Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 02 #3
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Este último viaje había sido interminable.

Kyle había puesto patas arribas lo que debería haber sido un simple viaje de ida y vuelta de dos meses a la costa de Chalaza, convirtiéndolo en cinco meses de mercadeo llenos de paradas innecesarias y tratos apenas rentables.

Estaba convencida de que todo aquello era su intento de demostrarle a su padre lo sagaz que podía ser como mercader.

Por lo que a ella respectaba, no se sentía impresionada.

En Colmillo había parado y recogido huevos encurtidos de pato marino, siempre una carga incierta, y apenas tuvo ocasión de amarrar en Bergantina a tiempo de venderlos antes de que se pudrieran.

En Bergantina, había tomado fardos de algodón, no tantos como para llenar el hueco en las bodegas pero sí suficientes como para constituir, además, una carga parcial en la cubierta.

Althea había tenido que morderse la lengua y ver cómo su tripulación se jugaba el tipo sorteando y pasando por encima de los pesados fardos, y luego había sufrido una tormenta tardía que había empapado y seguro que echado a perder la porción de la mercancía de cubierta.

Ni siquiera le había preguntado cuáles habían sido las ganancias, si es que había habido alguna, cuando recaló en Dursay para subastar el algodón.

Dursay había sido su último puerto. Las barricas de vino habían vuelto a ser cambiadas de sitio para permitirle encajonar su caprichosa mercancía.

Ahora, además de los vinos y los brandies que constituían su carga original, la bodega estaba atestada de cajas de nueces de conferencia.

Kyle había insistido una y otra vez en el buen precio que podrían obtener por ellas, tanto por el fragante aceite de sus frutos como por el adorable tinte amarillo que podía extraerse de sus cáscaras.

Althea pensaba que, si volvía a jactarse una sola vez más del beneficio extra que le proporcionaría esto al viaje, lo estrangularía.

Pero no era autocomplacencia lo que había en la mirada que fijó en ella.

Era fría como el agua de mar, iluminada por diminutos despuntes de ira.

No sonrió ni la invitó a sentarse, sino que se limitó a preguntar:

—¿Qué hacías en la bodega de popa?

Alguien había acudido corriendo al capitán y se le había ido la lengua. Mantuvo la voz firme:

—He reordenado la carga.

—Eso has hecho.

Era una afirmación, casi una acusación. Pero no una pregunta, por lo que Althea no tenía por qué responder.

Se quedó de pie, con la espalda muy recta, frente a aquella mirada que la traspasaba.

Sabía que él esperaba que balbuciera explicaciones y excusas, como haría Keffria.

Pero ella no era su hermana ni la esposa de él.

Kyle descargó un manotazo sobre la mesa, y aunque el inesperado impacto hizo que diera un respingo, Althea siguió sin abrir la boca.

Vio cómo esperaba que ella dijera algo, y sintió una curiosa sensación de victoria cuando perdió los estribos.

—¿Te proponías pedir a los hombres que cambiaran la colocación de ese cargamento?

Althea habló con voz muy suave, muy calmada:

—No. No me proponía nada de eso. Me he ocupado del trabajo yo misma.

Mi padre me ha enseñado que, en un barco, uno debe fijarse en lo que tiene que hacer y hacerlo.

Eso es lo que he hecho. Coloqué las barricas como lo hubiera hecho mi padre de estar aquí.

Esos barriles están ahora como se han colocado todos los cargamentos de vino desde que tenía diez años, taponados y lejos del pantoque, a proa y a popa, sujetos con cuñas en los extremos.

Están seguros, y si no se han echado a perder todavía a causa de los tumbos, podremos venderlos cuando lleguemos al Mitonar.

Las mejillas de Kyle se sonrosaron. Althea se preguntó cómo podía soportar Keffria a un hombre cuyas mejillas se ponían rosas cuando se enfadaba. Se armó de valor. Cuando habló Kyle, seguía sin subir la voz, pero el anhelo por gritar cada palabra era evidente en su acento entrecortado:

—Tu padre no está aquí, Althea. Esa es la cuestión. Yo soy el capitán de este velero y yo soy el que ordena cómo se coloca la carga. Pero de nuevo has actuado a mis espaldas y contradicho esas órdenes. No puedo tolerar esta interferencia entre mi tripulación y yo. Siembras la discordia.

—He actuado por mi cuenta —dijo suavemente Althea—.

No he dado ninguna orden a la tripulación ni he mencionado siquiera lo que me proponía.

No he hecho nada por interponerme entre la tripulación y tú.

—Apretó los dientes antes de que pudiera seguir hablando.

Se negaba a decirle que lo que se interponía entre él y su tripulación era su propia inexperiencia.

