Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 02 #4
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—Dices que ni siquiera soy marinera en este velero.

Pues muy bien. En tal caso, no tengo por qué acatar tus órdenes.

Y no sé por qué crees que gobernarás la Vivacia en su próximo viaje.

Cuando volvamos al Mitonar, tengo la esperanza de que mi padre se haya repuesto y retome el mando.

Y de que lo conserve hasta que llegue el momento de traspasarme su barco y su puesto.

Kyle la paralizó con una mirada lacónica.

—¿Eso crees, Althea? —La joven se hinchió de odio, pensando por un instante que se burlaba de la fe que depositaba en la recuperación de su padre.

Pero Kyle continuó—: Tu padre es un buen capitán.

Y cuando se entere de tus andanzas, contradiciendo mis órdenes, sembrando la discordia entre los hombres, burlándote de mí a mis espaldas…

—¿Burlándome de ti? —preguntó Althea.

Kyle resopló con desdén.

—¿Crees que puedes emborracharte y dedicarte a ir por todo Dursay haciéndote la loca y diciendo disparates sin que la noticia llegue a mis oídos? Eso demuestra lo estúpida que eres.

Althea hizo una frenética criba de sus recuerdos de Dursay.

Se había emborrachado, sí, pero solo una vez, y recordaba vagamente haberse lamentado de su situación entre algunos compañeros de a bordo.

¿Quiénes? Las caras se veían borrosas en su memoria, pero sabía que había sido Brashen el que la había regañado, osando decirle que cerrara el pico y reservara los problemas personales para la intimidad.

No atinaba a recordar qué había contestado ella, pero se hacía una idea de quién podía ser el soplón.

—Ya. ¿Con qué cuentos te ha venido Brashen? —preguntó con tanta calma como supo reunir. Dios de los peces, ¿qué había dicho? Si tenía algo que ver con el negocio familiar y Kyle lo contaba en casa…

—No fue Brashen. Pero eso confirma mi opinión de que estaría dispuesto a sentarse contigo y escucharte decir tales sandeces.

Otro igual que tú, el hijo de un mercader intentando jugar a los marineros.

No tengo ni idea de por qué consintió tu padre en traerlo a bordo, a menos que esperara emparejarte con él.

Bueno, si me salgo con la mía, lo dejaré en el Mitonar también a él, así que podrán seguir haciéndose compañía allí.

Probablemente es lo más parecido a un hombre que conseguirás jamás; más te vale atarlo en corto ahora que puedes.

Kyle se acomodó en su silla. Parecía disfrutar con el atónito silencio de Althea ante sus inferencias. Cuando habló de nuevo, lo hizo en voz baja y con tono de satisfacción:

—Vaya, hermanita, parece que no te gusta que intercambie palabras tan duras contigo.

A lo mejor ahora comprendes cómo me lo tomé cuando volvió el carpintero del barco, un poco pasado de grog, proclamando a los cuatro vientos cómo le habías dicho que si me casé con tu hermana fue solo porque esperaba echarle el guante a la nave de la familia, porque de otra manera yo nunca tendría ninguna posibilidad de gobernar una nao rediviva.

—Su voz calmada sonaba de pronto rechinante de furia.

Althea reconoció sus propias palabras. Oh, estaba más borracha de lo que pensaba para expresar esos pensamientos en voz alta.

Cobarde o mentirosa, se retó. O plantaba cara y reclamaba la autoría de esas palabras, fingiendo desdeñarlas, o mentía y afirmaba no haberlas dicho.

Bueno, por mucho que dijera Kyle sobre ella, seguía siendo la hija de Ephron Vestrit. Encontró el coraje que estaba buscando.

—Eso es cierto. Lo dije y es verdad. ¿Cómo puede ofenderte la verdad?

Kyle se levantó de repente y dio la vuelta a la mesa.

Era un hombre grande. Antes de que Althea tuviera ocasión de retirarse, la fuerza de su bofetada la hizo trastabillar.

Se agarró a un mamparo y se obligó a mantenerse en pie.

Kyle estaba muy pálido cuando volvió a su silla y se sentó.

Demasiado lejos. Los dos habían ido demasiado lejos, como ella siempre había temido que ocurriría.

¿Lo habría temido también él? Parecía estar temblando tanto como ella.

—Eso no ha sido por mí —dijo Kyle con voz ronca—.

Ha sido por tu hermana. Ebria como un soldado, en una taberna pública, y poco menos que la tildas de prostituta.

¿No te das cuenta? ¿Crees de veras que le haría falta comprar a un hombre con la promesa de una nao rediviva que gobernar?

Es una mujer que cualquier hombre se enorgullecería de reclamar, aunque no tuviera una sola pieza de cobre ligada a su nombre.

No como tú. A ti tendrán que comprarte un marido, y más te vale rezar para que la fortuna de tu familia crezca, porque tendría que asignarte media ciudad como dote antes de que cualquier hombre decente se fijara en ti.

