Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 02
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Las naos redivivas

La serpiente fluía por el agua, siguiendo sin esfuerzo la estela del barco.

Su cuerpo escamoso resplandecía como el de un delfín, aunque de un azul más iridiscente.

La cabeza que sacó del agua estaba erizada de barbas colgantes como las de un macabí.

Sus profundos ojos azules se cruzaron con los de Brashen y se abrieron expectantes, como los de una mujer coqueteando.

A continuación se abrió de par en par la boca de la criatura, de un escarlata intenso y revestida de hileras de dientes inclinados hacia dentro, tan grande como para alojar a una persona de pie.

Las oscilantes barbas se atiesaron de repente alrededor de la cabeza de la serpiente, una melena leonina de dardos venenosos.

La boca escarlata se abalanzó sobre él para engullirlo.

La oscuridad y el frío hedor a carroña de las fauces de la criatura rodearon a Brashen.

Se apartó de un salto, con un grito incoherente.

Sus manos tocaron madera, y con el contacto llegó el alivio.

Una pesadilla. Inhaló un aliento entrecortado.

Escuchó los familiares sonidos; el crujir de las tablas de la Vivacia , la respiración de otros hombres dormidos y el chapaleo del agua contra el casco.

Sobre su cabeza oyó los pasos descalzos de alguien que se apresuraba a acatar una orden.

Todo era familiar, todo era seguro. Tomó una honda bocanada de aire cargado con el olor de la madera embreada, el tufo de los hombres hacinados, y por debajo de todo aquello, tenue como un perfume femenino, los condimentados olores de su carga.

Se desperezó, apretando los hombros y los pies contra los estrechos bordes de su camastro de madera, y volvió a arrebujarse en sus mantas.

Aún faltaban horas para su guardia. Si no dormía ahora, lo lamentaría más tarde.

Cerró los ojos a la tenuidad del camarote de la tripulación, pero transcurridos unos momentos, los abrió de nuevo.

Brashen podía sentir su pesadilla acechando justo bajo la superficie del sueño, esperando a reclamarlo y arrastrarlo consigo.

Maldijo en voz baja entre dientes. Necesitaba dormir, pero el sueño no le reportaría ningún descanso si lo único que hacía era sumergirse en las profundidades del sueño de la serpiente.

Ese sueño recurrente era ahora casi más real para él que el recuerdo.

Aparecía para turbarlo en los momentos más inesperados, por lo general cuando debía tomar una decisión importante.

En esas ocasiones, surgía de los abismos de su sueño para hincar sus largos dientes en su alma e intentar llevárselo al fondo.

Poco importaba que ya fuera un hombre hecho y derecho.

No importaba nada que fuera tan buen marinero como el mejor de los que había conocido, mejor incluso que nueve de cada diez.

Cuando el sueño lo atrapaba, era arrastrado de vuelta a su niñez, a una época en que todos, incluso él mismo, lo despreciaban merecidamente.

Intentó decidir qué era lo que más le preocupaba.

Su capitán lo menospreciaba. Sí, eso era cierto, pero no por ello era peor marinero.

Había sido segundo de a bordo de este barco a las órdenes del capitán Vestrit y había demostrado su valía con creces a ese hombre.

Al enfermar Vestrit, Brashen se había atrevido a esperar que la Vivacia quedara a su cargo.

En vez de eso, el viejo mercader había entregado el barco a su yerno, Kyle Haven.

Bueno, la familia era la familia, y Brashen podía aceptarlo.

El capitán Haven había ejercido su derecho a escoger su propio segundo de a bordo, y no había elegido a Brashen Trell.

Aun así, el descenso de categoría no era culpa suya, y hasta el último marinero a bordo…

, no, hasta el último marinero del Mitonar lo sabía.

No había nada de lo que avergonzarse; Kyle quería elegir a su hombre, eso era todo.

Brashen lo había meditado y había decidido que preferiría ser teniente a bordo de la Vivacia que segundo patrón a bordo de cualquier otro barco.

Era su decisión y no podía culpar a nadie más por ella.

Incluso después de haber zarpado del puerto y de que el capitán Haven hubiera pospuesto su decisión de querer elegir a un conocido como teniente y que Brashen no tuviera más remedio que descender otro peldaño, había apretado los dientes y obedecido a su capitán.

Pero, pese a los años pasados en la Vivacia y la gratitud que sentía hacia Ephron Vestrit, sospechaba que esta sería la última vez que viajaba a bordo de la nave.

El capitán Haven le había dejado claro que, para él, Brashen no era ni bienvenido ni respetado como miembro de su tripulación.