Los marineros que habrían estado dispuestos a seguir a su padre hasta la muerte hablaban ahora abiertamente en el castillo de proa de buscar otro velero en cuanto desembarcaran.

Kyle corría peligro de desarmar la selecta tripulación que su padre había ido reuniendo a lo largo de una década.

Kyle parecía furioso porque pudiera contradecirlo.

—Es suficiente con que te opongas a mis órdenes.

No hace falta más para cuestionar mi autoridad.

Tu mal ejemplo en este barco solivianta a la tripulación.

Por consiguiente, me veo obligado a reforzar la disciplina.

Debería darte vergüenza lo que les acarreas.

Pero no, eso no te importa un comino. Estás por encima del capitán.

¡Althea Vestrit probablemente está por encima incluso de Sa todopoderoso!

Has demostrado a la tripulación tu desprecio por mis órdenes.

Si fueras una marinera de verdad, te daría un castigo ejemplar, uno que demostrara que mis órdenes son las únicas órdenes a bordo de este barco.

Pero no eres más que la niña malcriada de un mercader.

Te trataré como a tal y te perdonaré la piel de la espalda.

Pero solo hasta que vuelvas a contrariarme.

Tómate en serio esta advertencia, muchacha: soy el capitán de este velero y, a bordo del barco, mi palabra es la ley.

Althea no dijo nada, pero tampoco apartó la mirada. Lo miró a los ojos sin inmutarse y procuró mantener el rostro lo más inexpresivo posible. El rosa se extendió a la frente de Kyle. Tomó aliento y pugnó por controlarse. La traspasó con los ojos.

—¿Y qué eres tú, Althea?

No se esperaba esa pregunta. Con las acusaciones y los reproches podía cargar en silencio. Pero al hacerle una pregunta, exigía una respuesta, y ella sabía que sería interpretada como un desafío flagrante. Adelante.

—Soy la dueña de este velero —dijo con toda la dignidad que supo reunir.

—¡Te equivocas! —Esta vez sí que gritó. Pero en un instante se había dominado.

Se inclinó sobre la mesa y escupió las palabras—: Eres la hija del propietario.

Y aunque fueras la dueña, no supondría la menor diferencia.

El propietario no gobierna la nave, el capitán sí.

Tú no eres la capitana, no eres la segunda patrona.

Ni siquiera eres una marinera. Lo único que haces es ocupar el camarote que debería pertenecer al segundo de a bordo y encargarte solo de las tareas que te placen.

El dueño de este velero es Ephron Vestrit, tu padre.

Fue él quien me cedió el mando de la Vivacia .

Ya que eres incapaz de respetarme por lo que soy, respeta al menos la decisión de tu padre de nombrarme capitán del barco.

—Si no fuera por mi edad, me habría nombrado capitana a mí. Conozco la Vivacia . Debería gobernarla yo.

En cuanto salieron las palabras de su boca, Althea lamentó haberlas pronunciado. Expresar esto —que ambos sabían que era verdad— era toda la abertura que él necesitaba.

—Otra vez te equivocas. Deberías estar en casa, casada con algún niño guapo tan malcriado como tú.

No tienes la menor idea de capitanear un velero.

Si crees lo contrario es porque tu padre te ha dejado jugar a gobernar un velero.

Has llegado a creer que estás destinada a capitanear el barco de tu padre.

Te equivocas. Tu padre te subió a bordo solo porque no tenía hijos varones.

Él mismo me lo dijo cuando nació Wintrow.

Si la Vivacia no fuera una nao rediviva y no necesitara un miembro de la familia a bordo, jamás habría tolerado tus pretensiones.

Pero ten esto presente: un miembro de la familia Vestrit es cuanto precisa esta nave; no hace falta que seas tú.

Si este barco requiere un Vestrit a bordo, podrá arreglárselas con uno que lleve el apellido Haven.

Mis hijos comparten la sangre de tu hermana tanto como la mía, son tan Vestrit como Haven.

Y la próxima vez que esta nave parta del Mitonar, uno de mis muchachos ocupará tu lugar en ella. Tú te quedarás en tierra.

Althea podía sentir que había palidecido.

Aquel hombre no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, ni idea de las dimensiones de su amenaza.

Eso solo demostraba que seguía sin asimilar el concepto de nao rediviva.

Jamás se le debería haber investido de autoridad sobre la Vivacia .

Si su padre hubiera estado bien, se habría dado cuenta de eso.

Una parte de su desesperación y su desafío debía de haber aflorado a su rostro, porque los labios de Kyle Haven se volvieron más tirantes. Althea se preguntó si pugnaba por disimular una sonrisa cuando añadió:

—Estarás confinada en tu camarote el resto del viaje. Puedes retirarte.

Se mantuvo en su sitio. Daba igual que se desfogara ahora que se había declarado la guerra.