Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 02 #2
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Se levantó. Se asomó a la barandilla, buscando en su interior ese momento de fuerza preciso para empuñar las riendas de su destino.

Pero, mientras tomaba el gran aliento necesario para encontrar la voluntad que lo arrojaría por la borda, la vio.

Fluía silenciosa como el tiempo, con su enorme cuerpo sinuoso disimulado en la suave curva de agua que era la estela de la nave.

La pared de su cuerpo imitaba a la perfección el arco del agua en movimiento: salvo por la delatora luz de luna que le mostró un flanco de resplandecientes escamas, Brashen jamás se hubiera percatado de que la criatura estaba allí.

Se le heló el aliento en el pecho, amartillándolo y lastimándolo con fuerza.

Sintió deseos de proclamar a voces lo que había visto, traer corriendo al segundo turno de guardia para confirmarlo.

Por aquel entonces, los avistamientos de serpientes eran infrecuentes, y más de un hombre de tierra firme opinaba todavía que eran simples cuentos de la mar.

Pero también sabía lo que decían los marineros acerca de las grandes serpientes.

El hombre que ve una ve su propia muerte.

Con repentina certeza, Brashen supo que si alguien se enteraba de que había visto una, sería tomado como un mal presagio para el barco entero.

Solo había una manera de purgar esa mala suerte.

Se caería de una verga cuando alguien no sostuviera con tirantez el ondeante velamen, se caería por una portilla abierta y se partiría el cuello, o simplemente desaparecería una noche cualquiera durante el transcurso de una larga guardia sin novedad.

A pesar de que un momento antes había acariciado la idea del suicidio, de pronto estaba seguro de que no quería morir.

No por su propia mano, ni por la de nadie.

Quería sobrevivir a este condenado viaje, volver a tierra y, de algún modo, recuperar su vida.

Acudiría a su padre, se humillaría y suplicaría como nunca.

Lo aceptarían. Quizá no como heredero de la fortuna de la familia Trell, pero le daba igual.

Que se la quedara Cerwin, Brashen se daría por satisfecho con la porción correspondiente a un hijo menor.

Abandonaría el juego, renunciaría a la bebida, dejaría el cindin.

Haría todo lo que le pidieran su padre y su abuelo.

De repente se aferraba a la vida con la misma fuerza con que se aferraban a la barandilla sus manos cubiertas de ampollas, viendo cómo reptaba sin esfuerzo aquel escamoso cilindro de carne tras la estela de la nave.

Fue entonces cuando se produjo lo peor. Lo que seguía siendo lo peor en sus sueños.

La serpiente se había dado cuenta de su derrota.

De alguna manera, había percibido que el muchacho no iba a sucumbir a sus argucias y, con un estremecimiento tan sobrecogedor como la mano de Farsey en su entrepierna, supo que el impulso no había sido suyo, sino sugerido por la serpiente.

Con un ágil trallazo, la serpiente abandonó la cobertura que le proporcionaba la estela del barco para exponer todo su cuerpo sinuoso.

Era la mitad de largo que el Rocío y rutilaba con chispeantes colores.

Se movía sin esfuerzo, casi como si la nave la arrastrara por el agua.

Su cabeza no tenía la plana forma triangular de una serpiente de tierra, sino que era plena y arqueada, con la frente curvada como la de un caballo, con unos ojos inmensos a los lados.

Bajo sus fauces colgaban tóxicas barbillas.

La criatura rodó entonces hacia un lado en el agua, descubriendo las escamas más pálidas de su vientre, y miró a Brashen con un ojo inmenso.

Esa mirada era lo que lo había enervado y apartado trastabillando de la barandilla para correr al pique de proa.

Todavía era lo que lo arrancaba temblando de sus pesadillas.

Por enorme que fuera, desprovisto de pestañas y cejas, todavía había algo de espantosamente humano en el redondo ojo azul que con tanto sarcasmo se había fijado en él.

Althea anhelaba una bañera repleta de agua fresca.

Mientras caminaba con fatiga por la escalerilla que conducía a la cubierta, le dolía hasta el último músculo del cuerpo y su cabeza palpitaba a causa del aire enrarecido de la bodega de popa.

Por lo menos había cumplido con su tarea.

Iría a su camarote, se lavaría con una toalla húmeda, se cambiaría de ropa y puede que se echara incluso una siesta.

Y luego iría a enfrentarse a Kyle. Lo había postergado demasiado y, cuanto más esperaba, mayor era su incomodidad.

Acabaría de una vez y apechugaría con lo que quiera que resultara de todo aquello.