Durante este último tramo del viaje, nada de lo que hacía agradaba al capitán.

Si veía alguna tarea pendiente y destinaba hombres a ella, le decían que se había excedido en el ejercicio de su autoridad.

Si no hacía más que lo que se le había encomendado, le decían que era un botarate holgazán.

A cada día que pasaba, el Mitonar estaba más cerca y Haven, más desabrido.

Brashen empezaba a pensar que cuando amarraran en su puerto de destino, si Vestrit no estaba listo para retomar el mando, abandonaría las cubiertas de la Vivacia .

La idea era como una punzada para él, pero se recordó que había otros barcos, algunos excelentes, y Brashen ya se había forjado un nombre como buen segundo de a bordo.

No era como la primera vez que se hizo a la mar, cuando había tenido que luchar por conseguir una litera en cualquier nave.

Por aquel entonces, sobrevivir al viaje había sido su mayor prioridad.

Aquel primer embarque, aquel primer viaje, y su pesadilla estaban inextricablemente ligados en su cabeza.

Tenía catorce años la primera vez que vio una serpiente marina.

Hacía diez largos años de aquello, cuando estaba tan verde como las manchas de hierba en las faldas de una pelandusca.

No llevaba ni tres semanas a bordo de su primer barco, un tambaleante mostrenco chalazo que respondía al nombre de Rocío .

Incluso en las mejores aguas se conducía como una embarazada empujando una carretilla, y estando la mar picada nadie era capaz de predecir dónde estaría la cubierta entre un momento y el siguiente.

De modo que se había mareado y se había sentido dolorido, tanto a causa del insólito esfuerzo como de la merecida paliza que le había propinado el segundo patrón la noche anterior.

Estaba magullado en espíritu, además, pues en la oscuridad ese lisonjero de Farsey había venido a acuclillarse junto a él mientras dormía en el pique de proa, ofreciéndole palabras de simpatía por sus cardenales y luego, inesperadamente, una mano que tanteaba bajo su manta.

Había rechazado a Farsey, pero no sin humillación.

El rechoncho marinero tenía buenos músculos bajo sus lorzas, y sus manos habían sobado a Brashen de arriba abajo mientras el muchacho lanzaba puñetazos y codazos y se le escurría entre los brazos.

Ninguno de los otros marineros que dormían en el pique de proa se había agitado siquiera en su catre, y menos aún le habían ofrecido ayuda.

No era querido entre los demás miembros de la tripulación, pues su cuerpo estaba demasiado liso y su vocabulario era demasiado elevado para su gusto.

«Colegial», así lo llamaban, sin imaginarse cuánto le dolía.

Sabían que no podían confiar en que supiera lo que tenía que hacer, y menos aún cómo tenía que hacerlo, y alguien así a bordo de un barco consigue que mueran otros hombres.

De modo que, cuando huyó del pique de proa y de Farsey, se dirigió a la cubierta de popa para sentarse arrebujado en su manta y sorber un poco por la nariz sin espectadores.

El colegio y los profesores y las interminables lecciones que antes le parecían tan insoportables lo atraían ahora como una sirena, recuerdo de camas blandas, platos calientes y horas que le pertenecían solo a él.

Aquí, en el Rocío , si lo descubrían ocioso, recibía un correazo.

Incluso en estos momentos, si el segundo patrón se topaba con él, le ordenaría que volviera abajo o lo pondría a trabajar.

Sabía que debería intentar dormir. En cambio, se quedó asomado a las untuosas aguas que rielaban tras su estela, sintiendo una reacción igual de revuelta en su estómago.

Habría vomitado de nuevo si le hubiera quedado algo que arrojar.

Apoyó la frente en la barandilla e intentó encontrar una bocanada de aire que no supiera ni al barco embreado ni al agua salobre que lo rodeaba.

Fue mientras observaba el rodar sin esfuerzo de las negras aguas al alejarse de la nave que se le ocurrió que tenía otra opción.

Nunca antes se le había presentado. Ahora lo llamaba, simple y lógica.

Hundirse en el agua. Unos pocos minutos de incomodidad y todo habría acabado.

Nunca tendría que volver a responder ante nadie ni sentir el chasquido de una cuerda en las costillas.

Nunca tendría que volver a sentirse avergonzado, frustrado o estúpido.

Mejor aún, la decisión solo requeriría un instante y luego estaría listo.

Nada de martirizarse dándole vueltas ni de rezar siquiera para deshacer lo hecho.

Un momento de decisión sería todo cuanto necesitaría.