Ve a tu camarote antes de que pierda de verdad los estribos. ¡Vete!

Intentó dar media vuelta y marcharse con dignidad, pero Kyle se puso de pie y abandonó la mesa para apoyarle una ancha mano en el hombro y empujarla hacia la puerta.

Cuando salió del camarote del capitán, cerrando la puerta tras ella, observó a Sute lijando las asperezas de una barandilla cercana.

El muchacho tenía oído de zorro; se habría enterado de todo.

Bueno, no había hecho ni dicho nada de lo que avergonzarse.

Dudaba que Kyle pudiera presumir de lo mismo.

Mantuvo la cabeza erguida mientras se dirigía hacia popa, al pequeño camarote que era suyo desde que tenía doce años.

Cuando cerró la puerta a su espalda, cayó sobre ella toda la magnitud de la amenaza de expulsarla del barco.

Este era su hogar. Kyle no podía arrancarla de su hogar por la fuerza. ¿O sí?

Adoraba este cuarto desde que era una cría, y nunca olvidaría el emocionante sentido de posesión que le embargó la primera vez que entró y soltó su hato en el catre.

Hacía ya casi siete años de aquello, y desde entonces se había sentido a salvo en este lugar.

Se encaramó ahora a ese mismo catre y se acurrucó, de cara al mamparo.

Le escocía la mejilla, pero no quería ponerse la mano encima.

La había golpeado. Que se amoratara y oscureciera.

Quizá al llegar a casa su hermana y sus padres vieran el cardenal y comprendieran qué tipo de alimaña habían acogido en la familia al darle la mano de Keffria a Kyle Haven.

Ni siquiera descendía de mercaderes. Era un mestizo, mitad chalazo y mitad rata de muelle.

Pero, pese a haberse casado con su hermana, ahora se quedaría sin nada.

Nada. Era un pedazo de estiércol y ella no iba a llorar porque él no era merecedor de sus lágrimas, solo de su rabia. De su rabia y nada más.

Transcurridos unos momentos, el martilleo de su corazón se atemperó.

Su mano se deslizó ausente por el edredón retazado que le había hecho nana.

Un instante después se giró para mirar por la portilla que había en la otra punta de la habitación.

Ilimitado mar gris en el fondo, vasto cielo en el tercio superior.

Era su vista favorita, siempre constante y en constante cambio.

Sus ojos se desviaron del paisaje a su cuarto.

El pequeño escritorio empernado al mamparo, con su pequeña barandilla para sujetar los papeles cuando hacía mal tiempo.

Su estante de libros y la balda de los pergaminos estaban a su lado, con los libros cercados para soportar cualquier temporal.

Tenía incluso una mesita plegable para los mapas y una selección de cartas de navegación, pues su padre había insistido en que aprendiera a navegar, aunque solo fuera para orientarse.

Sus instrumentos para esa tarea estaban dentro de un pequeño estuche acolchado que encajaba en la pared.

Sus ropas de mar colgaban de sus ganchos.

El único elemento decorativo del camarote era un pequeño cuadro de la Vivacia que ella misma había encargado.

Era obra de Jared Pappas, y solo por eso ya sería valioso, pero el motivo era lo que más le agradaba.

En el cuadro, las velas de la Vivacia estaban henchidas de viento y su proa cortaba limpiamente las olas.

Althea levantó las manos por encima de la cabeza para apoyarlas en las tablas expuestas del cuerpo de la Vivacia .

Podía sentir la semivida del barco latiendo en ellas.

No era solo la vibración de la madera mientras la nave hendía las aguas, ni siquiera era el golpeteo de los pies de los marineros sobre las cubiertas o sus voces de respuesta ante las órdenes del segundo patrón.

Era la vida de la Vivacia misma, tan próxima a despertar.

La Vivacia  era una nave rediviva. Hacía sesenta y tres años que se había colocado su quilla, y esa alargada cuaderna principal era de tronconjuro.

De tronconjuro también era la madera de su mascarón de proa, extraído del mismo árbol enorme del que habían salido las planchas de su casco.

La bisabuela Vestrit la había encargado, había firmado el derecho de retención sobre las propiedades de la familia que su padre, Ephron, continuaba pagando.

Eso fue cuando las mujeres todavía podían hacer cosas así sin que se armara un escándalo, antes de que se instaurara en el Mitonar la estúpida costumbre de dejar a las mujeres sin nada que hacer para demostrar lo pudiente que es uno.

La bisa-buela, como tanto le gustaba decir a su padre, nunca había dejado que las opiniones de los demás se interpusieran entre ella y su barco.

La bisabuela había navegado a bordo de la Vivacia durante treinta y cinco años, cumplido su septuagésimo cumpleaños.

Un caluroso día de verano se sentó sin más en la cubierta delantera, dijo: «Ya está bien, muchachos», y se murió.