Las naves de la magia (Las leyes del mar 1) 01 #8
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Lejos del viento de la playa y al amparo de los árboles, el día era plácido y dorado.

La calidez de los rayos de sol que se filtraban entre el ramaje se combinaba con los crecientes perfumes de la marga del bosque para investir el día de una tentadora somnolencia.

Kennit sintió cómo mermaba su zancada a medida que lo embargaba la paz de aquel escenario dorado.

Antes, cuando las ramas goteaban todavía con los restos de la tormenta, el bosque había sido un lugar inhóspito, un reducto húmedo y oscuro lleno de zarzas y ramas agresivas.

Ahora sabía con inquebrantable certeza que el bosque era un cofre repleto de prodigios.

Contenía tesoros y secretos tan tentadores como los que le había ofrecido la Playa del Tesoro.

Su apremio por llegar a la Marietta se desprendió de él y fue descartado.

Se encontró plantado todavía en medio del sendero de guijarros.

Hoy exploraría la isla. Ante él se abrirían los feéricos lugares colmados de maravillas del Otro, donde un hombre podría pasar cien años en una sola noche sublime.

Pronto lo conocería y lo dominaría todo.

Pero por ahora bastaba con quedarse quieto y respirar el aire dorado de este lugar.

Nada entorpecía su trance, salvo Gankis.

El hombre persistía en cacarear advertencias sobre la marea y la Marietta .

Cuanto menos caso le hacía Kennit, más lo acosaba con sus preguntas.

—¿Por qué nos detenemos aquí, capitán Kennit? ¿Señor? ¿Se encuentra bien, señor?

Agitó una mano desdeñosa ante el hombre, pero el viejo marinero no le prestó atención. Intentó encontrar alguna tarea que alejara al ruidoso y maloliente hombrecillo de su presencia. Al tantear sus bolsillos, su mano dio con la cadena y el relicario. Sonrió taimadamente para sí mientras lo sacaba.

Interrumpió las incomprensibles retahílas de Gankis:

—Ah, soy incorregible. Mira lo que he sacado sin querer de la playa. Ten, pórtate bien y corre a dejar esto en la playa por mí. Dáselo al Otro y procura que lo ponga a buen recaudo.

Gankis se quedó boquiabierto.

—Este no es el momento. ¡Déjelo aquí, señor! Tenemos que volver al barco antes de que se estrelle contra las rocas o zarpe sin nosotros. No habrá otra marea que le permita regresar a la Ensenada del Engaño hasta dentro de un mes. Y nadie sobrevive a una noche en esta isla.

El hombre empezaba a sacarlo de sus casillas. Sus voces habían espantado a una avecilla verde que estaba a punto de posarse en sus proximidades.

—Que vayas, te he dicho. ¡Corre! —Imprimió latigazos y grilletes a su voz, y lo alivió ver que el viejo lobo de mar tomaba el relicario de su mano y desandaba sus pasos a la carrera.

Cuando se hubo perdido de vista, Kennit sonrió para sí.

Caminó raudo hacia el montañoso interior de la isla.

Pondría tierra de por medio entre él y el lugar donde se había despedido de Gankis, y luego abandonaría el sendero.

Gankis no lo encontraría jamás, se vería obligado a irse sin él, y así todas las maravillas de la isla de los Otros serían suyas.

—No del todo. Tú serías suyo.

Era su propia voz la que hablaba en su diminuto susurro tan quedo que incluso al agudo oído de Kennit le costó distinguirlo.

Se humedeció los labios y miró a su alrededor.

Las palabras lo habían traspasado con un temblor, como si se hubiera despertado de golpe.

Había estado a punto de hacer algo. ¿Qué?

—Estabas a punto de ponerte en sus manos.

El poder fluye en ambos sentidos en esta senda.

La magia te incita a quedarte en ella, pero no se puede conseguir que atraiga a un humano sin repeler al Otro al mismo tiempo.

La magia que mantiene su mundo a salvo del tuyo te protege también a ti, siempre y cuando no te salgas del camino.

Si te convencen para que abandones la senda, te pondrás a su alcance. Algo poco recomendable.

Levantó su muñeca a la altura de los ojos.

Su propio rostro en miniatura le sonreía con socarronería.

Al avivarse el amuleto, la madera se había poblado de colores.

Los tirabuzones labrados eran tan negros como los suyos, igual de apergaminada la cara, y no menos engañosamente débiles los ojos azules.

—Empezaba a pensar que habías sido un mal negocio —le dijo Kennit al amuleto.

La cara resopló con desdén.

—Si yo soy un mal negocio para ti, tú no lo eres menos para mí —señaló—. Empezaba a creerme atado a la muñeca de un crédulo simplón, abocado a una destrucción inmediata. Pero al parecer te has librado del efecto del hechizo. O, mejor dicho, yo te he librado de él.

—¿Qué hechizo? —quiso saber Kennit.

El labio del amuleto se frunció en una sonrisa desdeñosa.

—El contrario del que sentiste de camino aquí.

Todos los que pisan esta senda sucumben a él.

La magia de los Otros es tan poderosa que uno no puede cruzar sus tierras sin sentirlo y verse atraído hacia él.

Por eso plantan sobre este camino un hechizo de indecisión.

Uno sabe que sus tierras son atrayentes, pero pospone su visita hasta mañana.

Siempre mañana. Y, por tanto, nunca. Pero tu pequeña amenaza de los mininos los ha incomodado un poco.

A ti querrían sacarte de la senda y utilizarte para librarse de los gatos.

Kennit se permitió una sonrisilla de satisfacción.

—No previeron que pudiera tener un amuleto que me protegiera contra su magia.

El amuleto hizo un mohín.