01 #9
—Solo te he llamado la atención sobre el hechizo.
Ser consciente de cualquier hechizo es la mejor defensa contra él.
En cuanto a mí, no tengo magia que lanzar contra ellos o emplear para atenuar la suya.
—Los ojos azules de la cara fueron de un lado a otro—.
Y es posible que ambos resultemos destruidos si te quedas aquí hablando conmigo.
La marea se retira. El segundo de a bordo pronto tendrá que elegir entre abandonarte aquí o dejar que la Marietta sucumba a las rocas.
Será mejor que corras a la Ensenada del Engaño.
—¡Gankis! —exclamó desolado Kennit. Maldijo, pero empezó a correr.
Sería inútil ir en busca del hombre. Tendría que abandonarlo.
¡Y encima le había dado el relicario de oro!
Qué estúpido había sido, dejándose engañar así por la magia de los Otros.
Bueno, había perdido el juicio y el recuerdo que pensaba llevarse con él.
Maldito fuera si se dejaba arrebatar también la vida o el barco.
Corrió con las piernas extendidas mientras bajaba como una exhalación por el sinuoso sendero.
Los dorados rayos de sol que antes le habían parecido tan asombrosos no eran de repente más que una tarde muy calurosa que parecía negar el mismo aire a sus esforzados pulmones.
La mayor distancia entre los árboles que se alzaban ante él lo alertó de que ya casi había llegado a la Ensenada.
Instantes después, oyó el martilleo de los pies de Gankis en la senda tras él, y se sobresaltó cuando el marinero lo adelantó sin titubear.
Kennit atisbó su arrugado semblante crispado por el terror, y luego vio los desgastados zapatos del hombre levantando guijarros del camino mientras tomaba la delantera.
Kennit pensaba que no podría correr más deprisa, pero de pronto Gankis imprimió una velocidad a sus pasos que lo llevó al otro lado del parapeto de árboles y hasta la playa.
Oyó a Gankis gritar al grumete del barco que esperara, que esperara.
El muchacho, evidentemente, había perdido la esperanza de que volviera su capitán, pues había empujado y arrastrado la lancha por las rocas cubiertas de algas y percebes hasta el borde del agua, ya en retirada.
Brotó un grito de la nave anclada a la vista de Kennit y Gankis, que emergió en la playa.
En la cubierta de popa, un marinero los instó a apresurarse con ansiosos ademanes.
La Marietta estaba en serios apuros. La marea que se retiraba la había dejado casi varada.
Los esforzados marineros se afanaban ya con el torno del timón.
Ante los ojos de Kennit, la Marietta se escoró y luego resbaló de lo alto de una roca gracias al empujón de una ola.
El corazón se le detuvo en el pecho. Después de él, lo que más atesoraba en el mundo era su barco.
Sus botas patinaron sobre quelpos esponjosos y aplastaron percebes mientras corría por la pedregosa orilla tras el muchacho y la lancha.
Gankis estaba delante de él. No hicieron falta órdenes cuando los tres asieron las regalas de la embarcación y la arrojaron a las olas huidizas.
Estuvieron empapados de pies a cabeza antes de que el último de ellos se encaramara a bordo.
Gankis y el muchacho empuñaron los remos y los pusieron en su sitio, mientras Kennit ocupaba su puesto en la popa.
El ancla de la Marietta se alzaba, festoneada de algas.
Los remos batallaron con las velas mientras se acortaba la distancia entre ambas embarcaciones.
Por fin la lancha se puso a la par, se bajaron y engancharon los cordajes, y escasos momentos después Kennit estaba a horcajadas sobre su propia cubierta.
El segundo de a bordo estaba al timón, y en cuanto vio que su capitán había llegado sano y salvo, Sorcor giró la rueda y bramó las órdenes que enderezarían la nave.
El viento llenó las velas de la Marietta y la lanzó contra el oleaje hacia la rápida corriente, que aunque la frenara, también se la llevaría lejos de los dientes desnudos de la Ensenada del Engaño.
Un vistazo a la cubierta le mostró a Kennit que todo estaba en orden.
El grumete del barco se acobardó cuando los ojos del capitán cayeron sobre él.
Kennit se limitó a mirarlo, y el muchacho supo que su desobediencia no sería olvidada ni pasada por alto.
Lástima. El chico tenía una espalda lisa e inmaculada; mañana ya no sería así.
Mañana sería un buen momento para encargarse de él.
Que pasara algún tiempo anticipándolo, saboreando los azotes que le había granjeado su cobardía.
Sin más que un ligero asentimiento de cabeza para el segundo de a bordo, Kennit se retiró a su camarote.
Pese a la proximidad del desastre, en su corazón martilleaba el triunfo.
Había batido a los Otros en su propio juego.
Se había impuesto su suerte, como siempre; el caro amuleto de su muñeca se había avivado y había demostrado lo que valía.
Y lo mejor de todo: tenía el oráculo de los Otros para investir sus ambiciones con el manto de la profecía.
Sería el primer Rey de las Islas Piratas.