tenía nada en contra de sus sobrinos, pero aunque Selden no fuera demasiado joven para vivir a bordo del barco, seguiría teniendo alma de granjero.

En cuanto a Wintrow, hacía años que Keffria se lo había entregado a los sacerdotes.

A Wintrow no le importaba la Vivacia , no sabía nada de barcos; su hermana Keffria se había encargado de eso.

Y estaba destinado a ser sacerdote. A Kyle eso nunca le había hecho demasiada gracia, pero la última vez que Althea había visto al muchacho, era evidente que sería un buen sacerdote.

Pequeño y desgarbado, con la mirada siempre perdida y sonriendo vagamente, con la cabeza llena de Sa; ese era Wintrow.

Como si a Kyle le importaran los sentimientos del muchacho o respaldar la dedicación a Sa de su primogénito.

Los hijos que había tenido con Keffria solo eran herramientas para él, la sangre que alegaría a fin de hacerse con el control de la nao rediviva.

Bueno, esta vez había enseñado sus cartas demasiado a las claras.

Cuando regresaran a puerto, ella se encargaría de que su padre supiera lo que tramaba Kyle y lo mal que la había tratado.

Quizá entonces su padre reconsiderara su decisión de que Althea era demasiado joven para capitanear la nave.

Que Kyle se buscara algún trozo de madera podrida que arrastrar por los mares y devolviera la Vivacia a Althea, que sabría cuidarla y respetarla.

A través de las palmas de las manos, estaba segura de sentir una respuesta por parte de la nave.

La Vivacia era suya con independencia de las maquinaciones de Kyle. Nunca se haría con ella.

Volvió a revolverse en su catre. Había crecido demasiado.

Debería encargar al carpintero del barco que rehiciera el camarote.

Si colocaba el catre encima del mamparo, bajo la portilla, conseguiría añadirle un palmo extra de longitud.

No mucho, pero cualquier cosa serviría. Su escritorio se podría poner contra esta pared…

Entonces frunció el ceño para sí, recordando cómo la había traicionado el carpintero.

Bueno, ese hombre nunca le había caído bien y ella a él nunca le había importado.

Debería haber intuido que sería él quien malmetiera con sus chismorreos.

Y también debería haber sabido que no podía ser Brashen.

Él no era de los que actuaban a espaldas de uno, daba igual la opinión que tuviera Kyle de él.

No, Brashen le había dicho, a la cara y sin ambages, que era una niñata bullanguera y que se lo agradecería si no se acercaba a él mientras estaba de guardia.

Mientras rumiaba aquello, la noche pasada en la taberna cobró nitidez en su cabeza.

Brashen la había amonestado como si fuera una marinera inexperta, diciéndole que no debería criticar las decisiones del capitán delante de la tripulación ni discutir en público los asuntos de su familia.

Ella había sabido qué responder a eso: «No a todos nos avergüenza hablar de la familia, Brashen Trell».

Eso era todo cuanto tenía que decir. Acto seguido se había levantado de la mesa y se había largado de allí.

Que se quedara allí sentado y se le atragantaran sus palabras, se había dicho.

Conocía el historial de Brashen, y apostaría a que la mitad de la tripulación también estaba enterada, aunque se guardaran de echárselo en cara.

Su padre lo había rescatado cuando estaba a nada de pisar la cárcel por moroso.

La única escapatoria posible para él habrían sido los trabajos forzados, puesto que todos sabían que había agotado la paciencia de su familia con sus despilfarros.

Como también todos sabían lo que le espera a uno al final de un período de trabajos forzados.

Seguro que habría acabado en Chalaza, con la cara cubierta de tatuajes de esclavo, de no ser por la intervención de Ephron Vestrit.

Y aun así tenía la desfachatez de hablarle así a ella.

Ese Brashen Trell se tenía en demasiada alta estima.

Como casi todos los Trell. El año pasado, en el Baile de la Cosecha de los mercaderes, su hermano pequeño había querido sacarla a bailar en dos ocasiones.

Aunque Cerwin fuera ahora el heredero de los Trell, no debería mostrarse tan atrevido.

Esbozó una media sonrisa al recordar la cara que puso cuando ella declinó con frialdad.

La educada aceptación de su negativa por parte de Cerwin había sido correcta, pero ni toda su educación había bastado para impedir que se ruborizara.

Cerwin tenía mejores modales que Brashen, pero era un muchacho delgado, sin los músculos de su hermano.

Por otra parte, el menor de los Trell había sido lo bastante listo como para no tirar por la borda la fortuna y el buen nombre de su familia. Brashen no.

Althea lo apartó de su mente. Tenía la corazonada de que Kyle iba a dejarlo marchar al final del viaje, pero a ella no le entristecería su partida.

Los sentimientos de su padre al respecto serían harina de otro costal.

Siempre había tenido a Brashen por una suerte de animal doméstico, al menos en tierra.

Casi todas las demás familias de mercaderes habían dejado de recibir a Brashen cuando lo desheredaron los Trell.

Pero Ephron Vestrit había encogido los hombros y dicho: «Heredero o no, es un buen marinero.

Cualquier miembro de mi tripulación que no sea digno de llamar a mi puerta no es digno de estar en mis cubiertas».

No es que Brashen fuera mucho a la casa o que alguna vez se hubiera sentado a la mesa con ellos.

Y en el barco, su padre y Brashen eran señor y vasallo.

Solo con ella había hablado seguramente su padre con admiración del sentido común que demostraba el muchacho recomponiendo su vida y haciéndose alguien de provecho.

Pero ella no pensaba decirle nada de eso a Kyle.

Que cometiera otro error a los ojos de su padre.

Que viera su padre cuántos cambios podía llegar a hacer Kyle en la Vivacia si no se le cortaban las alas.