—Ama Althea. —No había hecho más que alcanzar la cubierta antes de que Sute la abordara—. El capitán solicita su presencia. —El grumete de a bordo le sonrió, medio disculpándose, medio disfrutando por ser el portador de tales noticias.

—Está bien, Sute —respondió ella con voz queda.

Está bien, repitieron sus pensamientos. Ni aseo, ni ropa limpia ni siesta antes del enfrentamiento.

Está bien. Se tomó un momento para apartarse el cabello de la cara y remeterse la blusa en los pantalones.

Antes de su tarea, esa era su ropa de trabajo más limpia.

Ahora, el basto algodón de la blusa se le pegaba a la espalda y el cuello por el sudor, mientras que los pantalones lucían tiznotes de estopa de calafatear y brea tras trabajar en los angostos confines de la bodega.

Además, sabía que tenía la cara manchada.

Bueno, esperaba que Kyle disfrutara de su ventaja.

Se agachó como si quisiera atarse las agujetas, pero en vez de eso apoyó una mano de plano en la madera del navío.

Por un instante cerró los ojos y dejó que la fortaleza de la Vivacia fluyera a través de su palma—.

Oh, nave —susurró con la suavidad de una plegaria—. Ayúdame a hacerle frente.

A continuación se incorporó, firme en su resolución.

Cuando cruzó la cubierta iluminada por el crepúsculo en dirección al camarote del capitán, ni una sola mirada quiso cruzarse con la suya.

Todos los hombres estaban, de repente, muy atareados o con la vista puesta en otra parte.

Se negó a mirar de reojo por encima del hombro para ver si la observaban a sus espaldas.

Mantuvo los hombros rectos y la cabeza alta mientras caminaba hacia su condena.

Llamó a la puerta del camarote del capitán y aguardó su malhumorada respuesta.

Cuando la hubo recibido, entró y se quedó quieta, dejando que sus ojos se ajustaran a la amarilla luz de la lámpara.

En ese instante, experimentó una inesperada añoranza por su hogar.

El intenso anhelo no era por ninguna casa a orillas del mar, sino más bien por este mismo cuarto tal y como había sido en su día.

Los recuerdos la marearon. Los impermeables de su padre habían colgado de ese gancho, y el aroma de su ron preferido había perfumado el aire.

La primera hamaca de Althea había pendido en esa esquina la primera vez que le permitió empezar a vivir a bordo de la Vivacia , para poder atenderla mejor.

Sufrió un acceso de rabia cuando sus ojos se posaron en el desbarajuste de Kyle, que cubría la familiar calidez de estos aposentos.

Un clavo en su bota había dejado una serie de cicatrices en los pulidos tablones del suelo.

Ephron Vestrit nunca había dejado desperdigadas sus cartas de navegación y jamás hubiera tolerado la camisa sucia que colgaba del respaldo de la silla.

No aprobaba el desorden en ningún rincón del barco, y eso incluía su camarote.

Al parecer, su yerno Kyle no compartía esos valores.

Althea sorteó un par de pantalones abandonados en el suelo para presentarse ante la mesa del capitán.

Kyle la dejó allí de pie unos momentos mientras seguía examinando cierta anotación escrita en la carta de navegación.

Anotación caligrafiada con la pulcra letra de su padre, se fijó Althea, y sacó fuerzas de ese detalle mientras su rabia se inflamaba al pensar que Kyle tenía acceso a los mapas de la familia.

Las cartas de navegación de una familia de mercaderes se contaban entre sus más preciadas posesiones.

¿Cómo si no podría alguien salvaguardar las rutas más rápidas del Paso Interior y los puertos de comercio en las aldeas menos conocidas?

Pero su padre le había confiado estas cartas a Kyle; no le correspondía a ella cuestionar su decisión.

Kyle continuó ignorándola, pero Althea se negaba a morder el anzuelo.

Permaneció callada y paciente, sin dejarse perturbar por el aparente desinterés del capitán.

Transcurrido un rato, este alzó los ojos para mirarla.

Su azul era todo lo contrario del firme negro de su padre, y su rebelde cabello rubio era todo lo contrario de la lisa coleta negra de su padre.

Volvió a preguntarse con desagrado qué bicho le habría picado a su hermana mayor para desear a alguien así.

Su sangre chalaza se dejaba traslucir en sus modales tanto como en su físico.

Intentó que su rostro no reflejara el desdén que sentía, pero el control empezaba a escurrírsele entre los dedos.

Llevaba demasiado tiempo en el mar con ese hombre.